domingo, 28 de agosto de 2016

Los hombres topo quieren tus ojos, por Varios Autores

Editorial Valdemar. 559 páginas. 1ª edición de los cuentos: décadas de 1930; esta edición es de 2009.
Traducción de Marta Lila Murillo
Prólogo y edición de Jesús Palacios

Yo crecí leyendo ciencia-ficción y terror. Si a los catorce años mis escritores favoritos eran Isaac Asimov y Stephen King, a los dieciséis fueron Philip K. Dick y H. P. Lovecraft. A los diecinueve (casi a los veinte) dejé la fantasía por el realismo, y ya pasados los treinta decidí revisitar aquella literatura de género que hizo de mí un lector. Normalmente vuelvo a estas lecturas en verano. Si el año pasado leí Noctuario de Thomas Ligotti y la antología Felices pesadillas. Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar cuando finalizaba el curso escolar y más tarde me encontraba, a la sombra de unos pinos, en una playa de la bahía de Alcudia (Mallorca), este año que repetía playa también quise volver con Valdemar. Así, no mucho después de acabar el curso escolar, tomé de los altillos de mis estanterías del Ikea Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp, que me había regalado en las últimas Navidades mi pareja (también una gran admiradora adolescente del género de terror y de la editorial Valdemar).

El prólogo de Jesús Palacios –que además ha seleccionado los cuentos de la antología‒ no tiene desperdicio. En él, Palacios nos explica qué se conoce con el nombre de Weird Menace, un subgénero del pulp que se publicó, durante aproximadamente una década, en las llamadas revistas Shudder Pulps. Henry Steeger se convertiría en el editor de revistas pulp que inició este movimiento, tras visitar París y descubrir allí el Teatro del Grand Guiñol, cuyas tramas teatrales tendían a la truculencia. En 1933 Steeger hace desaparecer de su revista las historias de detectives para cambiarlas por las de Weird Menace, un subgénero de las revistas de quiosco con las siguientes características: se plantea una narración en la que pronto aparecen asesinatos. La explicación parece ser sobrenatural, pero al final la historia quedará explicada dentro de la realidad, aunque para conseguirlo la verosimilitud narrativa quede muy dañada. En la historia suele haber una pareja joven: él es fuerte y decidido, ella es muy atractiva. Es posible que la secta oriental que secuestre a la chica (suelen ser sectas orientales, la incorrección política es otra de las características del Weird Menace) la torture y además vaya perdiendo la ropa por el camino. Habrá cadenas, vísceras, cuevas, sectas secretas, ratas, atractivas mujeres ligeras de ropa, asesinatos, aparatos de tortura, científicos locos…

Jesús Palacios reivindica el pulp de los años 30: muchos de los escritores seleccionados en esta antología escribían entre un millón y dos de palabras al año, lo hacían en habitaciones con varias máquinas de escribir (una para los relatos de ciencia-ficción, otra para los de aventuras bélicas, para los westerns, para los de terror o para los de detectives, y también para sus variantes: los relatos de ciencia-ficción picante, los westerns picantes, etc.) y adaptándose a las portadas que les mostraba previamente el editor. Firmaban sus obras con pseudónimos y a veces es difícil saber quiénes eran, porque aparecían y desaparecían de las revistas pulp sin dejar rastro, sin saber si eran los mismos escritores u otros nuevos. Y dentro de la gran oferta de revistas pulp de la época (cuyo público objetivo era la clase media o baja), que se vendían en quioscos, lo más bajo de la cadena eran las revistas de Weird Menace, cuyas portadas con mujeres ligeras de ropa, atadas con cadenas y acosadas por seres repugnantes, no solían mostrarse directamente en los ventanales de los quioscos.

A lo largo de mi infancia creo haber visto en quioscos o en el rastro de Madrid revistas con estas portadas perturbadoras, en las que se mezclaba el erotismo, el sadismo y el terror. Especulo que lo que se vendía en Estados Unidos durante la década de los 30 llegó a España a finales de la década de los 70, y se ofrecían en el rastro durante los 80. Nunca tuve oportunidad de acercarme a alguna de aquellas revistas; me he desquitado, sin embargo, este verano, pasados ya los cuarenta años.

En la página 51 del libro, Palacios acaba su prólogo diciendo:

«¿Qué menos que un elegante ejemplar en imperecedera tapa dura, cosido y cuidadosamente encuadernado, con eruditas –espero– introducciones y notas, y brillante portada en color, para cobijar a los más miserables y vilipendiados escritores de la historia de la literatura moderna, los autores de pulp y, más concretamente, los parias de los Shudder Pulps?
No olvidemos que hubo un tiempo, no muy lejano, en el que maestros hoy consagrados por crítica y fans, como Lovecraft, Howard, Hammett, Chandler, Irish, Leiber, Asimov, Leigh Brackett, Bradbury, Vance y tantos otros, fueron, simple y llanamente, escritores de pulp fiction».

Además del extenso e interesante prólogo, Jesús Palacios introduce cada uno de los trece relatos de esta antología con una nota biográfica de cada autor y la historia del relato y sus características. Si se juntaran estas notas se podría formar un librito a semejanza de la Historia de la literatura nazi en América de Roberto Bolaño, porque las biografías de estos escritores suelen ser muy curiosas: personas que empezaron a publicar con menos de veinte años y que siguieron haciéndolo con más de noventa, que enlazan la era del pulp con la de las publicaciones online en internet, o autores que acabaron siendo guionistas de algunas de las series norteamericanas más famosas de la televisión.

El primer relato de la antología es Los hombres topo quieren tus ojos (1938) de Frederick C. Davis: en un pueblo del interior de Estados Unidos, una noche aparece una joven desnuda y con las cuencas de los ojos vacías. La población está siendo atacada por una serie de semihombres esqueléticos y posiblemente ciegos. Se especula con que son los locos escapados de un manicomio que se refugiaron en una mina, que fue volada y sellada. Pero tal vez dichos locos (perturbados sexuales en la mayoría de los casos) sobrevivieron y han encontrado un modo de volver al exterior y vengarse. Tal vez hayan secuestrado a uno de los más famosos oftalmólogos del mundo (que casualmente vive en este pueblo) y le estén obligando a trasplantar los ojos sanos de las jóvenes del pueblo en sus propios ojos, cegados por años de oscuridad. También uno de los más famosos criminólogos del mundo (casualmente, de nuevo) vive en este pueblo y ayudará a la pareja protagonista a encontrar al oftalmólogo y resolver todos los misterios.
En realidad, como ocurre con la mayoría de las historias seleccionadas para este libro, más que hablar de relatos deberíamos hablar de novelas cortas, porque Los hombres topo quieren tus ojos tiene más de cincuenta páginas.
El relato tiene más de una sorpresa final y acabará con la joven pareja abrazada y contemplando un positivo y prometedor horizonte (otro de los convencionalismos de este género).
La verdad es que, a pesar de los escenarios siniestros y de esas bellas jóvenes a las que se les arrancan los ojos, no podía dejar de reírme al leer esta historia. Como diría César Aira: era tan mala, que era genial. Los hombres topo quieren tus ojos no se puede leer en serio, pero como despropósito narrativo está plagada de hallazgos desternillantes.
Sospecho que Frederick C. Davis no escribió esto en serio y que su público tampoco se lo tomó así. Me imagino a Davis muerto de la risa tecleando en su máquina para historias Weird Menace, pensando ya en pasar a su siguiente máquina de escribir para hacer un relato de ciencia-ficción picante. Y me imagino también meses después a un adolescente de Detroit, sin ningún criterio literario, leyendo esta historia, enganchado a su ritmo, a su locura, a su morbo y a su impostura de cartón-piedra y oscuridad.
Los hombre topo quieren tus ojos parece estar escrito por un Edgar Allan Poe ciego de ácido, o por un César Aira posmoderno entregado a la destrucción de los géneros literarios. Una lectura muy refrescante.

Con El señor de los muertos (1933) llegamos hasta Robert E. Howard, el creador de Conan el Bárbaro y del género de espada y hechicería. Sé que en Estados Unidos hicieron una película sobre su vida. Aquí no llegó y me quedé con ganas de verla. Howard es todo un personaje: casi no salía de su rancho de Texas, y fue uno de los mejores amigos de H. P. Lovecraft (otro de los grandes personajes de la literatura del siglo XX), aunque nunca llegaron a conocerse en persona (su amistad era epistolar). Howard, además de crear el género de espada y hechicería ‒es decir, de ser un precursor de Juego de tronos‒, también se suicidó a los treinta años, después de la muerte de su madre. Yo leí, hace mucho, un libro suyo: Rey Kull, con un personaje parecido a Conan, que a mis dieciocho años me gustó bastante, y también he leído otros relatos suyos en antologías de Valdemar. Me gusta Howard, no al nivel de Lovecraft, pero me gusta. De hecho, puede que El señor de los muertos sea el relato mejor escrito de toda esta antología (que no se caracteriza precisamente por la prosa elevada. El propio Palacios lo dice en el prólogo y en la introducción de cada autor: los cuentos se han seleccionado para mostrar las características del Weird Menace y no por su calidad literaria).
En El señor de los muertos nos encontramos con un detective enfrentado a una peligrosa secta oriental en el barrio chino de una gran ciudad americana. La historia se resolverá con el detective tomando un hacha y enfrentándose a sus atacantes, armados con espadas. Claramente, éste es un caso de «demasiada pasión por lo suyo», o bien de «la cabra tira al monte».

El barco del demonio dorado (1939) de Lazar Levi es un relato especialmente delirante. En él, un grupo de contrabandistas fingen que las costas están amenazadas por un barco fantasma para dedicarse a sus actividades delictivas sin que nadie les vigile. Lo más gracioso de este relato era su erotismo barato. Aquí nos encontramos con un tipo de personaje que va a repetirse en más cuentos: la mujer fatal, muy atractiva y sádica, deseosa de torturar a los hombres.

Con Terror en el rancho de vacaciones (1936) de Richard Tooker sobrepasamos ya la página 200 del libro y algo empieza a ocurrirme: en este relato volvemos a encontrarnos con una amenaza en apariencia sobrenatural, pero ya sé –porque me lo ha contado Jesús Palacios en su prólogo– que, al ser un relato de Weird Menace, la amenaza sobrenatural tendrá una explicación absurdamente realista. De nuevo tenemos aquí a una secta oriental haciendo de las suyas y de nuevo, tras serias amenazas de tortura, la pareja protagonista acabará abrazada y mirando hacia un prometedor horizonte.

Debo reconocer que, cuando el año pasado leí la antología de Valdemar Felices pesadillas, que seleccionaba una serie de relatos publicados previamente por la editorial, los cuentos me parecieron más variados: había cuentos de fantasmas, de vampiros, algunos abiertamente sobrenaturales, otros sólo de forma sugerida, había relatos violentos y no sobrenaturales… Al no saber a qué género se iba a adscribir cada cuento, los leía más intrigado y su efecto era mucho más intenso. En esta antología, después de haber leído ya dos o tres historias, empiezan a pesar sobre el lector las expectativas truncadas por los convencionalismos del género. De hecho, entre los motivos que señala Palacios para explicar la desaparición de este tipo de revistas, no solo se encuentra la censura, sino el exceso de repeticiones temáticas.

Sin embargo, es una suerte que la quinta novela corta seleccionada sea Tumbas para los vivos (1937) de William Irish, porque Irish es un escritor todavía recordado por sus novelas negras, y esta historia está mejor escrita que otras del libro. Además tiene algún alarde técnico, como el cambio de la tercera persona a la primera. El tema aquí es el de los enterramientos vivos, y también hay una secta malvada, pero lo he leído con genuino interés. Lo dicho: uno de los mejores relatos del libro.

Locura rubia (1934) de Arthur Humbolt recrea el gran tema del artista loco que necesita diferentes partes de bellas mujeres para crear a la modelo perfecta. Es corto, divertido y previsible.

La cosa que cenaba muerte (1936) de John H. Knox está algo mejor escrito que la media, y contiene alguna escena de gore realmente «grimosa», por usar el mismo adjetivo que Palacios.

La profecía (1934) de Hugh B. Cave es uno de los relatos que más me han gustado del libro. Me gusta su tono realista: en vez de encontrarnos aquí con la ya consabida secta oriental, los protagonistas del relato (blancos) acuden a un acto religioso un tanto perturbador, llevado a cabo por negros que creen en el contacto con el más allá. Su final, en el que se juega a la existencia de una explicación natural, o tal vez sobrenatural, me ha parecido sutil. Este relato me ha gustado más porque el conflicto me parece más realista y verosímil que otros y porque su final, paradójicamente, puede ser fantástico.

Sangre para el vampiro muerto (1940) de Robert Leslie Bellen vuelve a resultarme repetitivo, pero introduce la variante del vampirismo como posible explicación sobrenatural a los hechos narrados y esto le hace ser un poco diferente. Como dicen ahora los adolescentes: «Next».

Tigresa (1937) de David H. Keller es uno de los relatos más famosos del conjunto. Está ambientado en Italia y esto hace que presente ya una peculiaridad, al salirse de los escenarios norteamericanos. Una nueva variante mórbida del mito de la mujer fatal. Está bien.

Cuando la bestia negra se sació (1937) de Hal K. Wells parece imitar en sus comienzos a un relato de H. P. Lovecraft, pero enseguida pasa del posible terror sobrenatural y sugerido a la real amenaza de los asesinos portadores de objetos cortantes. Divertido.

De Momias a la carta (1940) de E. Hoffmann Price me quedo con su atractiva ambientación egipcia. Por lo demás, un poco de lo de siempre: calabozos, enterramientos, bellas mujeres, muertes, sectas, cuchillos, luchas…

Creo que Jesús Palacios ha dejado astutamente para el final el que puede ser el mejor relato del libro: Novias frescas para la hija del diablo (1940) de Bruno Fisher. Otro relato de loca mujer fatal, pero con mayores dosis de erotismo sádico y perversión que en otras piezas. Al leer este cuento no me reía, lo leía en serio, con creciente angustia.

En resumen: ya he apuntado antes que conocer las premisas teóricas con las que está construido un cuento de Weird Menace (presentación sobrenatural del relato, pero resolución realista, aunque inverosímil; presencia de sectas secretas, a las que les gustan las mazmorras y las torturas; leve erotismo, un poco enfermizo; un poco de gore; escena cursi final de la pareja protagonista que ha conseguido sobrevivir a los peligros…) hace que el lector ya sepa, más o menos, cómo va a avanzar la narración y esto le hace perder frescor a su lectura. Además, debería apuntar que entre las antologías Felices pesadillas (cuentos seleccionados por su calidad literaria dentro del género de terror) de la propia Valdemar, y Los hombres topo quieren tus ojos, me quedo con la primera. Pero también he de decir que este libro que comento hoy no deja de ser una rareza muy divertida y quizás bastante posmoderna, ahora que desde las alturas literarias se reivindica tanto la literatura de género.

Por otro lado, resulta curioso observar la profunda influencia de este tipo de narraciones marginales de los años 30 en gran parte del cine adolescente de los 80. Por citar algunos ejemplos que no menciona Jesús Palacios en su prólogo (su análisis de la influencia del Weird Menace en la literatura y el cine es verdaderamente brillante) se pueden citar El templo maldito, la segunda parte de la saga de Indiana Jones, que contiene casi todos los elementos del Weird Menace, o la película El secreto de la pirámide, sobre las aventuras del joven Sherlock Holmes.

Me ha gustado el apunte que hace Palacios sobre H. P. Lovecraft: aunque su amigo Robert E. Howard sí que accedía a escribir cuentos según las sugerencias –o mandados– de sus editores, y lo hacía en muchos casos usando seudónimos, Lovecraft, poseedor de un potentísimo mundo propio, no conseguía plegarse a esas imposiciones externas. Y si esto me parece honroso, no deja de ser paradójico que también me lo parezca lo contrario: me gusta que Jesús Palacios y la editorial Valdemar homenajeen a escritores profesionales tan vilipendiados y menospreciados como éstos (si Los hombres topo quieren tus ojos, el primer relato del libro, lo escribiera ahora mismo César Aira, lo celebraríamos como una más de sus genialidades y no dudaríamos en calificarlo de alta cultura).


Resumen del resumen: este libro es una curiosidad muy atractiva, un libro tan loco como divertido, que interpela directamente al lector adolescente que llevamos dentro (ese lector un poco pervertido, un poco sádico, al que le gusta pasar miedo y asco y reírse de sí mismo pasando miedo y asco). A ese lector adolescente, un poco playero y piscinero, que nos convirtió en los lectores adultos que somos ahora.

domingo, 21 de agosto de 2016

Entrevista a Francisco Bescós, autor de El costado derecho

Francisco Bescós (Oviedo, 1979) es autor de la novela negra El baile de los penitentes (editorial Almuzara, 2014), con la que ganó el VIII Certamen Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona. En 2016 ha publicado El costado derecho en la editorial Salto de Página. Pinchando AQUÍ  puedes leer la reseña que escribí sobre esta última novela.

Paco Bescós, foto de Lea Farren



Francisco, tú has nacido en Asturias, has estudiado en Navarra y vives en Madrid. ¿Por qué has elegido que Carlos Nogueroll –el protagonista de El costado derecho– sea catalán?

En un principio, Carlos Nogueroll era Carlos Noguerol, con una sola «l». A medida que la novela iba construyéndose en mi cabeza, yo me daba cuenta de la importancia que el concepto de identidad individual tenía en ella. Llegado un momento, decidí dotar a mi personaje de rasgos de identidad muy marcados, con el único propósito de despojarle de ellos y dejarlo desnudo. Así, Noguerol pasó a ser Nogueroll. Pero Nogueroll no sólo es catalán: por un lado, también es un catalán en Madrid, y, por otro, es un castellanoparlante en Cataluña. Dos características muy definitorias y, supuestamente, muy sólidas, que de nada le van a servir cuando la casualidad empiece a cebarse con su suerte.


Si tu anterior novela ­­–El baile del los penitentes­– pertenece al género negro, ¿piensas que El costado derecho puede inscribirse en algún género concreto, o la escribiste con la voluntad de transgredir los límites del género?

Soy un defensor de la lectura y de la escritura sin complejos. Esto significa, entre otras cosas, disfrutar como un niño de los géneros más populares. Pero también saltarse sus normas, digan lo que digan los puristas. El costado derecho no nació con esa intención; quiso ser, sencillamente, una comedia negra, negrísima. Lo que ocurre es que, dada mi forma de leer, siempre se filtran en mis textos muchos elementos del noir, del cómic, de la fantasía… Así, El costado derecho está lleno de alusiones al género negro en clave de humor: hay un misterio, hay una investigación, hay un detective, hay intentos de perpetrar crímenes… Pero tampoco faltan los elementos propios de la ciencia ficción: conspiraciones y conspiranoicos, exopolítica, quizá incluso extraterrestres… Tanto los amantes de The Wire como los de Expediente X encontrarán sus referencias.


¿Crees que a aquellas personas que leyeron El baile de los penitentes les podrá gustar El costado derecho –y viceversa‒, o estas dos novelas están dirigidas a públicos diferentes?

Pensaba que ni de coña, que eran dos productos tan distintos que no podrían contentar al mismo lector. Sin embargo, he recibido comentarios muy positivos de lectores que disfrutaron mucho con El baile. Creo que, aun siendo El baile de los penitentes una novela de estilo desnudo, absolutamente opuesto al de El costado derecho, en ella no pude evitar introducir escenas bastante cómicas, muy crueles, y personajes esperpénticos, que son rasgos, no ya de mi estilo, sino de mi sentido del humor. Y, al mismo tiempo, en El costado derecho, aun estando trabajada en un estilo barroco con un lenguaje más descarado, también se cuelan situaciones de peligro, momentos de acción y giros argumentales rotundos que la emparentan con mi primera novela. Uno no puede evitar ser quien es.


En tu novela un narrador, que podría identificarse contigo, interpela continuamente a su protagonista, a veces de forma irónica, pero también sarcástica. ¿Por qué tanto sadismo sobre Nogueroll, un pobre tipo que parece haberlo perdido casi todo?

Yo necesitaba apalear a Nogueroll. Necesitaba torturar a ese ególatra arrogante, a ese ingenuo optimista absolutamente desarmado, falto de recursos. Nogueroll es la síntesis de todos nosotros (yo el primero) cuando perdemos el pensamiento crítico, cuando nos tragamos el primer meme de Facebook que nos dice que estamos destinados a ser lo que queramos, porque somos muy especiales. Esto nos hace dramáticamente vulnerables al fracaso. Hay que aprenderlo a palos.


A Carlos Nogueroll le resultó muy motivador el famoso discurso de Steve Jobs en la universidad de Stanford. ¿Qué opinas de su «stay hungry, stay foolish»? ¿Este «permanecer insaciable y alocado como un niño» te parece un lema válido para aquellas personas a las que la crisis económica de 2008 ha golpeado con más dureza?

Como decía, creo que debemos recuperar el pensamiento crítico, empezando por el autocrítico. Nos han contado que el talento y el esfuerzo sirven para alcanzar el éxito y que éste sirve para alcanzar la felicidad. Pero no es así: el talento y el esfuerzo no bastan para conseguir el éxito y éste no conlleva necesariamente a que seas más feliz. Pero, mientras no nos damos cuenta de ello, nos convertimos en esclavos vocacionales que trabajan en la profesión de sus sueños con una beca no remunerada. Y de repente viene el bofetón de realidad: no llegarás a triunfar nunca, porque, a pesar de que tienes talento, te faltan ciertas capacidades tan valiosas como el talento. Porque no sabes caerle bien a los clientes, porque no sabes estar donde hay que estar en el momento en el que hay que estar, o porque no encuentras las palabras adecuadas cuando tienes que pronunciarlas. Éstas se tratan de cualidades tan legítimas como el talento o el esfuerzo. Pero no se habla de ellas: ¿te imaginas al CEO de una multinacional dirigiéndose a universitarios para decirles que él alcanzó el éxito mediante el talento, el esfuerzo y la succión de los culos adecuados?


¿Qué es un «magufo»? ¿De dónde viene tu interés por ellos?

Un magufo es un acrónimo que integra las palabras mago y ufólogo. La magufería me interesa desde tiempo atrás porque es la manifestación más radical de suspensión del pensamiento crítico. El personaje de Gonzom es una parodia del magufo ordinario, pero no resulta tan paródico. La característica más inquietante de Gonzom es su capacidad para solventar disonancias cognitivas: convertir evidencias contrarias a sus convicciones en pruebas rotundamente a favor de las mismas. Por ponerte un ejemplo del mundo real: una vez escuché a un famoso escritor, fascinado por el fenómeno OVNI, esgrimir el hecho de que se le habían velado las fotos de su cámara como evidencia rotunda de que había presenciado la aparición de una nave extraterrestre extraordinariamente luminosa. A eso habría que contestarle: Yo no digo que esté usted mintiendo, pero el hecho de que sus fotos de una nave extraterrestre estén veladas no es evidencia de que ese encuentro haya sucedido. El magufo es muy hábil en eso: tratar de darle la vuelta a una prueba para convertirla en un story telling favorable a sus argumentos… por delirantes que sean.


¿Con qué acaba teniendo Carlos Nogueroll más problemas, con la casualidad o con la causalidad?

Digamos que el verdadero problema de Nogueroll aparece cuando intenta dotar de un sentido causal a la pura casualidad. Desmitificar la casualidad, la idea de serendipia, el «que todo ocurre por alguna razón» es algo que me seduce muchísimo. Nuestro cerebro está preparado evolutivamente para interpretar las casualidades como patrones con significados maravillosos. Si recibes una llamada telefónica de una persona justo en el momento en que estabas pensando en esa misma persona, es probable que lo identifiques como una señal del destino; no te paras a recordar cuántas veces has recibido una llamada de ese sujeto en un momento en que no pensabas en él. Es decir, las casualidades tienden a grabarse en tu memoria y tu cerebro necesita un significado para ellas. Esto es muy jugoso cuando se trata de explicar las desgracias. Si la casualidad quiere que yo me rompa una pierna el mismo día en que me han robado la moto, es posible que mi cerebro se pregunte quién me ha echado mal de ojo. La casualidad es el fenómeno que más explicaciones irracionales genera, que más nos hace comportarnos como pollos sin cabeza. Como tal, es un objeto de estudio literario interesantísimo. Eso le ocurre al pobre Nogueroll: no se puede creer que tanta desgracia le haya caído encima sin sentido, y por eso empieza a dar crédito a las teorías que lo sitúan como víctima de una conspiración interplanetaria.


¿Cuándo escribías El costado derecho había alguna obra literaria (o cinematográfica) en tu cabeza que actuara como referente creativo, como faro inspirador?

Yo creo que, más que una obra, podemos hablar más bien de un bagaje. El cine de los Coen es algo que me ha influido mucho. En cuanto a obras literarias contemporáneas, podría hablar de Antonio Orejudo como referente. Fue precisamente Antonio Orejudo quien me señaló, en una entrevista que tuve la oportunidad de hacerle para la revista suburbano.net, que la comicidad en sus obras era deudora del Siglo de Oro, especialmente de Cervantes. Y esto conecta con otra influencia clarísima que puede encontrarse tras El costado derecho, a pesar de que, al escribirla, no me daba cuenta de que estaba allí. Un amigo que leyó el manuscrito fue quien me dijo que era una obra tremendamente quijotesca; incluso el epílogo se resuelve de forma parecida a la gran novela de Cervantes. Y es cierto. El Quijote es una mano fantasma que me ha ayudado a escribir esta novela. Tanto es así que, uno de los capítulos más divertidos de El costado derecho, el del asalto al Instituto del Frío, es casi un calco del ataque de don Quijote a los molinos. Yo no me daba cuenta de esto, pero ahora me siento orgulloso de haber interiorizado de esta forma la tradición literaria española.


Tras leer El costado derecho, tengo la impresión de que eres un autor al que le gusta el humor. Recomiéndanos una novela con humor.

Con seis o siete años, la primera novela completa que leí en mi vida fue Fantasmas de día, de Lucía Baquedano. Mis padres me oían reírme a solas. No sé si se preocuparon por mi cordura. Desde luego que, si me haces reír, te ganarás una posición privilegiada en mi memoria sentimental. Esto me ha ocurrido con La conjura de los necios, de Toole, La broma infinita, de Foster Wallace, Wilt, de Sharpe, Los papeles póstumos del club Pickwick, de Dickens, El buscón, de Quevedo, El misterio de la cripta embrujada, de Eduardo Mendoza, Tierra, de Stefanno Benni, la colección de El pequeño Nicolás, de Goscinny… También agradezco muchísimo que una novela introduzca elementos de humor, por muy serio que sea el tema que la ocupa. Por ejemplo, el personaje de Catarella, en la serie de Montalbano, de Andrea Camilleri, me ha hecho reír como nadie. También los tejemanejes de Nick Corey, el genial personaje de Jim Thompson en 1280 almas. O aquel capítulo de Rayuela en el que Oliveira acompaña a su casa, por pena, a una pianista fracasada, y acaba siendo acusado de intento de violación… Creo que es de las pocas cosas de esa novela que han resistido el paso del tiempo en mi memoria.


Recomiéndanos, también, una novela sin humor, una novela muy dramática o muy seria.

Libros que me han enganchado como ninguno, pero que han borrado de mí las ganas de sonreír durante, al menos, una semana, podrían ser Voces de Chernobil, de Svetlana Alexievich, Plop, de Rafael Pinedo, El corazón de las tinieblas, de Conrad. Luego, en tierra de nadie, está el arte de Kurt Vonnegut, que consigue legitimar el humor en un universo asquerosamente violento y carente de sentido. No sé si hay alguien que haya conseguido hacer lo mismo. Por eso lo amamos.


En la reseña que escribí sobre tu novela, apunté que El costado derecho me parecía una novela bastante original dentro del panorama literario español y la nueva acuñación de «novelas de la crisis». ¿Es El costado derecho una novela de la crisis? ¿Has leído alguna novela de las llamadas «de la crisis»? ¿Qué opinas de ellas? ¿Nos recomendarías alguna?

Escribí esta novela en torno a 2011, durante el período más duro de la crisis. Cuando hice los primeros intentos de publicarla, la presentaba, efectivamente, como una novela de la crisis, así, como etiqueta. Sin embargo, me tocó esperar mi oportunidad. Y, mientras tanto, otro tipo de novelas fueron apropiándose de esa etiqueta. Se trata de libros de corte mucho más ideológico, que miran a la crisis frontalmente, desde un punto de vista social y político. Son textos que, además de un rotundo contenido crítico, se atreven muchas veces a proponer hojas de ruta, acertadas o no. Me di cuenta de que esas novelas sí eran novelas de la crisis, mientras que El costado derecho utilizaba el holocausto económico, no como tema central, sino como un desencadenante más de la defenestración personal de Carlos Nogueroll. Por tanto, me apresuré a abandonar dicha etiqueta, y ahora me alegro de haberlo hecho. De esas novelas a las que me refiero, quizá la que más se parezca a El costado derecho sea Democracia, de Pablo Gutiérrez, pues es la única, que yo sepa, en la que su personaje principal pierde el norte, además del empleo. Otras que recomendaría son La trabajadora, de Elvira Navarro, sobre la precarización del trabajo, o Tiempo de encierro, de Doménico Chiappe, sobre los desahucios.


Tú eres publicista y en algunas páginas de El costado derecho se reproducen las letras de anuncios de la televisión. ¿Te parece la publicidad un ruido de fondo de la sociedad en la que vivimos?

No, por dios. Hoy por hoy, en nuestra sociedad, y entre el público adulto (excluyo a los niños), la publicidad es una de las más inofensivas formas de comunicación que existen. Antes de explicarme, que quede claro que me refiero a lo que se define técnicamente como publicidad, dejo de lado otras formas de marketing más subrepticias. Si hablamos de publicidad, en cuanto un mensaje es firmado por una marca, el cerebro humano lo acota. Puedes insistir en que una cerveza es posiblemente la mejor cerveza del mundo, pero sabes que el cerebro de tu receptor no lo creerá hasta que lo ponga a prueba. Es decir: sabemos leer publicidad. Me parece mucho más complicado decodificar los mensajes que se dan por ciertos y se difunden masivamente en redes sociales, que tienen multitud de fines, desde publicitarios hasta propagandísticos. Es una paradoja del mundo actual: somos lo suficientemente maduros para poner en duda que Ariel lave más blanco, pero creemos y difundimos muchos posts emitidos por cuentas fake, o nos tragamos a pies juntillas que las vacunas son dañinas porque lo dice Jim Carrey. Me gustaría que las personas fueran capaces de someter todos esos mensajes a los mismos filtros críticos que emplean con la publicidad.


Nogueroll, arquitecto técnico, tuvo una pequeña empresa, pero en el tiempo de la novela trabaja en el Leroy Merlín del Parque del Oeste. ¿Por qué en el Leroy Merlín? ¿Por qué en Alcorcón?

Quería someter a Nogueroll a la humillación de desempeñar un trabajo común, con el que no se hubiera conformado ni por asomo unos años antes. En cuanto a por qué el Parque del Oeste, Alcorcón… Creo que obedece a mi experiencia. Recuerdo haber visitado ese centro comercial un día de verano en que el calor casi derretía el asfalto del aparcamiento. Algo quedó grabado en mi memoria con la suficiente intensidad como para poder reproducirlo con cierta viveza en las páginas de la novela. Finalmente, por qué Leroy Merlín y no IKEA, por ejemplo: bueno, hay otro motivo de experiencia personal, pero si lo cuento desvelaría un importante spoiler de la novela.


Una novela negra, una novela marciana, ¿qué va a ser lo siguiente?

Estoy pensando.



Gracias, Francisco.

domingo, 14 de agosto de 2016

El costado derecho, por Francisco Bescós

Editorial Salto de Página. 330 páginas. 1ª edición de 2016.


Conocí a Francisco Bescós (Oviedo, 1979) en una presentación de Salto de Página. Luego supe que tenía aceptada en esa editorial su novela El costado derecho, que se ha publicado en 2016. Desde aquel primer día hemos coincidido en algún evento literario más en Madrid (presentaciones de libros, la Noche de los Libros…) y siempre me ha parecido una persona muy divertida y cercana. Cuando supe que la publicación de El costado derecho era inminente, le escribí a su editor, Pablo Mazo, para que me mandara el libro y así poder hacerle una reseña. Como le comenté a Pablo, además, que tenía pensado acudir a la librería Tipos infames el día de la presentación, en vez de enviármelo por correo me lo entregó en mano en la propia librería. La presentación de El costado derecho, que corrió a cargo del periodista cultural Daniel Arjona, fue muy entretenida.

En la presentación, entre Arjona y Bescós desgranaron algunas de las claves de El costado derecho. Me llamó la atención, sobre todo, la referencia a la historia bíblica de Job. Carlos Nogueroll –el protagonista de El costado derecho–, catalán afincado en Madrid, podría erigirse en paradigma de los años por los que ha pasado últimamente nuestro país: empresario de la construcción durante la época de la burbuja económica, todo parecía ir bien para él. Tenía una empresa pequeña, pero próspera, una mujer y un hijo. En el verano de 2010 –el tiempo narrativo de la novela– su suerte ha cambiado: su empresa quebró y ahora trabaja como dependiente en el Leroy Merlín del Parque del Oeste de Alcorcón; su mujer –Ángela– le ha dejado por otro, y su hijo –Mateo–, que se está convirtiendo en un consentido niño obeso, empieza a llamar «papá» a la nueva pareja de su exmujer. Pero no acaban aquí las desgracias para Nogueroll: debido a un error médico, en una operación en apariencia sencilla le extraen un riñón sano. Un riñón que parece convertirse en el símbolo narrativo de la crisis de un país en el que las personas no sólo han sufrido pérdidas económicas, sino otras más profundas, que tienen que ver con la identidad personal (simbolizada, como apunto, por la mutilación física).

A Job la vida le va bien y es un gran creyente. Pero Satán reta a Dios: privará a Job de sus riquezas y de su familia para comprobar si su fe sigue intacta. Nogueroll no acaba de entender qué le está pasando y, al igual que ocurría con Job, parece acabar creyendo que es objeto de una gran conspiración. El libro nos ofrece una trama de corrupción y de tráfico ilegal de órganos en la que, además de las personas más ricas del país, pueden estar involucrados el gobierno o los extraterrestres.

Las fantasías paranoicas de Nogueroll se activan al entrar en contacto con Gonzalo Montes –Gonzom, en las redes sociales–, su compañero en Leroy Merlín. Gonzom es un magufo. Una palabra que tanto Arjona como Bescós usaron con entusiasmo en la presentación y que, a pesar de que no aparece en el DRAE, podría definirse así: «Quien ejerce o “investiga” una pseudociencia. Puede ser un reportero de revista ufológica, un astrólogo o vidente, un divulgador, o un “activista” con cierta influencia. A diferencia del crédulo, está activamente comprometido con su pseudociencia, posiblemente a nivel profesional» (la fuente es una web de Ono).

Gonzom está convencido de que el gobierno nos oculta la verdad: las visitas de los extraterrestres o la extracción de órganos para investigaciones ajenas a la Tierra. Un cada vez más desequilibrado Nogueroll acabará dejándose convencer por las delirantes ideas de Gonzom y su equipo de investigadores exopolíticos.

En la contraportada del libro se define la novela como «tragicomedia quijotesca cargada de humor surrealista», y es una definición que me parece acertada, pero más de una vez me he encontrado pensando que si bien Gonzom podría ser un Quijote moderno, alguien que en vez de haber leído novelas de caballerías ha pasado demasiado tiempo en internet leyendo páginas de investigaciones con escaso rigor científico, Nogueroll, más que un Sancho Panza, funciona en la narración como una especie de Ignatius J. Reilly, el personaje creado por John Kennedy Toole en La conjura de los necios. Nogueroll, como Ignatius, se lanza al mundo convencido de poseer una verdad que va a chocar en más de una ocasión con la realidad que le rodea.

Gran parte de El costado derecho está escrito en segunda persona (en otros momentos leemos los fragmentos de un diario que empieza a escribir Nogueroll). El narrador interpela constantemente a Nogueroll sobre el sentido o el sinsentido de sus acciones. Este recurso, que podría parecernos anticuado, propio de las novelas del siglo XIX (en la página 99, Bescós escribe, por ejemplo: «Relatemos a continuación, Nogueroll, lo que pasó aquel día»), se usa aquí con intenciones cómicas, ya que la mirada y las interpelaciones del narrador a su personaje suelen ser irónicas y en ocasiones sarcásticas. A pesar de la mirada del narrador sobre él, Nogueroll resulta un personaje tan patético que el lector acabará acercándose a él con compasión, perdonándole sus múltiples meteduras de pata y las miserias de las que es capaz.

El costado derecho es la segunda novela de Francisco Bescós. Antes había publicado El baile de los penitentes, con la que ganó el Certamen Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona y que fue editada por Almuzara. Comento esto porque uno de los puntos fuertes de El costado derecho es la consistencia de su trama, algo que acaba siendo primordial para escribir una novela negra. En El costado derecho, además de magufos, paranoia y sociedades secretas y delirantes, también nos encontramos con abogados, más o menos corruptos, y detectives privados, más o menos oscuros; con pistolas y cúteres escondidos en bolsillos. El costado derecho no es exactamente una novela negra, pero, en algunas ocasiones, de forma paródica o humorística, se acerca al género, igual que puede coquetear con la ciencia-ficción.

Me comentaba Francisco Bescós, en la última ocasión en la que nos vimos, que se había sentido más libre estilísticamente al escribir El costado derecho que cuando escribió El baile de los penitentes, puesto que el estilo de esta última era más seco, más desprovisto de metáforas y adjetivos. El estilo de El costado derecho, siendo funcional en muchas ocasiones, también gusta de la metáfora y el juego (en más de un capítulo la narración –y el estilo contribuye a ello– tiende al disparate y al estilo zumbón de las novelas de detectives de Eduardo Mendoza).

El costado derecho tiene 330 páginas. Lo comentaba el otro día con Francisco: algunos capítulos se podían haber suprimido y la trama de la novela no se habría visto afectada. Son capítulos en los que se recrea el pasado de Nogueroll o se analiza la sociedad de marcas y de consumo en la que vivimos. A Francisco le gustaban esos capítulos (que enriquecen al personaje) y a mí también; de hecho, me parece que hay una narrativa joven española en la actualidad que tiende a escribir obras muy cortas; y se echan de menos novelas de más calado, de más ambición, aunque esta ambición (una condición ni necesaria ni suficiente) se concrete en el número de páginas. Francisco es publicista y algunos capítulos de los que podríamos calificar de «prescindibles» para la trama son, precisamente (como la crítica a la filosofía chillout de Steve Jobs o el análisis sociológico de las personas que usan la thermomix), de los más divertidos del libro.

Me ha gustado El costado derecho. Me ha parecido una novela bastante original; quizás, sin conocerlas todas, gracias a su trasfondo de novela negra, de novela magufa, de ciencia-ficción o de metáfora bíblica, nos encontremos ante una de las narraciones más originales de las que se han publicado en España en los últimos años con la coletilla de «novela de la crisis».


domingo, 7 de agosto de 2016

Relato soñado, por Arthur Schnitzler

Editorial Acantilado. 132 páginas. 1ª edición de 1926. Esta de 2008.
Traducción de Miguel Sáenz.

Esta novela corta de Arthur Schnitzler (Viena, 1862-1931) me la prestó una alumna de bachillerato del colegio en el que trabajo. La misma que el curso pasado me dejó El club de la lucha de Chuck Palahniuk. Me la prestó más o menos en octubre y ya se estaba acabando el curso y no la había leído ni la había devuelto, y mi dejadez me empezaba a parecer excesiva. Y no entiendo por qué, la verdad, ya que el hecho de que la publique Acantilado me parece una garantía, es una novela corta y una vez que me he acercado a ella me ha parecido gran literatura.

He leído Relato soñado justo después de acabar Las ilusiones perdidas de Honoré de Balzac. Ya comenté hace unas semanas que Las ilusiones perdidas, en muchas de sus páginas, se convierte en un paradigma de la narración del siglo XIX, debido sobre todo al uso de un narrador omnisciente que adelanta al lector casi todo lo que tiene que pensar sobre los personajes y que interrumpe la trama para apostillar lo escrito con explicaciones sobre la época o las costumbres sociales del momento. Relato soñado está escrito casi un siglo después y el estilo narrativo es mucho más cercano a las expectativas de un lector del siglo XXI, aunque fue publicado hace noventa años. Ya comenté que Las ilusiones perdidas me gustó, pero es cierto que a veces el estilo narrativo del XIX me parecía hasta cierto punto una rémora. Este hecho lo he notado con más fuerza al acabarlo y adentrarme en las sutiles y misteriosas páginas de Relato soñado.

El protagonista de Relato soñado es Fridolin, un médico de treinta y cinco años de la ciudad de Viena (Arthur Schnitzler también ejerció de médico en esta misma ciudad). La novela comienza presentando una escena muy cotidiana: un padre (Fridolin) y una madre (Albertine) le leen un cuento a su hija para que se duerma. Pero ya en la segunda página, la familiaridad de lo mostrado empieza a quebrarse cuando descubrimos que, la noche anterior, la pareja ha acudido a un baile de disfraces: dos mujeres enmascaradas estuvieron hablando con Fridolin, y un hombre, también enmascarado, de origen polaco, con Albertine, y parece que estas conversaciones con desconocidos condujeron a ambos a un estado de excitación sexual. Lo que podía haberse quedado en una anécdota menor empieza a cobrar más cuerpo: «Sin embargo, de la charla ligera sobre las insignificantes aventuras de la noche pasada pasaron a una conversación seria sobre los deseos escondidos y apenas sospechados que hasta en el alma más clara y pura pueden provocar turbios y peligrosos remolinos, y hablaron de aquellas regiones misteriosas por las que apenas sentían añoranza, pero a las que el viento incomprensible del destino podía llevarlos algún día, aunque sólo fuera en sueños» (pág. 10).

En la década de 1920, cuando Schnitzler ya es un reputado autor teatral y novelista, entra en contacto personal con Sigmund Freud, que era un admirador de su obra literaria; sin embargo (leo en la wikipedia), a Schnitzler no parecía gustarle demasiado que los psicoanalistas de Viena analizasen sus obras en términos freudianos. No obstante, al leer Relato soñado y saber que está publicado en la Viena de la década de 1920, es difícil dejar de lado las interpretaciones freudianas de la trama: sobre todo al ver reflejadas en la novela las pulsiones sexuales más íntimas de los personajes.

Albertine le confesará a Fridolin el deseo que sintió hacia un marinero noruego durante su último veraneo, con el que básicamente se intercambió alguna mirada. Estas palabras parecen actuar sobre Fridolin como si hubiera recibido la confesión de una infidelidad y, en un estado de perturbación extraño, el personaje tiene que salir por la noche de casa para visitar la habitación de uno de sus pacientes, un anciano moribundo.

La novela está escrita en tercera persona y me ha llamado la atención que en las páginas 21-22 se utilice el recurso del monólogo interior; esto piensa Fridolin sobre la hija del moribundo al que va a visitar: «Así que se va a casar con ese profesor. ¿Por qué? Desde luego, no está enamorada, y él no debe de tener mucho dinero tampoco. ¿Qué clase de matrimonio resultará? Bueno, uno como tantos otros. Qué me importa. Es muy posible que no vuelva a verla jamás, porque ahora ya no tengo nada que hacer en esta casa. Cuántas personas no he vuelvo a ver que me interesaban más que ella». Había anotado esto para comentarlo al reseñar la lectura y después, leyendo la solapa del libro, me enteré de que Arthur Schnitzler había sido el introductor de este recurso –el monólogo interior– en la literatura alemana. La wikipedia afirma que la primera obra en la que Arthur Schnitzler usó el monólogo interior –y por tanto la primera vez que éste aparece en la literatura alemana– fue en la novela El teniente Gustl, publicada en 1900.

El paciente de Fridolin muere, y su hija, en posible estado de shock, declara su amor al médico, a pesar de encontrarse en casa de su prometido. El doctor abandona la casa y se adentra en la ciudad (en la que, de forma premonitoria, se anuncia la primavera porque ha comenzado el deshielo) en un estado cada vez más alucinatorio. Durante el tiempo de la novela se insiste más de una vez en la condición de realidad nebulosa, soñada, y se repite el adjetivo «espectral» para designar lo percibido en esta noche de carnaval. Fridolin recuerda su casa y el narrador nos dice: «Todos se le habían vuelto totalmente espectrales» (pág. 34).

Fridolin se cruza con una joven prostituta en un parque que le conducirá hasta su casa, de la que se irá sin haberse acostado con ella. Después, el protagonista entrará en un café.

Estaba leyendo Relato soñado con la sensación de que me sonaba lo contado, como si –imbuido por su condición nebulosa– yo mismo hubiera soñado previamente su historia, y al entrar Fridolin en el café y encontrarse con un antiguo compañero de la facultad de medicina, que dejó los estudios para dedicarse a tocar el piano, me di cuenta por qué me sonaba lo leído: en esta novela, descubrí entonces, se había basado Stanley Kubrick para rodar Eyes wide shut en 1999. Una película que vi de estreno y que me gustó mucho. Ni en la contraportada, ni en la solapa del libro, proporcionan este dato los editores de Acantilado, dato que cualquier otra editorial habría explotado directamente en la foto de portada, dando a entender que lo más importante que hizo un escritor como Arthur Schnitzler fue crear una historia que en el cine protagonizaron, muchos años después, Tom Cruise y Nicole Kidman.

Contarnos en la solapa que Arthur Schnitzler introdujo en el idioma alemán el recurso del monólogo interior y no que esta novela fue llevada al cine honra a una editorial como Acantilado. Una editorial que cada día me llama más la atención y en cuyo catálogo tengo ganas de bucear (en la pasada Feria del Libro de Madrid fue una de las editoriales que visité para comprar libros).

Gracias a su encuentro con el pianista, Fridolin podrá acudir a una fiesta secreta de hombres enmascarados y mujeres desnudas, una fiesta que parece la descripción de un cuadro de Paul Delvaux. El eros y el tánatos, la pulsión sexual y la pulsión de muerte, dominan ya por completo al doctor Fridolin, que, expulsado de la fiesta, iniciará una búsqueda de la mujer desnuda y sin rostro con la que habló en la fiesta clandestina.


Relato soñado es una novela corta magistral, misteriosa, elegante y honda, sensual y terrorífica, una delicia de lectura. Tengo que buscar más libros de Arthur Schnitzler y agradecer a mi alumna de diecisiete años que me la recomendara.

domingo, 31 de julio de 2016

Lluvia y otros cuentos, por William Somerset Maugham

Editorial Atalanta. 422 páginas. 1ª edición de los cuentos: de 1910-1930; esta edición: 2016.
Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.
Prólogo de Vicente Molina Foix.

Creo que la primera vez que supe del escritor británico William Somerset Maugham (embajada británica en París, 1974-Niza, 1965) fue a los dieciséis o diecisiete años, cuando leí la novela de ciencia-ficción Doctor moneda sangrienta de Philip K. Dick. En esa novela, tiernamente apocalíptica, un astronauta atrapado en una órbita geoestacionaria sobrevuela la Tierra leyendo fragmentos de Al filo de la navaja de Somerset Maugham. Años después supe que Somerset Maugham fue un escritor de gran renombre (de hecho, fue el escritor mejor pagado de su época), famoso por las novelas Al filo de la navaja y Servidumbre humana. En los años 90 del siglo XX, Maugham era un escritor bastante olvidado, y supuse que sus novelas habían sido bestsellers sin valor literario. Recuerdo un artículo (¿leído en Babelia?) escrito por Vicente Molina Foix –que firma el prólogo del presente volumen– en el que afirmaba que había considerado a Maugham un escritor de novelas sin demasiado valor literario, pero del que alguien le había regalado sus cuentos completos (imagino que en inglés) y éstos le habían sorprendido muy gratamente.

Algún tiempo después, con la lectura del artículo de Molina Foix en la cabeza, compré en un quiosco una edición barata de RBA que recogía cuatro cuentos de Somerset Maugham. Los leí seguramente hace más de quince años y me dejaron un buen recuerdo. Por eso cuando Paula Rosés, que ahora trabaja en la editorial Atalanta, me propuso el envío de este volumen, que antologa doce de los cerca de cien cuentos que escribió Maugham, para que lo reseñara, no pude resistirme al ofrecimiento.

Algunos de los cuentos de este libro superan las cincuenta páginas y por lo tanto podríamos hablar, en más de un caso, de novelas cortas.

Según nos cuenta Molina Foix en su prólogo, Somerset Maugham se resistió a la enorme influencia que ejerció el modelo de relato de Antón P. Chejov en los escritores anglosajones de principios del siglo XX. Para Maugham, los relatos deben avanzar «en una línea ininterrumpida desde la exposición a la conclusión»; el cuento ha de reconstruir «sólo un hecho, material o espiritual, al que por la eliminación de todo lo que no es esencial para su elucidación se le pueda dar una unidad dramática». Por tanto, según Molina Foix, Maugham es un defensor de la narración que va al grano del sentido, y prefiere acabar sus cuentos «con un punto final antes que con puntos suspensivos».

Muchos de los cuentos de Maugham están ubicados en lugares exóticos, principalmente en el Extremo Oriente, por ejemplo en los Estados Malayos Federados, o en ciudades como Pago Pago o Apia, sometidas al imperialismo británico.

Si bien los relatos situados en el Extremo Oriente acaban siendo los más recordados por el lector, en este libro existen también otros cuentos –en concreto cinco– ambientados en Gran Bretaña o en el continente europeo. En este sentido, el segundo cuento, titulado El sacristán, el segundo más breve de los aquí presentes, recoge con fina ironía una sencilla anécdota sobre un hombre al que nunca le hizo falta saber leer o escribir para que le fuera bien en la vida. Maugham parece desear contradecir los convencionalismos sociales, y por eso este cuento guarda una estrecha relación de planteamientos con otro titulado Cosas de la vida, sobre el malestar de un padre cuyos consejos a su hijo para su primera salida de casa son por completo contradichos por el triunfo del hijo en todos los sentidos. Son cuentos muy británicos, irónicos y encantadores, de anécdota clara y luminosa, y se leen con agrado. Sin embargo, su propuesta palidece en comparación con los logros de los cuentos de Chéjov, que resultan más hondos y trascendentes.

El mexicano lampiño también es poseedor del más puro encanto británico de los relatos de espías. Me ha recordado a las propuestas de autores como Graham Greene, aunque su sorpresa final, que supuestamente debe elevar el valor del relato hacia algún sentido de mayor trascendencia, me ha sabido a resolución ya conocida; un truco que he visto de niño en programas como, por ejemplo, La hora de Alfred Hitchcock.

La joya, sobre la relación de un burgués londinense con su sirvienta, no puede ser más británico, pero no puedo evitar pensar que Chéjov podría haber invadido el relato de un majestuoso aire melancólico y Maugham prefiere dejarlo en una irónica crítica de costumbres de vuelo más bajo.

Me percato de que el comentario de Molina Foix, en el que contrapone la concepción del cuento de Maugham a la de Chéjov, en cierto modo condicionó mi lectura de este libro y está condicionando la redacción de esta reseña. Pero mi comentario sobre Lluvia y otros cuentos no acaba aquí. Aunque considero que Chéjov ganó a Maugham la partida de la modernidad, tengo más cosas que decir sobre Maugham, sobre su redención como escritor porque, y lo voy a decir ya, los dos últimos cuentos (o novelas cortas de este libro), sus últimas cien páginas, son maravillosas.

De los cuentos ambientados en Europa mi favorito es La señora del coronel, que nos habla del impacto que causa el inesperado éxito del libro de poemas de la esposa de un coronel en su matrimonio. La anécdota irónica irrumpe al final, pero el desarrollo del cuento muestra mucha vida, muchas aristas, muchas servidumbres y ángulos oscuros sobre la relación que mantiene la pareja. Estos personajes tienen hondura y Maugham se muestra como un fino observador del alma humana.

El libro empieza con el relato La carta, ambientado en el Extremo Oriente, que plantea el misterio de un asesinato entre blancos. En este relato se despliegan ya los elementos constructivos de los relatos orientalistas de Maugham: la mirada condescendiente sobre los nativos (con un poso de superioridad en los ojos del colono hacia el buen salvaje malayo), el machismo de la época (con mujeres abnegadas cuya función social es, principalmente, la de servir de objeto decorativo a su marido), y la ruptura de las normas de convivencia mediante la irrupción de la pasión, principalmente sexual, en los convencionalismos sociales.

La ambientación de los relatos en el Extremo Oriente es muy seductora y se convierte en un protagonista más de estas narraciones.

La nave de la ira contrapone las costumbres relajadas y escandalosas de Ginger Ted, un blanco borrachín y pendenciero que habita en unas islas de la colonia británica, con el comportamiento de los hermanos Jones, misioneros en las mismas islas. La señorita Jones sufrirá una crisis de atracción-repulsión hacia Ted. Éste es un cuento muy divertido, aunque quizás el cambio de personalidad final de Ginger Ted (supeditado a la trama) sea un tanto exagerado y rompa con la verosimilitud del relato, en aras del efecto final.

Red ya lo había leído en esa colección de RBA que he mencionado al principio. Aquí se usa un recurso que se repite en otros cuentos: el de un narrador que cuenta una historia a otras personas en torno a una mesa o unas copas. Se trata de una historia melancólica sobre el amor y el paso del tiempo, que ofrece estupendas descripciones del entorno natural malayo.

Don Sabelotodo transcurre en un barco (la presencia de los barcos y el mar en estos relatos es prolija) y, si bien he realizado la división arbitraria entre cuentos europeos y orientales, éste (ambientado en un barco que va de San Francisco a Yokohama) sería de composición híbrida. Don Sabelotodo es, con sus nueve páginas, el más corto del conjunto, y vuelve a contraponer los convencionalismos sociales a la verdad de las pasiones humanas.

He buscado información sobre Somerset Maugham en internet y he leído que, a pesar de haber estado casado y ser padre de varios hijos, mantuvo varias relaciones homosexuales, y alguna de ellas duró hasta treinta años. Esto ocurría en un momento en el que la homosexualidad estaba perseguida en Gran Bretaña, y a raíz de este dato creo que se entiende mucho mejor su obsesión por los convencionalismos sociales, las apariencias y las verdaderas pasiones que asaltan la vida de las personas. Es cierto, sin embargo, que aunque en estos cuentos encontramos una relación incestuosa entre hermanos, no hay ningún personaje homosexual, y aventuro que Maugham, al escribir estos cuentos, se identificaba con las mujeres sometidas a sus maridos y deseosas de vivir aventuras eróticas.

Me he dejado para el final el comentario de los que me han parecido los tres mejores cuentos. Empiezo por La bolsa de libros: en él vuelve a utilizarse el recurso del personaje que narra una historia a otro. El argumento es una historia terrible sobre celos e incesto.
Por una tradición personal, cuando se acerca el verano leo literatura de género, normalmente de terror. En algún momento, al leer los relatos de este libro, me daba cuenta de que mi mente, imbuida por el exotismo de los escenarios, me llevaba a pensar que el desarrollo de la historia se iba a acercar al género fantástico o de terror. Estas expectativas subconscientes quedaron colmadas con La bolsa de libros.

Como ya he apuntado antes, las últimas cien páginas de este libro, formadas por los relatos –o más bien, novelas cortas– Lluvia y El P. & O., son maravillosas.
Lluvia es el cuento más famoso de Somerset Maugham y puede que su pieza más valorada por la crítica (por encima de sus novelas). En este relato se vuelve a contraponer la lucha entre el decoro social (representado por los Davidson, una pareja de estrictos misioneros) y la pasión por la sexualidad sin represiones (representada por Sadie Thompson, una joven y descarada prostituta). Los Davidson y Sadie se ven obligados a compartir casa en Pago Pago porque su viaje por mar se ha visto interrumpido. Los Davidson comparten estancia con los Macphail, y la estancia de abajo está ocupada por Sadie. El relato refleja la visión del doctor Macphail sobre el resto de personajes. El doctor se siente cada vez más incómodo con la intolerancia del misionero Davidson. La narración está muy bien ajustada y el desenlace deja al lector con un nudo en la garganta. Una gran novela corta.

Antes de empezar a leer el libro ya sabía que Lluvia era el relato más famoso del autor y al leerlo mis expectativas han quedado satisfechas, pero casi me ha gustado más El P. & O., que cierra el libro y describe el viaje desde Oriente hasta Inglaterra de la señora Hamlyn. La protagonista huye al descubrir que su marido, con el que compartía casa en Yokohama, no se ha limitado a serle discretamente infiel, algo que la señora Hamlyn podría soportar, sino que se ha enamorado públicamente de una mujer que hasta entonces era amiga de la familia. La señora Hamlyn tiene ya cuarenta años, y lo que más le duele, por encima de la infidelidad de su marido, es que éste, de cincuenta años, no la haya dejado por una jovencita, sino por una mujer ocho años mayor que ella. En el barco conocerá al señor Gallagher, de cuarenta y cinco años (se insiste en las edades de los personajes), que regresa para instalarse en Irlanda, su tierra natal. Una extraña enfermedad, que irá creando un oscuro estado de ánimo en el barco, postrará en cama al señor Gallagher. El final epifánico de este cuento, con la señora Hamlyn contemplando lo que le queda de vida por delante, es realmente hermoso. Al nivel de las grandes narraciones de Raymond Carver, Richard Ford o John Cheever. No se me ocurre mejor elogio.

domingo, 24 de julio de 2016

Las ilusiones perdidas, por Honoré de Balzac.

Editorial Debolsillo. 712 páginas. 1ª edición de 1835-1843; ésta de 2014.
Traducción de José Ramón Monreal.

Hasta ahora había leído a algunas de las figuras más destacadas de la novela francesa del siglo XIX, como a Gustave Flaubert, Émile Zola y Stendhal, pero me faltaba uno de los más importantes: Honoré de Balzac (Tours, 1799-París, 1850). Si quería leer a Balzac, lo más lógico era acercarme a su novela más emblemática, Las ilusiones perdidas. Llevaba años hojeándola en las librerías o en las bibliotecas. Me decidí a comprarla el verano de 2015 en la Casa del Libro de Goya. Fue una compra impulsiva. No pensaba leerlo a corto plazo, pero sabía que, si me lo llevaba a casa, tarde o temprano lo acabaría leyendo. Me he acercado a él en mayo de 2016, casi un año después de su compra (lo que no está mal, teniendo en cuenta que en mi casa hay libros sin leer de hace más de veinte años y nunca he pensado en deshacerme de ellos).

Las ilusiones perdidas está formado por tres novelas: Los dos poetas (1835), Un gran hombre de provincias en París (1839) y Los sufrimientos del inventor (1843), que en su momento se publicaron de forma independiente, aunque en la actualidad el lector las encuentra siempre en un único volumen.
La primera y la última transcurren en Angulema, ciudad natal de Lucien Chardon (o Lucien de Rubempré).

En Los dos poetas conocemos a los jóvenes Lucien y David. Al principio el personaje principal parece ser David, que ha estudiado en París el arte de la edición y, al regresar a Angulema, hereda de su padre la imprenta con la que éste se ha ganado la vida desde hace años, a pesar de ser analfabeto. El negocio no es muy boyante y el padre de David se lo traspasa en unas condiciones muy desfavorables para los intereses del hijo, que es un joven aficionado a la literatura y a las ciencias. En esta primera parte, David soñará con ser inventor (aspecto que se desarrollará más en la tercera). Su amigo del colegio, Lucien, comparte con él la afición por la literatura y la ciencia, aunque él se decanta sobre todo por la literatura. Gracias a los versos que ha realizado en el colegio, Lucien entrará en contacto con madame de Bargeton, mujer perteneciente a la nobleza de Angulema y de notable belleza.

De los autores franceses que citaba más arriba, al último que leí fue a Stendhal, en concreto su novela Rojo y negro, que se publicó en 1830. Teniendo en cuenta su fecha de publicación, parece evidente que esta obra influyó en la creación de Las ilusiones perdidas, cuya primera parte se publicó en 1835. Ambas novelas tienen como personaje principal a un arribista: Julien Sorel en Rojo y negro y Lucien Chardon en Las ilusiones perdidas. En ambas, la voz principal es un narrador omnisciente que nos informa de lo que debemos pensar sobre los personajes: si en Rojo y negro el adjetivo «hipócrita» precedía al protagonista, Julien, en Las ilusiones perdidas es «ambicioso» el calificativo que antecede el nombre de Lucien. El narrador suele interrumpir la historia para describirnos ciertos aspectos al detalle (las leyes de la época, las costumbres de Angulema...). Así, por ejemplo, leemos en la página 41 de Los dos poetas: «Pero es tanto más necesario dar aquí algunas explicaciones sobre Angulema cuanto que ayudarán a comprender mejor a madame de Bargeton, uno de los personajes más importantes de esta historia».
Otra característica de la voz narrativa del siglo XIX es que suele ser muy sentenciosa. He aquí algunos ejemplos:
Página 22: «Las personas generosas son malos comerciantes».
Página 26: «La avaricia, como el amor, posee el don de la visión de los acontecimientos futuros, que presiente y adivina».
Página 36: «Una de las desgracias a las que se ven sometidas las grandes inteligencias es la de comprender por fuerza todas las cosas, tanto los vicios como las virtudes».
Página 49: «A falta de ejercicio, las pasiones se empequeñecen al agrandarse las nimiedades».

Yo mismo podría ponerme sentencioso y afirmar que estas grandes novelas del siglo XIX francés, que explican al lector en todo momento lo que tiene que pensar sobre los personajes, resultan poco sutiles desde una perspectiva actual, pero sin embargo, terminan siendo muy agudas.

En Los dos poetas existe otro marcado paralelismo con Rojo y negro: la historia de Lucien, como la de Julien, es la historia de un seductor, y gran parte de la trama de la novela trata de las vicisitudes que vive el joven Lucien cuando trata de conquistar a madame de Bargeton.

Bajo mi punto de vista, la fuerza de Las ilusiones perdidas radica principalmente en su segunda parte, Un gran hombre de provincias en París, que retrata la llegada de Lucien y madame de Bargeton a la capital, la traición de madame de Bargeton y el ascenso y caída de Lucien en el mundo de las letras. Lucien ha escrito en provincias un poemario, titulado Las margaritas, y una novela a lo Walter Scott titulada El arquero de Carlos IX. Todo lo que me había resultado anticuado en la primera parte de esta gran novela de aprendizaje, se vuelve ágil y rítmico en la segunda. En cierto modo ‒aunque es verdad que entre la publicación de ambas partes pasaron varios años‒, es como si Balzac se volviera un autor mucho más moderno en la segunda parte. Las ambiciones de Lucien chocarán con París, donde descubrirá que de entrada no se puede ser nadie sin la vestimenta adecuada, y para conseguirla hipotecará los ahorros de David, su mejor amigo y también cuñado. Lucien acabará viviendo en el barrio Latino y pasando penalidades mientras persigue su sueño de ser escritor. En este sentido la novela entronca con toda una tradición de novelas sobre los sueños literarios: Martin Eden de Jack London o Hambre de Knut Hamsun podrían ser deudoras de Las ilusiones perdidas.

Un gran hombre de provincias en París es una sátira del mundo de las ambiciones literarias, pero sobre todo es una sátira del mundo del periodismo cultural, que empezaba a cobrar una gran importancia en el mundo del ocio de la década de 1820 (principalmente las críticas de las novedades literarias y los estrenos teatrales). Lucien, una vez que ha perdido el favor de madame de Bargeton, se dedicará a aprender por su cuenta en la biblioteca y a vivir frugalmente. Conocerá a un grupo de jóvenes idealistas, trabajadores y abnegados, personas francas, a las que no les importa pasar penalidades y que nunca traicionarían sus altos ideales artísticos, o científicos, por el éxito inmediato. Pero también va a conocer a otro joven escritor que se gana la vida como reseñista en un periódico, alguien que le introducirá en ese mundo de dinero fácil y corrupciones, pues el reseñismo de novedades literarias y estrenos teatrales, descubrirá Lucien, no tiene tanto que ver con el gusto del crítico sino con la capacidad del editor o del promotor teatral de pagar las reseñas.

En esta segunda parte podemos leer frases como las siguientes: «Hoy día, para triunfar, hay que relacionarse. Todo es fruto del azar, como puede ver. No hay nada más peligroso que tener inteligencia y quedarse solo en un rincón» (pág. 294). En la página 398, los personajes deciden la estrategia a seguir para primero desdeñar el libro que acaba de publicar un compañero y luego, más tarde, ensalzarlo para conseguir los beneficios de la polémica: «Y terminas afirmando que la obra de Natham es el libro mejor y más agradable de nuestro tiempo. Que es como no decir nada, porque se dice de todos los libros». Cualquiera que lea las fajas de las novedades literarias actuales puede saber que esto que escribió Balzac en 1839 no ha cambiado en absoluto.

En la tercera parte, Los sufrimientos del inventor, volvemos a Angulema y retomamos la vida de David, que alcanza más protagonismo que Lucien. David trata de hacer realidad su sueño: hacerse rico mediante la creación de un papel para la edición de libros más barato que el habitual. Sin embargo, los acreedores (en gran parte debido a la ruindad de su padre y al exceso de generosidad que David tuvo con Lucien) no cesarán de perseguirle.


Las ilusiones perdidas –sobre todo la segunda parte, como ya he apuntado– es una gran novela de aprendizaje, un libro que debería leer cualquier joven aspirante a escritor, porque su sarcasmo y su crítica de costumbres le resultarán muy instructivos y reconocibles. «¡Ah, querido!, aún tiene ilusiones», le dice con ironía un personaje a Lucien cuando éste empieza a relacionarse con escritores y periodistas culturales. Y quizás en esto resida lo más importante de la novela: saber que en el mundo de las letras es casi imposible triunfar y, aun así, conservar la ilusión de seguir escribiendo.

domingo, 17 de julio de 2016

Entrevista a Alejandro Morellón, autor de El estado natural de las cosas

Alejandro Morellón (Madrid, 1985) ganó en 2013 el 51º Premio Libro de Cuentos de la Fundación Monteleón con La noche en que caemos (Eolas Ediciones, 2013).
En mayo de 2016 ha publicado El estado natural de las cosas (Caballo de Troya, 2016), un libro formado por seis relatos y una novela breve (pinchando AQUÍ puedes leer la reseña que escribí sobre este libro).



El formato de El estado natural de las cosas, una novela corta y seis cuentos, me parece un tanto inusual en el mercado del libro español. ¿Por qué has incluido siete cuentos? ¿Por qué una novela corta?

«El Santo Siete es el Santum Regnum de la Magia Sexual»*. El número siete tiene algo de cabalístico, de candelabro judío, de sacrificios de cabra necesarios para ganarse el favor de una divinidad. Lo de incluir una novela corta ya lo hizo Quim Monzó con El mejor de los mundos y se hizo con La metamorfosis de Kafka, entre otros. ¿Por qué una novela corta? La novela corta es el futuro, ¿o no?

*Encontrado en Internet al buscar sobre el séptimo arcano en la Gnosis; y también: «En nombre de la Verdad, nosotros afirmamos que la Espada Flamígera de los Grandes Hierofantes es puro Semen Transmutado». Nada menos.


¿Cómo has enfocado la ubicación de los relatos? ¿De qué tratan?

El yo esteta se decantó por la disposición armónica 3+1+3. En cuanto a los relatos, cada uno tiene un asunto de base, un tema, así, del primero al último: de la Divinidad, la fe ciega, la idolatría; de la violencia, la rebelión, la histeria; de la precariedad y la banalización del arte; de las vicisitudes existenciales, los términos de una relación, el principio de la decadencia; de la enfermedad, la sombra oscura del miedo, la incomprensión del dolor; de lo sexual identitario; del aborto, el reclamo maternal, el entierro.


¿Con qué corrientes literarias actuales vincularías El estado natural de las cosas?

Ni idea de las corrientes literarias actuales, pero sí que puedo decirte con qué trabajos me gustaría identificarme: las novelas gráficas de Jason o de Jim Woodring, las películas de Roy Andersson o de Lantimos, los relatos de Georges Saunders o de Buzzati, o de Bruno Schulz o de Volodine o de Tsutsui o de Leela Wadee o de Edgar Keret o de Armonía Somers. Kafka, por supuesto. Cercanos a mí, pienso en Bajo el influjo del cometa de Jon Bilbao, en Antes de las jirafas, de Matías Candeira, en Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin, en New Mynd, de Colectivo Juan de Madre, en Llenad la tierra, de Juan Carlos Márquez, en Propagación del silencio, de Sònia Hernández.


¿Qué libro, en la línea fantástica que tú escribes, nos recomendarías?

Ángeles menores, de Antoine Volodine. O Yakarta, de Rodrigo Márquez Tizano.


¿Y un libro de corte por completo diferente a la literatura que tú practicas?

El cuaderno perdido, de Evan Dara. O Magistral, de Rubén Martín Giráldez.


En la novela corta que da título al libro, un hombre cae hacia el techo de su casa, donde acaba sintiéndose un «insecto atrapado en el techo». ¿En qué se parece El estado natural de las cosas a La metamorfosis de Kafka y en qué se diferencia?

Así como La metamorfosis no va de un hombre que se convierte en insecto, El estado natural de las cosas no va de un hombre que vive en el techo de su casa. En ambos lo fantástico deviene en puerta de entrada alegórica, en exaltación de la metáfora como herramienta narrativa. En un caso se cuenta la historia de un hombre atribulado por la alienación laboral, lo burocrático, el abandono de su familia; en otro, la de alguien en pleno trance existencial, cuya introspección le aboca a un continuo replantearse, una caída que da paso al vértigo, que da paso al golpe, que da paso al dolor, que da paso al recuerdo de otro dolor.


¿Hasta qué punto los problemas de la sociedad en la que vives son importantes para ti como creador?

Hasta un punto mucho mayor del que soy consciente.


Sé que durante el último año has dirigido un taller sobre literatura norteamericana, ¿de qué libro o autor has hablado en él con más entusiasmo?

Es posible que haya un empate entre Las uvas de la ira, de Steinbeck, El bosque de la noche, de Djuna Barnes, y La hoguera pública, de Robert Coover.


¿Puedes imaginarte a ti mismo en el futuro escribiendo una obra enteramente realista?

Ahora mismo estoy en un punto en el que me imagino escribiendo casi cualquier cosa. En relación con la novela realista, me interesa mucho lo que hace gente como Antonio Lobo Antunes, James Salter o Ben Lerner, por ejemplo.


¿Quién es Ben Tolman?

El autor de la portada del libro. Un ilustrador que recomiendo mucho.


¿Estás embarcado en algún nuevo proyecto literario? En caso afirmativo, ¿puedes hablarnos de él?

Estoy trabajando en una novela llamada El gesto animal, en la que los niños varones comienzan a nacer todos idiotas y con un solo brazo y en la que existe una transformación generacional; la sociedad como ente cambiante, la religión como elemento fagocitador, la conciencia como un hijo que se marcha y vuelve distinto. Y así.

«Entonces, así es como se acaba el mundo, con este silencio como de final de trayecto, con esta ausencia de bocas y ningún rostro que llevarse a las manos; con los hombres desaparecidos y los niños ausentes y sus madres maldiciéndose y todos los ojos que quedan mirando hacia arriba, preguntándose si van a tener otra oportunidad, si saldremos adelante o acaso esto sea un último gesto animal que nos represente. ¿Cómo saberlo?».


Gracias, Alejandro.