martes, 9 de mayo de 2017

El adversario, por Emmanuel Carrère

El adversario, de Emmanuel Carrère
Editorial Anagrama. 172 páginas. 1ª edición de 2000, esta es de 2016.
Traducción de Jaime Zulaika

Hasta ahora solo había leído de Emmanuel Carrère (París, 1957) Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, la muy dinámica y divertida biografía del autor de ciencia-ficción Philip K. Dick. Cuando hace unos años se habló tanto de Limónov pensé leerlo y, de hecho, lo he hojeado más de una vez en la biblioteca de Móstoles. También, cuando en 2015 leí seguidos varios libros de autores franceses contemporáneos, novelas de Michel Houellebecq, Frédéric Beigbeder o Patrick Modiano, pensé en seguir con Carrère. Un día estuve a punto de sacar de la biblioteca Una novela rusa o Limónov, pero al final lo dejé pasar. Sin embargo, más tarde, se ha dado la casualidad de que he oído hablar a varios escritores en Madrid sobre El adversario, novela de Carrère que no recordaba haber visto en la biblioteca. No sé si será solo una coincidencia, pero más de un escritor en Madrid (al menos de los que yo conozco, nacidos en la década de 1970) está tratando de escribir (o lo ha hecho ya) una novela de no-ficción con El adversario como modelo. Me pasó después de una presentación. Le pregunté a un escritor si estaba escribiendo algo y me contestó que «un true crime». Me lo tuvo que repetir y traducir porque lo cierto es que, en primera instancia, su declaración, por inesperada, me dejó estupefacto. Esta fue una de las ocasiones en la que apareció en una conversación de mis últimos años El adversario de Carrère.
Un día vi el libro en La Central de Callao y me apeteció comprarlo.

En El adversario Carrère escribe sobre un true crime o, en español, «crimen real». Así comienza la novela: «La mañana del sábado 9 de enero de 1993, mientras Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito. Gabriel tenía cinco años, la edad de Antoine Romand. Luego fuimos a comer con mis padres, y Romand a casa de los suyos, a los que mató después de la comida.»
Cuando ­este crimen tiene lugar (su impacto mediático fue muy grande), Carrère se encuentra escribiendo la biografí­a de Dick. La historia de Romand le acabará fascinando hasta tal punto que comenzará a cartearse con él, con la intención de poder entrevistarle y escribir un libro sobre su vida. El crimen de Romand no deja de ser singular: en apariencia es un hombre que ha estudiado medicina y que trabaja en Suiza en la Organización Mundial de la Salud, un hombre reputado, con una agradable familia, formada por una mujer y dos hijos, y que vive en una próspera región francesa que hace frontera con Suiza. Pero, en realidad, Romand no se presentó a un examen de segundo curso de Medicina, que daba acceso al tercero, y a partir de aquí, al menos, fue encadenando una mentira con otra. Seguirá acudiendo a la universidad de Medicina, durante años, pero sin presentarse a los exámenes. Después, sin llegar nunca a ejercer como médico, declarará en su entorno que trabaja en la OMS. Así saldrá de casa todas las mañanas para, supuestamente, atravesar la frontera y trabajar en su despacho de la OMS. Además, también supuestamente, tendrá que realizar frecuentes viajes laborales al extranjero.
En algún momento, por lo que parece y tratará de aclarar la investigación policial, tras dieciocho años de mentiras y fingimientos, la verdad acabará estallando en la cara de Romand. Esto le conducirá a desear matar a toda su familia, para después ‒ supuestamente‒ suicidarse. Sin embargo, él sobrevivirá al incendio provocado de su propia casa.
¿De dónde sacaba Romand el dinero si no trabajaba?, se pregunta todo el mundo en primera instancia. Pudo ir sobreviviendo mediante el expolio de las cuentas de sus padres y de la confianza que su entorno depositaba en él como persona de éxito, alguien al que prestar sus ahorros para que los invierta sabiamente en un banco suizo al que puede acceder con facilidad.

Carrère conseguirá establecer correspondencia con Romand y, además de entrevistarle en la cárcel, acudirá a las sesiones judiciales de su caso. También investigará en su entorno para tratar de desentrañar las claves de su comportamiento. Aquí se topará con alguna clave freudiana.

Carrèrre sigue la línea literaria propuesta por Truman Capote en A sangre fría. Pero mientras Capote borraba su figura del crimen real que describía, aunque su presencia hizo que llegaran a cambiar en alguna medida los acontecimientos, Carrère si se convierte en un personaje de su propia novela y nos habla de su acercamiento a Romand y sobre sus dudas acerca de la historia que quería escribir. En la página 27 leemos «En cuando decidí, lo cual hice muy pronto, escribir sobre el caso Romand, pensé en desplazarme al lugar de los hechos.» o en la 28: «La pregunta que me empujaba a escribir un libro no podían responderla los testigos ni el juez de instrucción ni los peritos psiquiatras, sino el propio Romand, puesto que estaba vivo, o nadie. Al cabo de seis meses de vacilaciones, resolví escribirle por mediación de un abogado. Es la carta más difícil que he tenido que redactar en mi vida.»

Carrère trata de dirigir una mirada objetiva sobre Romand, quien, a través de sus cartas y en persona, le parece una persona correcta y muy educada. Sabe que alguien que ha conseguido mentir a todos durante dieciocho años ha de ser así para pasar desapercibido. He leído en una entrevista que Carrère llegó a sentirse culpable por la fascinación que sentía hacia su personaje, con el que trata de mostrarse distante y objetivo. Carrère hace una exposición clara de los hechos que llega a conocer y no especula mucho con sus propias hipótesis sobre lo estudiado. Sin embargo, sí que llega a insinuar, en alguna ocasión, un juicio propio sobre lo narrado. En la página 22, apunta lo siguiente sobre los padres de Romand: «Deberían haber visto a Dios y en su lugar habían visto, adoptando los rasgos de su hijo bienamado, a aquel a quien la Biblia llama Satán, es decir, el adversario.» Así que desde la portada de su crónica, Carrère parece ya tomar partido en la historia al llamar a Romand «el adversario». También hacia el final, cuando en la cárcel Romand contacta con un grupo cristiano de visitadores de presos, parece pensar Carrère que esto le va a permitir a Romand seguir representado su novela narcisista de caída y redención.

Sin duda, Romand es un personaje complejo y fascinante, cuya vida sigue siendo, una vez acabado el libro, tanto para Carrère como para el lector, un misterio. El estilo literario de Carrère es sencillo, pero correcto y efectivo. La novela es altamente adictiva. Quizás su mayor fuerza reside en su extremismo y en lo increíble de lo contado, una sensación que se hace más fuerte al pensar que es real. Es decir, si este libro fuese una invención el lector acabaría considerando que es un fracaso porque la historia narrada es inverosímil, pero al ser una historia real su misterio se acrecienta. En la página 73 Carrère hace una reflexión en esta dirección: «Es imposible pensar en esta historia sin decirse que hay un misterio y una explicación oculta. Pero el misterio consiste en que no hay explicación y en que, por inverosímil que parezca, las cosas fueron así.»


Leí el libro en dos días; como decía, su lectura ha sido adictiva. Sin embargo, no he dejado de pensar que si hubiera sido un escritor como Michel Houellebecq o Philip Roth quien hubiera contado esta historia, habría podido sacarle más aristas a un personaje tan escurridizo y extraño como Jean-Claude Romand. En cualquier caso, la novela la ha escrito Emmanuel Carrère, yo la he disfrutado y ahora sí que estoy seguro de que en algún momento leeré Limónov o Una novela rusa.

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