domingo, 22 de abril de 2018

Cartucho, por Nellie Campobello


Editorial Era. 170 páginas. 1ª edición de 1931, ésta es de 2013.
Prólogo de Jorge Aguilar Mora

Cuando en el verano de 2017 estuve en México y me dedicaba a buscar en sus librerías algunos de los libros más importantes de la historia literaria del país, mi amigo Federico Guzmán me aconsejó que comprara Cartucho de Nellie Campobello (Villa Ocampo, México, 1900 – Ciudad de México, 1986). Cartucho fue el último de los libros que añadí a la maleta. Lo compré en la librería de El Péndulo de la colonia de La Condesa. El dependiente que me atendió, un chico muy joven, me dijo algo así como: «Se lleva usted un libro muy bueno». Lo leí después de Noticias del imperio de Fernando del Paso. Así que pasé del México de mediados del siglo XIX y la ocupación francesa, al siglo XX y la Revolución; ya que Cartucho (subtitulado Relatos de la lucha en el norte de México) habla de los hombres de Pancho Villa y los años revolucionarios (1916-1920), en los estados del norte de México, principalmente en el estado de Chihuahua.

El libro se abre con un extenso prólogo del escritor Jorge Aguilar Mora. En él, Mora afirma: «Cien años de soledad no hubiera sido posible sin Pedro Páramo y Pedro Páramo no hubiera sido posible sin Cartucho de Nellie Campobello. Ésta anticipa lúcidamente muchos rasgos que definirían el estilo de Rulfo.» (pág. 10). Lo cierto es que, al comienzo del prólogo, cuando Aguilar Mora empieza a hablar de Cien años de soledad relacionándolo con Pedro Páramo me encontraba un poco desubicado, me decía ¿pero este prólogo no era sobre Cartucho? Pero lo cierto es que me ha gustado mucho cómo se hilaban las ideas. Cien años de soledad lo leí a los veinte años y lo releí hace no mucho. Pedro Páramo lo leí también hace veinte años y tengo que releerlo. Sin embargo, al leer Cartucho sí que he pensado en Pedro Páramo, o en el recuerdo borroso que yo guardo de los cactus, los muertos y las piedras de Pedro Páramo.

Aguilar Mora le informa al lector de que Cartucho se publicó por primera vez en 1931 y que en su segunda edición de 1940 el texto se amplió bastante. La primera edición tiene treinta y tres textos y la segunda cincuenta y seis. Aguilar Mora compara una edición con otra y elige la primera, que le parece más pura y rupturista. Además cuestiona la idea de que Cartucho sea una novela, podría ser un libro de relatos o una crónica. Yo la he querido leer como novela, porque sus treinta y tres piezas breves (que pueden leerse perfectamente como relatos autónomos) están unidos por el peso de una misma voz narrativa (la de la niña Nellie Campobello), mantienen una unidad de lugar (casi todo ocurre en el pueblo de Parra, estado de Chihuahua, o sus alrededores) y algunos de los revolucionarios villistas que se retratan en estas páginas saltan de un relato a otro, y el mismo suceso se cuenta desde perspectivas diferentes.

El libro se divide en tres partes: Hombres del Norte (siete relatos), Fusilados (veintiún relatos) y En el fuego (cinco relatos).
El primer cuento (titulado Él) empieza con la siguiente frase: «Cartucho no dijo su nombre.» Cartucho representa aquí a un hombre cualquiera, un pobre del Norte que decide unirse a Villa y hacer la Revolución, su nombre y sus armas se identifican. Posiblemente morirá joven. Es curioso, porque a pesar de que el libro se abre apelando a un hombre indeterminado, casi todos los textos parecen escritos para recordar a alguien en concreto y abundan los títulos en los que aparecen nombres propios. Así, el héroe perdido de la Revolución encuentra su hueco glorioso en las páginas de Cartucho.

Muchos de los relatos (o tal vez capítulos) de Cartucho no llegan a ocupar una página. Los más largos quizás tienen cuatro. Campobello escribe con frases cortas, esenciales, el ritmo es muy rápido. Casi todos los textos los he leído al menos dos veces, como si se tratase de un libro de poemas. En muy pocas líneas se transmite mucha información y es fácil perder alguna relación causal en lo narrado.

Campobello elige la mirada de una niña para narrar sus textos. Las historias, pese a la intensidad de lo vivido, están siendo evocadas desde algún punto del futuro, haciendo revivir la pureza de la mirada infantil. El mundo descrito es profundamente violento. Sobre todo en la segunda parte (Fusilados), donde en cada texto muere, al menos, un hombre, la presencia de la muerte es abrumadora. En cierto modo, me ha recordado –por su angustia­– a La parte de los crímenes de 2666 de Roberto Bolaño. Las historias se sitúan en Hidalgo de Parral (en el libro se llama simplemente «Parral»), en el estado de Chihuahua, donde vivió de niña la autora. Parral le gustaba a Villa, un pueblo que tomó muchas veces durante sus años de revolucionario («Villa en esos momentos era dueño de Parral», leemos en la página 117). La niña asume como natural la violencia que le rodea: «“Más de trescientos hombres fusilados en los mismos momentos, dentro de un cuartel, es mucho más impresionante”, decían las gentes, pero nuestros ojos infantiles lo encontraron bastante natural.» (pág. 81). En el cuento Desde una ventana, Se produce un fusilamiento cerca de la casa de la narradora, y el cuerpo se quedó en la calle tres días muerto. La niña se asoma a la ventana por las noches, antes de dormir, para ver al que siente como «su muerto». Al final se llevan el cuerpo y el relato acaba con esta frase: «Me dormí aquel día soñando en que fusilarían otro y deseando que fuera junto a mi casa.» (pág. 88)

Ya he comentado que he leído casi todos los textos al menos dos veces, como si se tratase de poemas. Cuando he leído microrrelatos, muchos de ellos basaban su fuerza en el hecho de que su frase de cierra hacía que lo leído cobrase una nueva interpretación y por tanto estas frases servían para crear una sensación de sorpresa. Las frases de cierre de los relatos de Campobello no actúan así, sino que, como ocurre en la poesía, remarcan algo que ya se ha expuesto previamente. La violencia y la ternura (presencia de muñecas o juegos) se entreveran. A pesar de que Campobello está describiendo un mundo de hombres, también cobra importancia aquí el personaje de Mamá, una mujer que admira a Pancho Villa y sus revolucionarios. Villa aparece alguna vez retratado en estas páginas. Es alguien capad de llorar cuando da un discurso a unos campesinos, que luchaban contra él, y los perdona de ser fusilados porque no tiene nada en su contra y desea que sigan cultivando la tierra.

Según el análisis de Aguilar Mora, durante las primeras décadas de su aparición se ninguneó la inclusión de Cartucho en el canon de la literatura mexicana porque estaba escrito por una mujer, que además vivió muchos años a la sombra de algunos de los grandes intelectuales de la época, como el escritor Martín Luis Guzmán (del que es posible que fuera amante) y porque este libro reivindicaba la figura de Pancho Villa, algo no deseable a nivel político, tras el triunfo en la revolución de las facción de Venustiano Carranza (contra quien luchan los villistas en estos relatos) y Álvaro Obregón. Existen además muchas lagunas en la biografía de Campobello, empezando por el nombre, que es un seudónimo, y las fechas de su nacimiento y muerte. Además, parece que durante el último año de su vida sufrió un secuestro, un asunto turbio del que se habla en la cronología de la autora incluida al final del libro.

Cartucho es un texto realmente moderno. Cuesta creer que se está leyendo un libro de 1931. Es una lectura fascinante, con páginas brillantes y cautivadoras, que no ponen su énfasis en los grandes combates sino en los detalles nimios de los hombres que participaron en aquel conflicto, en las cosas que suceden en «una tarde tranquila, borrada en la historia de la revolución.» De hecho, es posible que libros como Cartucho adelantaran el realismo mágico de unas décadas después en Hispanoamérica. En el cuento Las hojas verdes de Martín López los carrancistas no se creen que Martín López, uno de los hombres más importantes para los villistas, esté realmente muerto y cuando llegan al lugar donde ha sido enterrado, lo desentierran para comprobarlo: «Le tenían tanto miedo que, cuando lo sacaron de debajo de la tierra, lo vieron incrédulos. Le sacudieron la cara, le limpiaron los ojos, le abrieron la blusa y le vieron el vientre donde tenía alojada la bala. También le despegaron unas hojas todavía verdes que le cubrían la herida. Hicieron muchas cosas para convencerse de que Martín estaba muerto. Martín López, el joven que les había hecho tantas derrotas, aquel joven general que no les dejaba ni dormir. Le tenían mucho miedo.» (pág. 152) Creo que antes, cuando hablaba de la niña que quería que fusilaran a otra persona para tener un nuevo muerto que la acompañara, estaba clara la influencia de este libro sobre Juan Rulfo, y en este párrafo final que dejo aquí, el del muerto desenterrado, creo que además de Rulfo podemos ver ya el realismo mágico de Gabriel García Márquez.

He buscado en la red si Cartucho ha sido editado en España y no lo encuentro. Me parece increíble que un libro como éste sea perfectamente desconocido en nuestro país, que no haya una edición comentada de Cátedra, por ejemplo. Cartucho es un libro importante dentro de la historia de la literatura en español del siglo XX. Que no esté editado en España nos habla, de nuevo, de la falta de comunicación entre nuestro país e Hispanoamérica. Trataré de comentarle a alguno de los editores que conozco la existencia de este libro. Lo más seguro es que me digan que la propuesta suena interesante, que no salga el proyecto y así.

lunes, 16 de abril de 2018

Fauna / Desplazamientos, por Mario Levrero


Editorial Random House. 274 páginas. Libros escritos en 1997, el primero y en 1982-84 el segundo. Esta edición es de 2015.

Cuando Random House publicó este ejemplar con dos novelas y otro con Diario de un canalla y Burdeos, 1972 le oí hablar de ellos al escritor Alberto Olmos y un día que quedamos le pedí que me los prestara. Sólo encontró éste del que hablo hoy. Lo cierto es que para ser un libro prestado lo he estado reteniendo en casa sin leer demasiado tiempo. Ya comenté que había vuelto a acercarme a Mario Levrero (Montevideo 1940-2004) a raíz de ser invitado a escribir un artículo sobre él para la revista Quimera. Así que, por ahora, he leído seguidos los dos libros de Random House de los que estoy hablando.

Fauna está escrita en 1979, y no está mal recordar que una novela de detectives tan disparatada como Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo la escribió Levrero en 1975. Fauna está dedicada, entre otras personas, a Raymond Chandler, y en ella un escritor de textos parapsicológicos, que colabora en revistas y periódicos, pero que también tiene que regentar (junto a un socio) un quiosco para poder sobrevivir, recibe un día en su casa la visita de una rubia exuberante que ha de abandonar de forma inmediata Montevideo y que, tras poner en sus manos una buena cantidad de dinero, le encargará buscar a su hermana y liberarla de las garras de Monsieur Victor. En la página 28 el narrador afirma: «Me sentía un poco como un investigador privado, y creo que inadvertidamente había adoptado el aire de un detective neoyorkino.» En los días siguientes a los de la visita de la rubia desconocida, acompañaremos al narrador por Montevideo, primero tendrá que encontrar un sustituto para él en el quiosco, pasará a frecuentar el bar en el que la rubia, a la que empieza a llamar «Fauna», le ha comentado que puede encontrar a su hermana Flora. La encontrará y comenzará a relacionarse con ella. Flora es una mujer mucho más apocada y mustia que Flora, de la que el narrador ha caído enamorado y anhela su regreso a Montevideo. También ha empezado a recibir amenazas, supuestamente de Monsieur Victor, y cuando se siente agobiado acude a unos billares para jugar a las máquinas recreativas, cuya descripción se acaba convirtiendo en uno de los motivos de la novela.

Fauna funciona como parodia de la novela de detectives, a la que se añaden unos ligeros elementos parapsicológicos que incrementan su encanto. De hecho, esta novela, Fauna, me ha gustado bastante más que Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, que me resultó en exceso surrealista. Fauna, dentro de su juego a favor de la trasgresión de géneros (acaban cobrando importancia en la trama los sueños, la telepatía…), es una obra mucho más contenida que la de Nick Carter.
Podríamos señalar que el narrador de Fauna se asemeja a la figura del Levrero que el lector ya conoce por sus libros marcadamente autobiográficos. En esta obra existe un poso de deseo sexual irrealizado, de proyección fantástica en la rubia exuberante y misteriosa que representa Fauna, una representación que en gran medida procede del mundo de la ficción.

Si Fauna está dedicada, entre otras personas, a Raymond Chandler, Desplazamientos, por su parte, se inicia con una cita de Carl Jung. En esta novela, escrita entre 1982 y 1984, el narrador visita una casa, dividida en departamentos y que pertenece a su familia, para cobrar los alquileres. En el pasado, esta tarea la hacía su padre, que ha fallecido recientemente. La cita de Jung que abría el libro comenzaba diciendo: «A todo individuo le sigue una sombra». La sombra que sigue al narrador de Desplazamientos es la de su padre muerto, al que los vecinos del inmueble parecen temer y que ahora proyectan sobre él sus miedos. El nuevo arrendador quiere dar de su mismo una visión más humana que la que parecía proyectar su padre y promete a los vecinos reformas del edificio y aplazamientos de los pagos si los ve apurados (aunque, por otro lado, también piensa que va a tener que soportar abusos). Al final, el tema que mueve la trama es el sexual: el narrador sentirá una gran atracción por dos hermanas que viven en una de sus piezas, Nadia y Blanca. Si bien, al principio la atracción es hacia Nadia, también será hacia Blanca. El sexo de Desplazamientos acaba siendo, en muchos momentos, angustioso y violento. «Todo fue muy rápido y de inmediato me sentí lleno de culpa, por ella y por mí, y de alguna manera también por Nadia», leemos en la página 160, después de un encuentro sexual con Blanca.
En un momento dado asistimos también a una escena sadomasoquista, que se produce en una habitación en la que también hay presente un bebé. Esto me ha recordado al sexo violento del que hablaba Osvaldo Lamborghini en El fiord. En realidad, toda la novela está teñida de un halo de irrealidad, narrada como si se estuviera describiendo un sueño.
Uno de los recursos estilísticos más peculiares de esta novela es que la trama, de vez en cuando, vuelve sobre sí misma. Es decir, se narra una escena en la que el protagonista entra en una habitación, ocurre algo y después sale a la calle. En el párrafo siguiente, el narrador está volviendo a entrar en la misma habitación que antes y esto está descrito casi con las mismas palabras, hasta que en un momento dado ocurre algo ligeramente diferente que en la primera escena leída. Así la realidad se va alterando ligeramente, y se pueden llegar a callejones sin salida narrativa que quedan invalidados en la siguiente versión de la misma escena.

Si bien en Fauna se idealizaba a la mujer y el deseo sexual desde una lectura refrescante y luminosa, en Desplazamientos este deseo sexual se vuelve más angustioso y oscuro. Dentro de la evolución de la obra de Levrero, Desplazamientos se encontraría cercano a los planteamientos narrativos de París. Si bien, como ya ocurría al comparar Fauna con Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, donde en la primera novela se acababa rompiendo ligeramente la verosimilitud narrativa y no abiertamente como en la segunda obra, el planteamiento trasgresor de Desplazamientos también está mucho más contenido que el de París. Yo, como lector, disfruto mucho más de esta contención y, dentro de las dos novelas ofrecidas en este volumen, he disfrutado  más del humor tierno de Fauna que de la angustia violenta de Desplazamientos.

Al acercarme a estos libros que estoy leyendo ahora de Mario Levrero no puedo evitar compararlos con la obra de César Aira. Tengo la sensación de que Aira concibe la literatura como un juego, y cuando escribe se deja llevar más que por su inconsciente por su deseo de juego y parodia literarias. Levrero se deja llevar más bien, y directamente, por su subconsciente y de este modo en su obra se van repitiendo una serie de obsesiones de una forma que no lo hacen en la de Aira, más centrado en la idea literaria del juego en sí mismo que en el análisis de su propio yo, como parece hacer Levrero. En este sentido me parece que la obra de Mario Levrero es más personal y por tanto más valiosa y perdurable que la de César Aira.

domingo, 8 de abril de 2018

2222, de P.L. Salvador


Editorial Pez de Plata. 102 páginas. 1ª edición de 2017.

Ya he comentado –cuando hablé de Silencio tras el telón del sueño de Mariano Antolín Rato– que intercambié unos mensajes, a través del chat de Facebook, con Jorge Salvador Galindo, el editor de Pez de Plata, y quedé en que me enviara dos libros de su editorial para reseñarlos. Además del de Antolín Rato me llegó a casa 2222 de P.L. Salvador (Valencia, 1959). De Salvador ya había leído, a finales de 2016, su anterior novela publicada en Pez de Plata, Nueve semanas (justas-justitas).

La anterior novela de Salvador trataba sobre el hecho mismo de escribir. En sus páginas se cruzaban una joven aprendiz de escritora con un caradura, que también escribía, y diversos personajes vinculados al mundo del libro. Esta nueva novela guarda (como trataré de explicar) relación con la anterior, pero lo más llamativo es que se trata ahora de una novela corta de ciencia-ficción, ya que Salvador ha trasladado el presente de su historia al año 2222, y la ubicación será en una región llamada Iberia, en el Levante peninsular.

2222 se divide en cinco partes, escritas por los protagonistas de la novela en forma de diario. Empezamos con el Diario de Zalt. La novela empieza el mismo día en el que Zalt está enterrando a su hija y recibe la visita de diversas personas. Zalt es un privilegiado económico en un mundo abarrotado por 20.000 millones de habitantes. En su finca de Levante pasarán a vivir otros personajes, gracias a la intervención del Coronel Nat, hasta un total de doce personas, que habrán de formar con el tiempo seis parejas. Zalt parece destinado a emparejarse con la doctora Rut, pero la presencia perturbadora de la ginoide Kest (nota: ginoide es el femenino de androide), que viene acompañada del biólogo Yurt, podrá hacer que el destino de la relación programada cambie.
Al comienzo del libro se encuentra una lista de los personajes que aparecen en la novela en orden alfabético. Esta lista me ha resultado útil porque la prosa de Salvador está trufada de acontecimientos narrativos, y entradas y salidas de personajes a un ritmo bastante rápido y, por tanto, será conveniente consultar la lista para no perderse.

Los grandes avances tecnológicos que propone Salvador en su novela tienen que ver con el desarrollo de la inteligencia artificial. Kest es una ginoide de última generación, con una apariencia casi por completo humana. Además está diseñada para evolucionar mentalmente por su cuenta según los estímulos que reciba del exterior, imitando el comportamiento de los humanos. El resto de robots del libro serán simples máquinas al servicio del hombre. Aparte de este tema, no se juega aquí con la evolución de las comunicaciones, por ejemplo; no recuerdo la presencia de móviles u ordenadores. La primera mitad de la novela transcurre en la finca de Zalt, en un ambiente en realidad campestre, alterado por la presencia de los robots, el hecho de saber que la acción transcurre en el año 2222 y que en este mundo habitan 20.000 millones de personas.

El tema de fondo de la novela será ecológico, o incluso, podríamos decir que malthusiano, puesto que el Coronel acabará desvelando al resto de los protagonistas los verdaderos fines por los que está creando una comunidad de parejas en la finca de Zalt y que tienen que ver con el agotamiento de recursos en el planeta y las premisas del llamado «programa Zeta», que pretende dejar la población mundial en una disminuida cifra de cuatro millones de personas. El dilema ético está servido.

Cuando comenté Nueve semanas (justas-justitas), un libro construido con voluntad de juego literario, donde me parecía que los personajes actuaban de forma estrambótica a favor del esperpento narrativo, me planteé si este tipo de propuestas acaban por perder fuerza, al basarse más en la forma de contar las cosas que en la historia contada en sí misma. Y, por esto, y en consecuencia, los personajes acaban teniendo menos entidad que si están al servicio de una trama más sólida. En 2222 considero que el planteamiento de la historia es más potente e interesante que el de la anterior novela de Salvador. Como en la buena ciencia-ficción clásica, 2222 asienta las raíces de sus conflictos en los del mundo actual, un mundo sobreexplotado por un consumo excesivo de recursos.

Igual que en Nueve semanas (justas-justitas), aquí Salvador usa algunas características ortotipográficas singulares: sobre todo cuando emplea corchetes dentro de paréntesis, lo que ya empiezo a reconocer como un rasgo característico de su estilo. 
A nivel constructivo, podemos encontrar otra peculiaridad que une a ambas obras: al igual que en Nueve semanas (justas-justitas) en 2222 los personajes escriben diarios, pero de tal modo que cuando cada uno de ellos empieza su parte ha tenido acceso a lo escrito por los narradores precedentes.
La segunda parte se titula Diario de Kest, y en ella nuestra ginoide toma la palabras. Si bien, Nueve semanas (justas-justitas) apostaba por el humor absurdo, y el tono de 2222 es ahora más serio, aquí, en esta segunda parte, Salvador usa como recurso expresivo un curioso juego metaliterario que conduce al chiste privado entre los lectores de sus dos novelas: el artista favorito de Kest es un tal P. L. Salvador, escritor y guitarrista del grupo Prolýmbux, y que no es otro que el tatarabuelo de Zalt. De este modo, el estilo literario de P. L. Salvador es imitado por la ginoide Kest y el lector de las dos novelas sonreirá al reconocer aquellas series de palabras de la novela anterior, formadas por diminutivos y aumentativos de la misma palabra. «Almita, almota, ¿almeja?», leemos en la página 56.

La tercera parte se corresponderá con el Diario de Rut (que, recordemos, iba a ser la pareja de Zalt), en la cuarta será el propio Zalt quien retome la palabra, y la novela finalizará con el Diario de Fánot, el científico que creó a Kest.
No quiero revelar más puntos de la trama que los que ya he tocado, porque una novela de menos de cien páginas, como es ésta, requiere que el lector tenga alguna sensación de sorpresa sobre el universo en el que se va a adentrar.

Como ya he apuntando antes, 2222 me ha parecido una novela más sólida que Nueve semanas (justas-justitas). En esta nueva obra, P. L. Salvador hace uso de los mismos recursos estilísticos que ya empleó en su anterior libro, pero ahora estos recursos cobran menos protagonismo a favor de una trama más sólida, lo que conduce a que la propuesta narrativa gane enteros. La apuesta por la ciencia-ficción me ha parecido atrevida y bien aprovechada. La verdad es que me he quedado con ganas de que de P. L. Salvador hubiera decidido desarrollar más los temas y dar más espacio a sus personajes (como ya he apuntado, éstos salen y entran de escena a gran velocidad) y que la novela hubiera sido más larga. Cuando leo novelas cortas y la sensación es esta última que he descrito, la de desear que el libro fuese más largo, suelo concluir que la novela corta ha cumplido de forma eficaz con la función para la que fue concebida.
Como de costumbre, la edición de Pez de Plata está muy cuidada. Un libro-objeto muy bello.

domingo, 1 de abril de 2018

Cosmonauta, por Daniel Espartaco Sánchez.


Fondo Editorial Tierra Adentro. 82 páginas. 1ª edición de 2011.

Durante el verano de 2017 pasé quince días de vacaciones en México. Volví a encontrarme con mi amigo Federico Guzmán Rubio, y él me llevó a más de una de las estupendas librerías de Ciudad de México. En el barrio de Coyoacán visitamos la librería Elena Garro, realmente hermosa. Allí me dediqué a husmear en las baldas de literatura mexicana y Federico llamó mi atención sobre unos estantes en los que se mostraban los libros de la colección Fondo Editorial Tierra Adentro. En ella publicaban sus primeras obras muchos de los nuevos escritores de México. Tanto la librería Elena Garro como la colección Tierra Adentro son propiedad del Estado.

Federico me recomendó el libro de relatos Cosmonauta de Daniel Espartaco Sánchez (Chihuahua, México, 1977). Lo compré, costaba sólo sesenta pesos (tres euros). Al volver de México, lo primero que leí de lo que había comprado fue Nueva historia mínima de México, donde varios autores de El Colegio de México resumen la historia de su país; el segundo fue Cosmonauta. Es un libro corto: en dos tardes de piscina en Collado Mediano me lo acabé.

Con Cosmonauta, Sánchez ganó un premio en 2009 y el libro se publicó definitivamente en 2011. Es un libro corto, formado únicamente por seis cuentos, que suman en total 82 páginas. En la contraportada leemos: «Los seis cuentos reunidos en Cosmonauta nos trasladan a momentos congelados de una época ‒la que vio el cenit y la caída del bloque socialista‒, donde los personajes vuelven con nostalgia para recuperar, y en cierta manera revisar, sus recuerdos.»

El primer cuento se titula Cosmonauta, precisamente. Es el más corto (no llega a las tres páginas) y el que menos me ha gustado del conjunto. En él, el protagonista se llama Ilich, un nombre que se repite en los cuentos del libro. Un nombre que nos lleva a un mundo en el que los padres, al poner un nombre a sus hijos, se acordaban de su militancia comunista y homenajeaban a Lenin a través del hijo. Ilich se encuentra con Miriam en el Hotel Princesa. Los dos son adúlteros. La fuerza del relato reside en la condensación del lenguaje poético y este sentido (en la descripción poética de las vidas agotadas) me ha recordado a los relatos cortos de Juan Carlos Onetti. «A Ilich algunos de esos vestidos de falda abierta le recordaban a las esposas de los astronautas en los documentales sobre la carrera espacial que veía de niño», escribe Sánchez en la página 12. Un poco más abajo, cuando se lo comenta a Miriam y ésta le apunta que entonces él es el astronauta en el espacio, Ilich contesta: «Yo soy un cosmonauta. Los astronautas soviéticos de llamaban cosmonautas.» Este tipo de detalles acaban constituyendo un lazo de unión entre los relatos del libro, esa evocación (como prometía la contraportada) de un mundo soviético en extinción.
En la primera frase del cuento aparece una referencia espacial a la «calzada de Tlalpan», que yo tomé más de una vez en mi estancia en México; este detalle puramente personal hizo que entrara con gran disposición en el relato. Cosmonauta es el único cuento del libro que he leído dos veces. Ya he escrito arriba que es el que menos me gustaba. No es un mal relato, en realidad, pero los cinco que quedan me parecen mucho mejores. Ya he comentado también alguna vez que a mí no me acaban de convencer los relatos tan cortos, que prefiero los que tienen quince-veinte páginas.

Los cuatro relatos que siguen están muy unidos entre sí. En ellos un hijo (o hija) habla de la figura de su padre (o de su madre).
El segundo relato se titula América y me encanta. Nada más leerlo supe perfectamente por qué Federico Guzmán me había recomendado el libro. En América, un hombre joven evoca un episodio de su infancia en los años noventa. A su padre le llama así, «padre» y a su madre por su nombre de pila, «Julia», lo que en las primeras páginas me generó algún malentendido. Con su coche nuevo (los coches de los padres están bastante connotados en estos cuentos), la familia se dispone a hacer un viaje al extranjero. Visitarán la ciudad norteamericana de El Paso, cerca de la frontera mexicana. El padre parece decepcionado en la frontera porque nadie le impide su paso a territorio norteamericano, ya que se suponía que la CIA tenía el nombre de todos los fichados por comunistas (su padre había militado en este partido) en los países de Hispanoamérica. El niño queda fascinado por la opulencia de los centros comerciales del país vecino. Aquí se producirá un contraste entre la mirada del padre y del hijo, que se saldará con toda una lección de dignidad (en aparente desfase histórico) por parte del padre.
La familia del relato inicia su viaje desde una ciudad indeterminada del norte de México (que yo he supuesto que podría ser Chihuahua, en la provincia del mismo nombre, de donde es originario el autor), y ésta podría ser una de las características del libro: la única ciudad que se nombra de forma explícita es Ciudad de México y el resto quedan desdibujadas.
América es un relato muy bello.

El hielo se derrite lentamente habla de la mirada de una hija sobre su padre. La hija ya es adulta y ha volado desde Ciudad de México, donde vive, a la ciudad de la que es originaria para acudir al entierro de su padre. En el propio cementerio descubre, con sorpresa y estupor, que su padre fue un simpatizante del comunismo. Su desprecio hacia esta tendencia política queda reflejado en lo desagradable que le resulta la música de La internacional. La voz narrativa de este cuento es más dura (y violenta) que la del anterior. Siendo parecidos, América me parece un cuento más logrado. El nivel es alto, en cualquier caso.

En África, un niño nos habla de su madre, una mujer que además de trabajar estudia y es, por tanto, bastante más dinámica que el resto de mujeres del barrio. Bajo el cuidado de estas mujeres, debe dejar a nuestro narrador su madre mientras está trabajando. El paradero del padre es un misterio. La madre le dice que está en África, pero el lector intuye que no es verdad. Las visitas de un amigo del padre, de vida aparentemente clandestina, multiplicarán los ecos del misterio en torno al padre (¿Un delincuente?, ¿un militante político de vida escondida?).

Estación espacial Mir tiene un tono muy poético. En este cuento, un adolescente que no puede dormir en la cálida noche de verano sale por la ventana de su habitación y recorre los tejados de su calle. «Mi padre dice que cuando él era niño no sólo se podían ver las estrellas, sino también los satélites artificiales; me contó que vio el Sputnik, a Yuri Gagarin, a Laika, y yo le creí» (pág. 54). «Una mirada de desaprobación de mi padre puede hacerme sentir verdaderamente mal, lleno de vergüenza, estúpido; tiene ese poder» (págs. 56-57). Estas dos citas recogen ideas que se repiten en los cuatro relatos que forman el cuerpo central del libro. Hay un mundo ido que tuvo sentido para el padre, pero ya no para el hijo. El padre, además, siempre lleva barba, otro símbolo del pasado.

La ciudad blanca es el último cuento y aquí tenemos una variante respecto a los cuatro anteriores: está escrito en tercera persona y contado desde la perspectiva del padre y no del hijo. Eme, diputado federal, se encuentra cansado a sus sesenta y dos años, y pese a que su mujer cubana Minnie le ha preparado una fiesta de cumpleaños, él prefiere encerrarse en su despacho, de forma algo grosera, para redactar sus memorias. En ellas evoca su pasado como miembro del Partido Comunista Mexicano, cuando pudo viajar por muchos de los países comunistas: Corea del norte o Yugoslavia. Sobre todo evoca los años que pasó en Belgrado con Dara, la intérprete con la que convivió una temporada. Su hijo ha sido una decepción para él, y al final de la noche, sabe, por fin, que sólo puede contar con Minnie, una exdeportista cubana que huyó de la isla.

La ciudad blanca es un relato magnífico. De los mejores que he leído últimamente. Éste y América son los dos mejores cuentos del libro. Un libro que no ha aparecido en España. Sé que Daniel Espartaco Sánchez ha publicado alguna novela en Random House, pero tengo la impresión de que sólo en la división de México. A veces es sorprendente comprobar que escritores tan buenos no consiguen traspasar la barrera de los países del mundo hispano, cuando la comunicación debería ser mucho más fructífera y fácil. Es posible que si usted es un lector español de esta reseña y le interesa el libro lo pueda encontrar en la librería Juan Rulfo de Madrid, que al fin y al cabo pertenece al Fondo de Cultura Económica, y ésta al Estado mexicano. No sé si Fondo Editorial Tierra Adentro pertenece al FCE, pero imagino que sí y, en cualquier caso, no estaría mal tratar de averiguarlo.

lunes, 26 de marzo de 2018

El vol de la cendra (El vuelo de la ceniza), por Joan Payeras


Editorial Sloper. 73 páginas. 1ª edición de 2016.

Hasta ahora había leído tres poemarios de Joan Payeras (Palma, 1973): Modos de ver un horizonte (2009), Calle del mar (2010) y La luz y el frío (2013). Conozco a Joan desde hace unos cuantos años ya. Nos hemos visto en Palma de Mallorca o en Madrid en más de una ocasión. Payeras es amigo del también poeta mallorquín Javier Cánaves, y fue él quien nos presentó. Además Payeras ha publicado su último poemario en la editorial Sloper, a cargo de Román Piña. Con la mallorquina Sloper yo he publicado una novela, Los insignes. Así que, además de vernos, en alguna ocasión en Madrid, pero sobre todo en Palma, Payeras y yo hemos acabado siendo compañeros de editorial.

Cuando se acababa el verano de 2016, Payeras me envió a casa su nuevo libro, El vol de la cendra. He tardado más de un año en acercarme a él, aunque ­­–eso sí–, una vez que empecé a leerlo lo acabé de una sentada. Cada vez me doy más cuenta de que mi relación con la poesía se está haciendo más distante, cuando en el pasado leía bastante y además llegué a practicarla (tengo algún libro publicado de poesía). Creo que he detectado el fondo del problema: desde que empecé con el blog en 2009 me propuse reseñar todos los libros que leyera, un propósito que he cumplido con una fidelidad cercana al 100%, y cuando leo poesía me doy cuenta de que tengo más problemas a la hora de reseñarla que si tengo que hacerlo con la narrativa. Con la poesía encuentro menos términos comparativos y me encuentro algo más perdido a la hora de comentarla. O bien debo empezar a leer poesía sin la presión de tener que reseñarla, o bien empiezo a dejar de tener miedo a reseñar poesía. Además, me he dado cuenta de que el formato digital, permite, frente a la reseña de revista tradicional, mostrar algunos de los poemas del libro y de este modo la lectura de la reseña de hace más atractiva y clara para el posible lector.

El vol de la cendra (El vuelo de la ceniza) es un poemario bilingüe, escrito originalmente en catalán y versionado en castellano por el propio Payeras, que normalmente ha usado esta segunda lengua para escribir su obra, pero que en esta ocasión decidió servirse de la primera. Los poemas aparecen en catalán en la página de la izquierda y en castellano en la de la derecha. Lógicamente yo leía las páginas impares, más de una vez como es lo habitual para paladear un libro de poesía, pero, también, de vez en cuando, cuando ya conocía la versión castellana del texto, me acercaba a la versión catalana para empaparme de su musicalidad original y para tratar de aprender algo de catalán. Yo mismo, sin saber catalán, me he dado cuenta de que en más de una ocasión la traducción no es directa, sino que Payeras adapta expresiones entre un idioma y otro.

El libro se abre con el siguiente poema:

Primero

¿Y qué haremos con tanta ceniza? Como sin un sol
negro se fundiese sobre nuestras cabezas, como una llu-
via negra y calienta en nuestros labios, una lluvia pesada
que nunca termina, un agua negra y caliente que no
moja, mientras nuestra lengua seca parece una piedra
de sal, y nos miramos las manos llenas de sol negro, de
lluvia caliente, de mundo que se va, que se ahoga.
            ¿Y qué haremos con tanta ceniza?

Los elementos que aparecen en este primer poema son significativos para entender la fuerza simbólica del libro: intensa presencia del color «negro» sobre elementos de la naturaleza (sol, lluvia…) y sobre todo la aparición, ya en el primer verso, de la  «ceniza», que nos va a hablar de lo que está sin vida, de los restos de la ilusión o de la pasión, de la muerte de la esperanza.

El vuelo de la ceniza es un poemario fuertemente simbólico, pero que, sin embargo, cuenta una historia más o menos reconocible: la voz narrativa se lamenta al recibir una mala noticia sobre la salud de un ser querido (posiblemente un hijo), lo que le conduce a un estado de desesperación y tristeza, y a la búsqueda de respuestas (la ausencia de respuesta de Dios ante el dolor del hombre es uno de los temas que aparecen también aquí). Al final, todo parece quedarse en un susto, que sin embargo, la mala experiencia ha movido los cimientos sobre los que se asienta la felicidad y seguridad sobre el futuro del poeta.


El segundo poema comienza con el siguiente verso: «Llega un nuevo soldado a las trincheras». La metáfora bélica del soldado que ha de dejar a su familia para adentrarse en el miedo y el barro se usa aquí como simbólica del nuevo territorio que pisa el poeta tras recibir la mala noticia.

Un recurso estilístico que usa Payeras en sus poemas, normalmente cortos, en el de repetir algún verso del comienzo al final de la composición para marcan un enfasis. Podemos verlo en este segundo poema:

1.

Llega un nuevo soldado a las trincheras.

La luna baña los uniformes,
las piedras negras y los fusiles callados.
Parece la escena de un viejo sueño,
como volver a un lugar
que ya conoces.
No hay viento,
ningún sonido dando bienvenidas.
.
Llega un nuevo soldado a las trincheras.
Que empiece la guerra.

Si ya he comentado que el primer poema aparece el adjetivo «negro», que se irá repitiendo con insistencia en el poemario, por contraste también aparece el término «luz». Así en la página 19 leemos: «En mitad de esta tierra negra / el río es un diamante que nunca se termina. / Una luz limpia llena el aire».

El poema de la página 31 tal vez sea uno de los más explícitos en cuanto a su nivel de significación:

9.

Hoy lo he entendido:
el miedo es una palabra.
No es como el barro,
la comida o la lluvia.

El valor no existe,
pasan los días
y lo que esperabas llega,
y eso es todo.

Y entonces, de repente,
sólo importa lo que está ocurriendo,
y no hay nada que decidir,
no hay más opciones
que estar vivo,

con todo lo que estar vivo conlleva.

En el poema siguiente aparecen las dudas metafísicas y religiosas, que ya comentaba, sobre el vacío del universo:

10.

Una idea en mente,
mientras todo sucedía:

¿Y si es Dios
el que nos dispara?

Me gustan los dos siguientes poemas:


13.
Pasamos la noche en un pueblo en ruinas.
El viento sortea violento
los edificios caídos,
las calles que ya no existen,
como quien conoce el camino
y no echa en falta
nada importante,
hasta llegar valiente
a la vacía expresión
de nuestras caras.

15.

Como el vuelo de la ceniza
que gira y gira
a las órdenes del viento
y de repente cae
quieta por unos instantes
como fundida con la tierra
antes de iniciar de nuevo el vuelo
ligero azaroso sutil
nuestro vuelo como el vuelo de la ceniza
con idéntica insignificancia
con idéntica belleza.

Como apunta al principio, el miedo a la pérdida parece quedarse al final de la aventura vital, o del poemario, burlado por esta vez: «Como nada ha pasado, el sol se ha fundido con la noche mientras silbaban excitados los pájaros escondidos.» (pág. 59)

El libro finaliza con una pregunta inquietante: «¿Y si el Dios que nos dispara es tan insignificante como la madera que maneja?» (pág. 71)

El poemario más antiguo que he leído de Joan Payeras es Modos de ver un horizonte, que ganó el certamen poético Ángel Martínez Baigorri en su edición de 2008. Entonces su poesía era más narrativa e influencia por la corriente llamada «poesía de la influencia», ahora en El vuelo de la ceniza, como ya se apuntaba en La luz y el frío, los versos de Payeras se han vuelto más íntimos y simbólicos. El vuelo de la ceniza es un poemario tan corto como intenso, bello en sus juegos de metáforas muy puras y desnudas, misterioso según se vacía de referentes cotidianos y apela a términos más universales (la luz, el frío, el sol, la oscuridad, el vacío…). Una lectura intensa y conmovedora.

domingo, 18 de marzo de 2018

Miedo en el cuerpo. 25 años de terror con Valdemar, por Varios Autores.


Editorial Valdemar. 848 páginas. 1ª edición de los textos: siglos XIX, XX y XXI. Esta edición es de 2012.
Varios traductores.

En el verano de 2015 leí Felices pesadillas. Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar. Una antología de cuarenta cuentos que los editores de Valdemar habían seleccionado en 2003, buscando en sus libros publicados en los últimos veinticinco años (1987-2003). Como aquel libro funcionó y (según les pude escuchar a los propios editores en la Feria del Libro de Madrid) tuvieron que dejar fuera muchos relatos que merecían estar dentro de la antología (una de las premisas era que la antología sólo podía contener un cuento por autor), sacaron un segundo volumen titulado Malos sueños. Felices pesadillas 2. En mayo de 2017, por mi cumpleaños, mi novia ‒conocedora de mi afición por la lectura de cuentos de terror en verano‒ me regaló Miedo en el cuerpo. 25 años de terror con Valdemar, pensando que era el segundo volumen de las antologías de cuentos de Valdemar y no el tercero, como en realidad es. Esta situación me fuerza a leer el segundo volumen en algún momento, tal vez en el verano de 2018.

Entre julio y agosto de 2017 pasé quince días de vacaciones en México y decidí tomar de casa para el viaje Miedo en el cuerpo. Pensé que, si me llevaba una novela, más de un día no podría leer, y no me gusta acercarme a las novelas sin continuidad. Un libro de relatos era lo más adecuado. En el viaje me dio tiempo a leer la mitad de la antología. Ya en Madrid acabé el resto en unos cuantos días de vacaciones.

Si la gran mayoría de los cuentos de Felices pesadillas eran del siglo XIX, los de Miedo en el cuerpo son más bien del XX. En esta última antología, los cuentos están ordenados como en la primera: por la fecha de nacimiento del autor. Esto hace que, en más de un caso, no se lean cronológicamente. Me habría gustado que se indicara la fecha de publicación original de cada cuento, porque si un autor vive, por ejemplo, ochenta años, no es lo mismo que haya publicado su cuento con veinticinco años (en 1925, por ejemplo), que con setenta (en 1970, por tanto).

A mí, como admirador que soy del trabajo de Valdemar, me ha resultado muy interesante el prólogo de Miedo en el cuerpo, donde se habla de la historia de la editorial.
Si Felices pesadillas contenía cuarenta relatos, Miedo en el cuerpo tiene treinta y cinco.

Miedo en el cuerpo se abre con un cuento de Edgar Allan Poe, el titulado El hombre de la multitud. Ya lo había leído en la antología Pioneros. Cuentos norteamericanos del siglo XIX, editada por Menoscuarto. Éste es en realidad un cuento más de atmósfera misteriosa que de terror, que se lee con agrado.

El ojo invisible o El albergue de los tres ahorcados de Erckman y Chatrian es un cuento potente sobre los quehaceres de una bruja y el que será su vengador.

En esta antología también aparece Ambrose Bierce con Desapariciones misteriosas, un cuento formado con microrrelatos con una temática común, que es la que apunta el título. Me gustó más El clan de los parricidas que aparecía en Felices pesadillas. Y ésta podría ser una tónica general de lo que ocurre en Miedo en el cuerpo: cuando un autor aparece en las dos antologías, el cuento seleccionado para el primer libro suele ser mejor. Lo que significa que el criterio de los editores de Valdemar para elegir los cuentos de la primera antología era el más indicado, o al menos yo coincido con él.

La casa del juez de Bram Stoker, sobre un estudiante que, buscando un lugar tranquilo para preparar unos exámenes, acaba en una casa encantada por el espíritu de un juez malvado, es un cuento muy divertido (para mí lo terrorífico es, en la mayoría de los casos, simplemente divertido).

El Horla de Guy de Maupassant ya lo había leído en un librito de Alianza 100. Un cuento muy redondo sobre el terror a lo invisible y a la locura.

El sótano de la plaga de Robert Louis Stevenson me decepcionó bastante. Incluso diría (con dolor) que es el cuento que menos me ha gustado de Miedo en el cuerpo; su anécdota histórica queda muy perdida y su inclusión en esta antología parece algo forzada.

Me ha gustado El fabricante de monstruos de William Chambers Morrow. Su científico loco que desea realizar experimentos en humanos es divertido y desasosegante. Un relato que cae en lo gore de forma asombrosa para la época.

La sonrisa muerta de Francis Marion Crawford propone un misterio, pero el autor da demasiadas pistas y el lector puede descifrarlo antes de tiempo. Sus elementos góticos acaban siendo excesivos.

Historia verdadera de un vampiro, del Conde Stanislaus Eric Stenbock, es un cuento correcto, pero creo que no resulta novedoso frente a otros cuentos de vampiros que ya he leído, como por ejemplo Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu.

La mujer lobo de Clemence Housman es uno de los cuentos más largos de la antología. Me gusta más su comienzo que su resolución. Su ambientación inicial está muy lograda; después, el desarrollo y la conclusión resultan un tanto excesivos. Me recuerdo leyendo este cuento en un hotel de Puebla y la verdad es que es una imagen bastante agradable.

El conde Magnus de M. R. James ya lo había leído. Valdemar tiene un libro con los cuentos completos de M. R. James que es realmente muy recomendable. James es uno de los maestros del cuento de terror, y en este cuento queda demostrado su dominio del género. La historia no está contada de forma directa, sino a través de las anotaciones de un estudioso. Esta distancia entre narrador y protagonista de la historia hace que se acreciente el misterio de lo narrado y que la escritura sea más sutil que la de otros autores de terror, que acaban cayendo en el cliché y en lo pulp.

Tengo ganas de leer alguno de los libros de cuentos de Arthur Machen que ha publicado Valdemar, y empecé a leer La pirámide resplandeciente (el cuento de esta antología) con interés. Se plantea un misterio, con amigo detective del protagonista, que prometía, pero el final me ha resultado algo decepcionante.

El valle de la muerte de Ralph Adams Cram me parece un correcto cuento de terror que me sirve para reflexionar sobre varias cosas. En él, como en otros cuentos de la antología, un narrador cuenta a terceros (en torno a un café, por ejemplo) un suceso acaecido hace muchos años. El suceso es éste: en el pasado acabó encontrándose con un fantasma, un vampiro o un lugar maldito (como es el caso del presente cuento). El protagonista sobrevive al encuentro y por eso puede narrarlo en el futuro. La fuerza de este tipo de cuentos reside, en gran medida, en la atmósfera creada, porque el núcleo narrativo acaba siendo simple: en mi pueblo había una persona, un lugar extraño… y un día pude contemplarlo cara a cara. Lo vi y no me ocurrió nada. El valle de la muerte es un relato sencillo pero efectivo, la atmósfera y los detalles están bien captados y me gusta la técnica del protagonista que narra la historia a terceros muchos años después (una técnica presente en bastantes de los cuentos aquí reunidos).

De Robert W. Chambers se habló bastante cuando se puso de moda True detective, ya que se decía que la atmósfera de la serie estaba tomada de sus cuentos de él, en concreto de su serie sobre el Dios amarillo. Digo desde ya que El signo amarillo es uno de los cuentos que más me ha gustado de Miedo en el cuerpo. Su atmósfera inicial, con un pintor al que empieza a desasosegar la presencia de un extraño guardián de la iglesia que queda enfrente de su casa, está conseguida, y el cuento da un giro para entrar en un territorio inesperado cuando los protagonistas tengan que enfrentarse a la presencia de un libro extraño y maldito, que me ha recordado al Necronomicon de Lovecraft. Por este tipo de cosas apuntaba al principio que me habría gustado un orden cronológico de la publicación inicial de los relatos, para poder comprobar si realmente Chambers se vio influido por Lovecraft o fue al revés.

La marca de la bestia de Rudyard Kipling es otro de los mejores relatos del libro. Como ya ocurrió con el cuento de Kipling que contenía Felices pesadillas, este autor suele destacar en una antología de este tipo. Si en La extraña cabalgata de Morowbie Jukes (el cuento de Felices pesadillas) conseguía llevar al lector hacia el desasosiego sin usar elementos fantásticos, en La marca de la bestia elige directamente el tono fantástico, pero sin renunciar a una descripción verosímil y contenida de los personajes y el exótico ambiente de la India. Cada día tengo más ganas de leer el libro de Cuentos completos de Kipling de la editorial Acantilado.

Negotium Perambulans de Edward Frederic Benson, sobre una casa poseída por la presencia de un ser extraño en un pueblo, es un buen cuento en el mismo sentido en que lo era El valle de la muerte de Cram, pero desde luego no brilla tanto como La habitación de la torre, el cuento de Benson incluido en Felices pesadillas. También debería decir que La habitación de la torre es uno de los mejores relatos de terror que he leído nunca.

Un profesor de egiptología de Guy Boothby me ha parecido más un cuento fantástico que terrorífico. Un cuento sobre una chica a la que consiguen trasladar al antiguo Egipto transformada en un personaje histórico. No me acabó de convencer.

Cuando empecé a leer La nave abandonada de William Hope Hodgson tuve la impresión de que ya lo había leído en la antología Mares tenebrosos (también de Valdemar), pero en realidad no lo había hecho. Lo curioso es que La nave abandonada está ambientado en el mismo mundo de mares tormentosos y luego en calma, con pecios fungosos a la deriva de otros cuentos de Hodgson, como Una voz en la noche. Cada día estoy más convencido de que debería leer la antología de Hodgson de cuentos de terror en el mar que también sacó Valdemar.

Tigresa, de David H. Keller, lo leí el verano pasado. Formaba parte de la antología Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del pulp. Y sí, para qué negarlo; Tigresa es un relato muy pulp (y divertido también).

Muerte de un dios de Henry S. Whitehead, sobre un caso de magia negra en Haití, es un relato convincente y da color a una antología como ésta. Recuerdo que en Felices pesadillas también había un relato similar y me gustó bastante.

Me ha gustado La señora Lunt de Hugh Walpone. Es un cuento de fantasmas bastante bien escrito. En Felices pesadillas había otro cuento de Walpone titulado La máscara de plata que también me gustó bastante. Esto me hace pensar que tal vez debería leer La noche de todos los santos, el libro de Hugh Walpone publicado por Valdemar. «Todas las historias de este género dependen de su verosimilitud para conservar el interés», escribe Walpone en la página 507 y, por supuesto, tiene razón.

Creo que es la tercera vez (al menos) que leo El modelo de Pickman de H. P. Lovecraft. Lo cierto es que me gusta más el cuento La llamada de Cthulhu, incluido en Felices pesadillas, pero El modelo de Pickman también es un gran cuento. Uno de los mejores del libro, para mí que soy un gran seguidor de la obra de Lovecraft. Al leer su cuento no dejo de pensar que muchos de los otros cuentos de esta antología parecen un juego por parte de los autores, pero que Lovecraft parece creer de verdad en lo que escribe, y esta es una diferencia fundamental entre los demás autores y él.

En el cuento de Lovecraft se cita al siguiente autor incluido en esta antología: Clark Ashton Smith. Tengo ganas de leer a Smith desde hace muchos años, desde que sé que es uno de los integrantes del llamado Círculo de Lovecraft. El jardín de Adompha es uno de los cuentos más originales de Miedo en el cuerpo. En él, Smith crea un mundo fantástico que tiene que ver con una fantasía medieval (con reyes y magos) y en este escenario sitúa su eficiente historia macabra.

Frank Belknap Long es otro autor perteneciente al Círculo de Lovecraft. Por eso en su cuento Los perros de Tíndalo el personaje, gracias a una droga, consigue visitar un pasado de la Tierra muy anterior al hombre y descubre allí la presencia de seres Primigenios, muy al gusto de Lovecraft.

En la página 579 llegamos a uno de los maestros del pulp: Robert E. Howard. Su cuento El valle de lo perdido, incluido en Felices pesadillas, fue uno de los que más me gustaron de este libro, debido a su mezcla delirante de géneros. Los moradores bajo la tumba ‒el relato de Miedo en el cuerpo‒ tiene algún elemento en común con el anterior, pero su vuelo es a menor escala. Howard me parece un narrador pulp puro, y es otro de los autores de Valdemar de los que me apetece leer una antología.

Conocía a Fritz Leiber más como autor de ciencia ficción que de terror. Su cuento La chica de los ojos hambrientos me ha gustado porque los terrores que plantea me han resultado modernos, con la presencia de la publicidad en juego y la sutileza de no acabar de mostrar de qué clase de “monstruo” está hablando; aunque el lector intuye que se traba de un cuento de vampirismo.

En El horror de Salem, Henry Kuttner recrea algunos de los mitos de brujería de esta localidad. Es un buen cuento, en cierto modo entroncado temáticamente con El ojo invisible o El albergue de los tres ahorcados de Erckman y Chatrian, que es el segundo cuento de esta antología. Esto también hace, en cierto modo, que la propuesta de Kuttner suene a clasicismo un tanto impostado.

Me ha gustado leer El demonio negro de Robert Bloch (ya saben, el escritor de la novela en que se basa la película Psicosis de Alfred Hitchcock) porque es un cuento del que había oído hablar. En la Narrativa completa de Lovecraft (también publicada por Valdemar) existe un cuento en el que se narra la muerte de un nuevo joven amigo del autor, que se podría identificar con Bloch. Este cuento era una reacción a otro de Bloch en el que habla de su relación con un autor muy parecido a Lovecraft, que acaba muriendo de forma dramática. El demonio negro es ese cuento.

El pequeño asesino de Ray Bradbury me ha gustado porque el terror que se plantea en él está lejos de clichés. Un matrimonio joven tiene un bebé, y la madre empieza a tener miedo de él porque piensa que no es un bebé normal. Su miedo empieza a contagiarse. Me gusta cómo juega Bradbury con los miedos del hombre moderno. Además, mantiene la ambigüedad para el lector de saber si se trata de un cuento fantástico o psicológico.

Con Los hijos de Noah de Richard Matheson me ha ocurrido lo mismo que con el cuento anterior, que también me ha parecido muy moderno. Aquí el terror emana de unos policías de pueblo que detienen, por exceso de velocidad, a un hombre a las tres de la mañana.

El prodigio de los sueños de Thomas Ligotti lo había leído ya en el libro Noctuario. No es el cuento de este libro que más me gustó; me parece que había en él otros mejores. Sin duda, es un buen cuento de terror y Ligotti uno de los mejores defensores del género en la actualidad.

Me ha sorprendido para bien Compañeras de labor, del que, hasta ahora, pensaba que sólo era un dibujante y escritor de cómics, Alan Moore. El cuento habla de dos brujas condenadas por sus crímenes a ser quemadas en la hoguera. Los escenarios pueden ser tan antiguos como los de los cuentos de Poe, pero el tratamiento es mucho más moderno. Sobre todo es moderno en lo referente a la libertad sexual con la que expone sus temas.

No me ha acabado de convencer El pecio de la muerte de Simon Clark y John B. Ford, porque me parece que son dos escritores relativamente jóvenes (nacidos en 1958 y 1963) jugando a escribir un pastiche que no les corresponde. El pecio de la muerte es un texto sobrecargado, con una adjetivación excesiva. Los términos «maligno» o «misterioso» se repiten de forma impía.

Mucho más que el anterior, me gustan los dos cuentos con los que acaban la antología: ¡Levantaos! de Jay Alamares y El fin del mundo tal como lo conocemos de Dale Bailey. El primero sobre zombis y el segundo sobre el apocalipsis. Me gustan porque los dos escritores son conocedores de los convencionalismos del género, y juegan con ellos desde la ironía y el humor. En el primero, los zombis leen a Sartre, y en el segundo el autor le cuenta al lector que no piensa explicarle por qué el protagonista del cuento es el único que no muere cuando todos los hacen. ¿Quién da más?

No estaba seguro de ir a lograrlo, pero al final he hablado un poquito de cada uno de los treinta y cinco cuentos que componen Miedo en el cuerpo. Es posible que Felices pesadillas sea una antología de cuentos de terror más redonda que ésta, pero la que hoy traemos aquí, al elegir cuentos más modernos, también tiene grandes piezas y al final resulta un libro muy entretenido.

Ya lo he dicho muchas veces: me lo paso muy bien leyendo cuentos de terror en las vacaciones de verano y, en general, Miedo en el cuerpo no me ha defraudado en absoluto. En gran medida, me ha dado la diversión adolescente que estaba buscando. Imagino que el verano que viene leeré Felices pesadillas 2.