domingo, 19 de marzo de 2017

Un silencio menos, entrevistas a Mario Levrero

Un silencio menos, conversaciones con Mario Levrero compiladas por Elvio E. Gandolfo
Editorial Mansalva. 213 páginas. Primera edición de 2013; las entrevistas empiezan en 1977
Prólogo de Elvio E. Gandolfo

Este libro lo compré en la Feria del Libro de Madrid de 2016. La mayoría de los libros que se ven en la Feria se pueden encontrar igual en las librerías convencionales, pero algunos no, como ocurre con el que nos ocupa. Casi todos los años viene a la Feria de Madrid un librero de Buenos Aires que vende solamente libros editados en Argentina (y quizás en Uruguay). Siempre visito su caseta y siempre le compro algo. Es un gran vendedor; si uno se descuida se podría acabar llevando toda la mercancía, ya que sólo vende libros imprescindibles. Es un librero que cree con tenacidad en su producto. Me encanta. En esta última feria quiso venderme la nueva edición de Las Varonesas de Carlos Catania. Conseguí sorprenderle cuando le conté que había leído la primera edición de ese libro y que había conseguido contactar con Catania y le había hecho, incluso, una entrevista. El tipo sabe calar a su público; enseguida descubrió que yo era un cliente al que le podía interesar un libro como Las Varonesas. Era una pena que no hubiese traído Lo imborrable de Juan José Saer. Le acabé comprando este libro de entrevistas a Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004), compiladas por su amigo Elvio E. Gandolfo.

Aquí se recogen veintiuna entrevistas que le hacen a Levrero, desde 1977 hasta su muerte, más otra que Levrero se hace a sí mismo, y que contiene alguna de las preguntas más certeras. Cuando comenté el libro de entrevistas a Philip K. Dick hice un resumen de cada una de ellas, pero en aquel caso eran sólo seis; aquí, al ser veintidós, el resumen pormenorizado me parece excesivo y voy a mostrar, simplemente, lo que más me ha llamado la atención:

Levrero llegó a escribir un tratado de parapsicología, tratando de articularla como una ciencia. Estaba obsesionado con los episodios de telepatía que creía vivir.
En 1966, Levrero, cuando tiene veintiséis años, descubre a Franz Kafka y se deslumbra. No sabía que se podía escribir así. Su primera novela, La ciudad, es un intento, dice, de traducir a Kafka al español.

Antes de 1966 ya había escrito novelas y relatos, pero todo lo había destruido. En ese momento se encontraba influenciado por la novela policiaca. A los quince años escribió una novela policial. Se la dejó leer a una sola persona, que la consideró excelente, pero él no se fió y la acabó destruyendo.

Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo se publicó en 1975 con el nombre de Jorge Varlotta, el verdadero nombre de Levrero, quien en realidad se llamaba Jorge Mario Varlotta Levrero. Levrero no sentía que este libro fuese una obra de Levrero y le pidió a los editores que le cambiaran el nombre. Estos acabaron tomando el «real».

Para Levrero sus obras (también las iniciales) son realistas, no le gustan las etiquetas de ciencia-ficción o de fantasía. En diversos planos de su psique él siente que su forma de interpretar el mundo es realista. «Yo nunca he escrito nada que no haya vivido. A ese vivido si querés ponele comillas. Las cosas que escribo las vivo interiormente. Más bien una literatura simbólica que mediante ciertos juegos intenta reproducir o traducir cierto tipo de movimientos interiores que no tienen correspondencia con un lenguaje» (pág. 70).

Muchas de las influencias de Levrero pertenecen a la cultura popular: las novelas baratas de detectives, las tiras cómicas, las historietas, la música de los Beatles o el tango, las películas, incluso llega a citar como influencias literarias a las mujeres o a las hormigas, y no parece tener ningún empacho en declarar que no ha conseguido pasar de la página 35 del primer tomo de En busca del tiempo perdido de Proust. Le gustan Kafka, Lewis Carroll y Raymond Chandler. De un escritor como Gabriel García Márquez aprecia Cien años de soledad, pero no El otoño del patriarca. De Pedro Páramo de Juan Rulfo le gusta sólo la primera mitad.

Cuando le preguntan por cuál de sus libros siente mayor predilección siempre cita su novela Desplazamientos, que fue la que peor acogida crítica tuvo.

Cuando, al principio de su carrera literaria, le relacionaban con Kafka o Carroll, también le empezaron a unir al grupo uruguayo de «los raros». De él, admira sobre todo a Armonía Sommers. Alguien le recomendó leer a Felisberto Hernández, y también le gusta, además de encontrar similitudes con su obra. Al principio no aprecia a Juan Carlos Onetti, pero le acabará leyendo como a un maestro.

Levrero muestra entusiasmo por La luz argentina de César Aira. «De lo mejor que he leído en los últimos tiempos», dice. Hasta ahora pensaba que Aira bebía de Levrero, pero me doy cuenta de que en gran medida son contemporáneos y que la influencia puede ser mutua.

Cuando era adolecente, Levrero quiso ser director de cine, pero al darse cuenta de que eso era imposible en Uruguay, se decantó por la escritura. Considera que sus libros se crean de forma visual, a fuerza de dibujar imágenes, y que el libro funcionaria igual si cambiase las palabras de las frases por sinónimos.

Levrero no cree en el escritor con horario, aquel que tiene un trabajo de oficina y luego escribe de 18:00 a 20:00 horas. Él siente la escritura como algo orgánico, que le reclama de vez en cuando. En el momento en que va a escribir una novela se ha de dedicar a ello durante dos o tres semanas, sin tener casi interrupciones. Luego puede estar años puliendo el texto, pero el primer impulso tiene que ser compulsivo. De este modo, lo acaba pasando mal cuando ha de mudarse a Buenos Aires y trabajar en una revista de crucigramas y juegos de lógica, porque no tiene el tiempo que necesita para escribir. En un periodo de vacaciones después de tres años de estancia en la gran metrópoli, comenzará a escribir Diario de un canalla, sacando de sí mismo estos problemas. Consigue aguantar en su trabajo de «oficina» porque la realización de los crucigramas y los juegos de lógica le resulta creativa. Así, dedica a los crucigramas una hora cuando sabe que podría hacerlos en quince minutos.
Para Levrero, en las experiencias más triviales y cotidianas hay material artístico, aunque gran parte de su literatura se inspira también en sueños.

Levrero se declara un adicto a la novela policiaca desde muy joven, porque le sirve para escapar de la realidad. A veces se siente culpable por leerlas, ya que este tipo de libros necesitan un final «cerrado». Si los enigmas planteados no quedan cerrados, la novela fracasa y deja una sensación de estafa; pero cuando sí que está «cerrada», deja una sensación de vacío.

«Mi posición política es variable; suele situarse habitualmente en el polo opuesto a la de mi interlocutor cualquiera sea su posición. Lo cierto es que no entiendo nada de política; cada vez entiendo menos, en general» (pág. 104).

Entre 1985 y 1988 Levrero vive en Buenos Aires, trabajando en la empresa de crucigramas. Lo acaba dejando cuando todo el proceso se hace más mecánico y piensa que ya no hay nada creativo en ello. Entre 1988 y 1993 vive en Colonia del Sacramento, junto a su pareja Alicia (que aparece en El discurso vacío). Después vuelve a Montevideo.

«Creo que en toda sociedad y en todo individuo están los gérmenes de una dictadura; por eso los regímenes de fuerza son posibles». Las referencias conscientes a las dictaduras uruguaya o argentina en la obra de Levrero son escasas; se puede, sin embargo, encontrar algo: «Un breve pasaje de Nick Carter…, algunos fragmentos y el mismo título de Ya que estamos, alguna oscura alusión y el título de Espacios libres, alguna reflexión en Apuntes de un voyeur melancólico, una línea de Diario de un canalla; pero no son referencias políticas, sino humanas» (pág. 123).

«No detesto las entrevistas de un modo global y absoluto; en ese caso las rechazaría. Me siento molesto conmigo mismo por mi vanidad al aceptarlas, me fastidia trabajar para que mi trabajo lo cobre otro, me han decepcionado muchos entrevistadores (por sus preguntas, o por la forma de manejas mis respuestas), me he decepcionado siempre por mi poca habilidad para dar respuestas geniales; y desconfío de la entrevista como género, porque difícilmente se da el diálogo: suelen ser esquemas y prejuicios que se cruzan, se intercambian incólumes entre entrevistador y entrevistado» (pág. 130).

Los primeros libros de Levrero (La ciudad y La máquina de pensar en Gladys) los publicó Marcial Souto en una colección de libros extraños, que en principio era de ciencia-ficción. Esto generó la confusión de que Levrero escribía ciencia-ficción, cuando en realidad no lo hace. En más de una ocasión en este libro, desmiente el particular y además declara que ni siquiera le gusta el género. Esto me extrañaba, pues yo siempre había pensando que Philip K. Dick era una de sus influencias. La forma de Levrero de sentir que está en contacto con una realidad superior es muy similar a la mirada paranoica de Dick sobre el mundo. No encontraba ninguna referencia a Dick en las entrevistas hasta que mi felicidad se vio colmada en la página 152, cuando le preguntan si lee ciencia-ficción y contesta: «Leo, de tanto en tanto, y casi siempre los autores de ciencia ficción me frustran. Salvo uno: Philip K. Dick, que además de gran escritor es un genio».

Levrero se declara adicto a los «flippers», y en los tiempos de la dictadura le costaba retirarse a su casa durante los toques de queda por seguir jugando a estas máquinas. Estas experiencias en los salones de juegos las usó para su novela Fauna.

Si de su obra, la novela que considera mejor es Desplazamientos, la que menos le gusta es La novela geométrica (que aún no ha llegado a España), y la segunda parte de Lugar.

Cuando Levrero habla de los talleres literarios que imparte declara que él no sabe nada de literatura, y que no puede –como se hace en otros talleres– enseñar a sus alumnos a leer. Él trata de transmitir su experiencia como escritor.


He disfrutado con este libro de entrevistas a Mario Levrero, e imagino que Un silencio menos puede gustar a los pocos, pero cada vez más numerosos, seguidores de este peculiar y valioso escritor.

domingo, 12 de marzo de 2017

Oblómov, por Iván A. Goncharov

Oblómov, de Iván A. Goncharov.
Editorial Alba. 644 páginas. 1ª edición de 1859; esta de 2015.
Traducción de Lydia Kúper de Velasco.

Supe de la existencia de Oblómov de Iván A. Goncharov (Simbirsk, Rusia, 1812-San Petersburgo, 1891) cuando lo editó Alba, aunque ésta no era la primera vez que este libro aparecía en España, como he comprobado después. La traducción de Alba corrió a cargo de Lydia Kúper, de quien había leído su elogiosa traducción de Guerra y paz para Muchnik Editores.

Llevaba tiempo pensando en comprar este Oblómov de Alba. Creo que estaba esperando a que saliera en la colección Minus y bajara el precio, pero la edición en bolsillo se está resistiendo y al final me decidí y lo compré en la Feria del Libro de Madrid de 2016, aprovechando el descuento del 10 por ciento. Es un libro precioso, con una de las mejores portadas de Alba. Lo he leído en diciembre de 2016 y me ha gustado mucho.

Cuando conocemos al protagonista de la novela, Illiá Ilich Oblómov, éste tiene unos treinta y dos o treinta y tres años, vive en San Petersburgo y sus padres murieron hace ya tiempo en la aldea de la que es originaria la familia. En ella, Oblómov posee el control de más de trescientos siervos, aunque hace ya doce años que no la visita y no sabe exactamente cómo van las cosas por allí.

En algún momento, Oblómov trató de hacer carrera en la administración. Después de dos años trabajando como funcionario, decidió presentar su dimisión al cometer un error en sus funciones. Desde entonces, hace ya años, se dedica a vegetar en su casa de San Petersburgo, abandonándose al sueño en cualquier momento del día.

Dos acontecimientos van a obligarle a tomar decisiones y aceptar cambios en su vida: después de ocho años, el dueño de su casa le pide que se mude; además, recibe malas noticias de su aldea natal: el administrador de sus bienes le dice que las cosechas son malas y los siervos huyen. En consecuencia, las rentas van a ser inferiores a lo que esperaba.

Oblómov recibe varias visitas en su casa, entre ellas la de Shtolz, su compañero de infancia en la aldea. En la novela, Shtolz recibe el sobrenombre de «el alemán». En realidad, sólo el padre del personaje es alemán, pero este hecho sirve para subrayar los dos caracteres arquetípicos de la novela: Oblómov, que representa el noble ruso clásico, inmovilista, perezoso e incapaz de realizar reformas en sus territorios, lo que redundaría en mejoras en el nivel de vida de sus siervos y en el aumento de sus ganancias. Shtolz representa el espíritu luterano del emprendimiento y el deseo de mejorar mediante el esfuerzo y la diligencia. La mirada de Goncharov parece ensalzar los modernos valores europeos de Shtolz frente a la enfermiza parálisis de Oblómov. No obstante, la mirada del narrador sobre Oblómov no es condenatoria, sino que éste se presenta como víctima de una enfermedad que el propio personaje denomina como «oblomovismo». Oblómov es un hombre sensible e inteligente; de hecho, uno de los motivos por los que ha abandonado el mundo del trabajo es que no le gusta la vulgaridad de las personas que luchan por hacerse una posición en él, ni su falta de ética. Todos estos aspectos despiertan la simpatía del lector hacia él.

Shtolz se ha propuesto ayudar a su amigo de la infancia, para que éste pueda tomar las riendas de su vida. Su consejo es que viaje al extranjero y después regrese a la aldea para poner en orden sus asuntos, pues sospecha que el administrador se está aprovechando de su indolencia para robarle el dinero.

Goncharov estuvo bastantes años corrigiendo su novela. En 1849 (una década antes de la versión definitiva) apareció en la revista El contemporáneo el extenso capítulo nueve de la primera parte. En él, Oblómov dormita y recuerda en sueños su aldea y su niñez. Me ha llamado la atención el cambio de tono de lo narrado: de repente, tras 130 páginas de lectura, el texto se vuelve más barroco y descriptivo. Sabía, por la solapa del libro, que esta narración, que luego se ensambló en la novela, era anterior al resto del libro, y lo cierto es que un lector atento lo puede notar. En este capítulo, llamado «El sueño de Oblómov», descubrimos la configuración de algunas de las características de su personalidad: el personaje creció como un niño sobreprotegido, observando la indolencia de su propio padre.

Shtolz viajará al extranjero y le pedirá a Oblómov que se una a él; además, se ha encargado de presentarle a la joven Olga, una noble huérfana de veinte años. Oblómov se siente renacer al conocer a Olga, de la que se enamora. La parte central de la novela es, en gran medida, una descripción de la historia de amor de Oblómov y Olga. Siempre he pensado, al acercarme a obras clásicas, que lo que mejor resiste el paso del tiempo es centrarse en la descripción de las pasiones y no de las costumbres. Los celos, el odio, la pasión, la cobardía… son similares en una época y en otra; es la descripción de costumbres lo que peor envejece en una narración. En algunos momentos, me parecía que la historia perdía fuerza cuando el autor se centraba en describir el celo con que Oblómov trata de guardar las formas en su relación amorosa con Olga. Luego me he dado cuenta de que, en realidad, Goncharov muestra este aspecto como parte de la debilidad de carácter del personaje, que se acabará preocupando más del «que dirán» que de vivir a fondo su pasión. Por tanto, he terminado concluyendo que la concepción novelística del autor es realmente moderna. Lo cierto es que la evolución de la historia de amor entre Oblómov y Olga está narrada con bastante sutileza.

La novela se vuelve más dinámica gracias a la aparición de otros personajes secundarios negativos, como Iván Matvéievich y Tarántiev, dispuestos a aprovecharse de las debilidades del protagonista para sacarle el dinero: «Mientras haya papanatas en Rusia que firmen sin leer podremos vivir» (pág. 474). Pero, como señala Javier Avilés en su magnífico blog de reseñas El lamento de Portnoy, al final, con la novela centrada en Olga y Shtolz, dejando a Oblómov en segundo plano, Goncharov quizás crea un anticlímax narrativo demasiado largo. Avilés señala que, para él, la novela es irregular, porque al final se produce «una especie de traición al personaje» (ver AQUÍ su reseña). 

En las últimas páginas, Shtolz cuenta la historia a un escritor que podríamos identificar como el propio Goncharov, lo que daría lugar a un juego metaficcional. Como buen narrador del siglo XIX, Goncharov interviene en la historia ‒mediante el empleo de preguntas retóricas, por ejemplo‒, pero, en general, deja fluir la novela por sí sola a lo largo de casi todas sus páginas. El tono habitual es levemente irónico, sobre todo cuando habla de la relación de dependencia paternalista que se establece entre Oblómov y su sirviente Zajar.


A pesar de compartir las reflexiones de Javier Avilés sobre esta novela (cuyo personaje ha trascendido la cultura popular rusa, siendo «Oblómov» un término para designar a las personas vagas y con poco espíritu), considero que Oblómov es una de las grandes novelas del siglo XIX, una obra sutil y conmovedora. «Una obra verdaderamente grande: no se había visto nada parecido en mucho, muchísimo tiempo», escribió sobre ella Lev. N. Tolstói. Después de escuchar las palabras del más grande, poco más se puede añadir.

domingo, 5 de marzo de 2017

Autopsia, por Miguel Serrano Larraz.

Editorial Candaya. 398 páginas. 1ª edición de 2013.

A principios de 2014 empecé a oír hablar de esta novela de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977), publicada en diciembre de 2013. Los comentarios eran bastante elogiosos. Recuerdo, en especial, un día que había quedado con el escritor Óscar Esquivias, que casualmente estaba leyendo este libro y lo llevaba en su bolso; él también me habló muy bien de él. Pensé leerlo entonces, pero, como ya he comentado más de una vez, suelo debatirme entre el deseo de leer novedades literarias y el de acercarme a libros más clásicos. En aquel momento de 2014 vencía, temporalmente, la segunda tendencia. Sin embargo, Autopsia llegó a la biblioteca de Móstoles y, en más de una ocasión durante los últimos años, lo había hojeado y había pensado en sacarlo en préstamo. Además, me doy cuenta de que me interesa mucho lo que publica la editorial Candaya, que tiene un olfato muy fino a la hora de publicar en España gran parte de la nueva narrativa hispanoamericana. De esta editorial he leído nueve libros en los últimos tres años, pero nunca había leído uno escrito por un español. Durante las pasadas Navidades, después de leer el primer volumen de Los diarios de Emilio Renzi de Ricardo Piglia, paseando por la biblioteca de Móstoles, volví a sacar Autopsia de su anaquel, leí algunas de sus páginas y esta vez me di cuenta de que era justo el momento. Quería leer este libro.

El narrador de Autopsia es Miguel Serrano, que ha nacido en 1977 en Zaragoza ‒ciudad en la que vive‒, que empezó a estudiar Ciencias Físicas y que ha publicado un libro de relatos titulado Órbita. Además, en el tiempo narrativo del libro ha tenido una hija y se encuentra en proceso de escribir una novela, que sería la que el lector tiene definitivamente en sus manos. Todos estos datos coinciden con la biografía del autor. He visto algunas entrevistas a Miguel Serrano en YouTube; en una indica que un 20 por ciento de la novela está basado en su vida personal y un 80 por ciento es inventado. En esta misma entrevista, el autor afirma que sus interlocutores suelen pensar que este dato es falso y que hay mucho más de sí mismo en la novela que lo que quiere confesar. Independientemente de si lo contado en Autopsia pertenece o no a la biografía del autor (empeñado en realizar aquí un juego metaficcional, «Solo sé escribir acerca de las presencias, las ausencias son imposibles de capturar», leemos en la página 350), lo cierto es que este libro suena siempre a historia verdadera, lo que debería ser una de las aspiraciones máximas de la literatura, ya sea en una narración realista o fantástica. Si la novela es de terror o ciencia-ficción, esta narración estará más conseguida en la medida en que lo contado conforme una realidad autónoma y verosímil con las propias coordenadas de la creación, lejos de imposturas.

En Autopsia, el narrador tiene, cuando se sienta a escribir, unos treinta y tantos años, y su mujer, Nieves, está embarazada. En el proceso de la escritura del libro la pareja tendrá una hija. Sin embargo, ésta no es una novela sobre el presente del protagonista, sino sobre su pasado: «Este libro es una confesión, pero también lleva en sí el germen de la penitencia» (pág. 353).

Tres recuerdos vertebran la narración: Miguel de niño, en el colegio, fue el abusón (junto a otros compañeros), de Laura Buey. En los primeros años de la universidad, fue atacado por un grupo de skinheads. Más tarde fue amigo del magnético Hans Castorp, un disc jockey que llegó a aparecer en la televisión durante la década de los noventa, convirtiéndose en un referente para la juventud de Zaragoza, ciudad donde se desarrolla la historia.

La estructura de la novela no es lineal. Los recuerdos en torno a Laura Buey, la paliza de los skinheads y las noches de fiesta con dj Castorp se van dando paso, sin seguir un orden demasiado formal, ni siendo éstos los únicos recuerdos que aquí se exponen. De modo secundario, el narrador nos hablará de sus estudios, sus relaciones, el deseo de independencia de sus padres (alcanzado precariamente al conseguir un trabajo a media jornada en los Grandes Almacenes de la Modernidad, que parecen un trasunto de la Fnac), el deseo de ser escritor o las redes sociales (en especial Facebook).

Uno de los grandes temas de la novela es el análisis de la violencia: la violencia que ejercemos sobre otros o la que otros ejercen sobre nosotros; violencia física, pero también verbal, de clase, violencia dentro de las relaciones de amistad, familiares…

Los capítulos que tratan el recuerdo de Laura (o también los que hablan de Beatriz, que fue otra chica marginada en las clases del instituto) y de los skinheads (pero también sobre otra paliza recibida, esta vez a cargo de unos rockers) están construidos de modo concéntrico sobre la realidad narrada: se habla del antes de la paliza de los skinheads o del después, igual que se habla del antes del acoso a Laura y del después, pero, en ambos casos, el núcleo de la violencia es eludido durante un gran número de páginas. De esta forma, al construir los capítulos sobre una realidad oculta, sobre la textura de una pared negra, la fuerza de su evocación es cada vez mayor. Son capítulos que presagian o glosan el terror que va a estar ahí o que ha estado ahí, edificados, por tanto, sobre un misterio. Otro misterio para Miguel será su amigo Hans Castorp, algunos años mayor que él, que será una presencia luminosa en la noche zaragozana, lo que le ha permitido poder brillar dentro del círculo que emite su resplandor. En los noventa, Castorp llegó a aparecer en Crónicas marcianas (el programa que, según Miguel, inició la moda en España de poder reírse de todo el mundo).

En la contraportada de la novela podemos leer una frase que el crítico de la Vanguardia Julio José Ordavás le dedica a Miguel Serrano Larraz: «El heredero de la chupa de Bolaño». Imagino que este comentario haría referencia a la reseña de Órbita, su anterior libro. En una entrevista, al ser preguntado por la cita, Miguel Serrano le quita importancia y habla de exageración. También menciona la influencia real de Roberto Bolaño en su obra. Es cierto que, al leer Autopsia, me ha parecido detectarla: el narrador nos cuenta el argumento de una película de terror que le impresionó en su infancia como si se tratase de un relato corto integrado en la novela. Sobre el ataque de los skinheads escribió un largo poema, que en la actualidad le avergüenza, y lo envió a todos los concursos de poesía que pudo encontrar, hasta conseguir el segundo premio de una asociación de amigos de la poesía de Aranda de Duero. Como Bolaño, Serrano nos habla en su novela de los aledaños de la literatura: sus artífices y sus miserias. También, como el chileno, Serrano nos habla de la fragilidad de la juventud, de la búsqueda de la identidad, construida en algunos casos por imitación de los otros, pero, la mayoría de las veces, también en contra de los otros.

Antes que su libro de relatos y su novela, Miguel Serrano ha publicado poemarios, y esto se aprecia en la prosa cuidada de esta novela.


Serrano es tres años más joven que yo y nos habla de su ciudad, Zaragoza, por la que de niño paré una vez, camino de Barcelona, y de la que no recuerdo nada, pero he sentido la lectura de Autopsia como la de un libro generacional. Un libro que, desde su desarraigo vital, desde una escritura que parte en gran medida de los posos oscuros que dejan en nosotros el dolor, los remordimientos y las humillaciones de la infancia y la juventud, interpela a una parte profunda de un pasado compartido. Un libro escrito con tono poético, desamparado y melancólico. Muchos de sus capítulos me han resultado hipnóticos. Me ha gustado mucho.