domingo, 25 de febrero de 2018

Diarios (2015-2016), de Eduardo Laporte

Editorial Pamiela. 109 páginas. 1ª edición de 2017.
Prólogo de Miguel Ángel Hernández.

En abril de 2016 leí La tabla, la última novela de Eduardo Laporte (Pamplona, 1979). Unos meses después, Laporte leyó mi libro de relatos Koundara y escribió una elogiosa reseña de él, que se publicó en el diario El correo. Conozco a Laporte en persona, hemos coincidido en más de una presentación literaria y sigo su actividad en las redes sociales. Cuando publicó este último libro, Diarios (2015-2016), pensé pedírselo para poder leerlo y reseñarlo, pero él se adelantó (ya tenía mi dirección del envío de La tabla) y una tarde de mis vacaciones de Navidad me lo encontré en el buzón de casa. Me apeteció leerlo antes de que acabaran mis vacaciones de profesor. Entre el 6 y el 7 de enero lo terminé.


No estoy del todo seguro, pero diría que hasta el día de hoy Laporte no ha incursionado en la ficción. Los dos libros que conozco de él y que podrían ser llamados «novelas» en realidad son ejercicios del yo autobiográfico: Luz de noviembre, por la tarde, un libro de duelo sobre la muerte de sus padres, y La tabla, en el que él mismo investiga sobre un compañero de colegio que permaneció casi treinta horas perdido en el mar sobre una tabla de windsurf. Ahora publica estos Diarios de los años 2015 y 2016, aunque no tienen fechas que encabecen los párrafos y por tanto, la evolución del tiempo no queda del todo clara para el lector. En realidad, más que de diarios podríamos hablar aquí de un libro de anotaciones, que van desde el apunte biográfico y la reflexión hasta el aforismo. Desde luego, en estas páginas no existe la intención de dejar constancia de todos los acontecimientos que le ocurren al autor en su día a día.

En la primera entrada de su libro, Laporte habla del escritor de diarios Iñaki Uriarte. No he leído nada de Uriarte, pero sí alguna reseña positiva sobre su obra. Laporte reflexiona, al comienzo de sus páginas, sobre la dificultad de encontrar una voz para sus diarios, y acaba considerando que, tal vez, lo más sensato sea ir de la mano de algún autor que admira, como en este caso Uriarte. Así que presupongo (aunque no puedo saberlo con total seguridad) que este diario de Laporte guarda más de una similitud formal con el de Uriarte. En las páginas de Laporte se habla también de otros escritores de diarios, como Josep Pla («Me termina por aburrir El cuaderno gris», leemos en la página 53), José Saramago o José Luis García Martín.

Aunque con estos diarios no se podría establecer una ruta del día a día del autor, y en muchas de las entradas solamente se refleja un pensamiento y no una enumeración de hechos, acaban apareciendo temas narrativos que se van retomando con mayor o menor asiduidad a lo largo de estas páginas.
Uno de los temas más recurrentes es el de la actividad laboral de Laporte, periodista autónomo que trata de vender sus colaboraciones –artículos, reseñas o entrevistas– a periódicos. Como reseñista aficionado, me han gustado estas anotaciones. En más de una se reflejan las precariedades, vanidades y pequeñas miserias cotidianas de la vida del periodista o el escritor. Me ha resultado curiosa (y divertida) alguna maledicencia sobre algún autor más o menos reconocible; como esa en la que Laporte describe el último libro de un escritor de su misma generación como un libro «plagado de declaraciones cipotudas que ofendieron a mi ego lector con tanta pretensión aleccionadora» (pág. 68).
También se habla de la relación del autor con R., una joven a la que está unido sentimentalmente durante las páginas del diario, de forma más o menos intensa según la temporada. Me resulta curioso considerar que conozco en persona a R., y que estoy casi seguro de saber quién es en realidad. Creo que eso provoca que la lectura del libro cobre para mí un significado personal que no ha de tener para otro tipo de lector. Igual me ocurre cuando Laporte habla de su amigo DCW, al que conozco en persona.
Incluso me ocurre algo más desconcertante todavía, cuando en la página 84 Laporte habla de un escritor algo mayor que él, entrado ya en la cuarentena, al que le da pudor presentarse a los demás como escritor. En este caso me he preguntado: ¿seré yo? Podría ser, porque en las fechas (finales de 2016) que se corresponden con esa parte del diario mantuve alguna conversación, a través de Facebook, con Laporte, en la que salió un tema parecido (nota: en realidad no soy yo, Laporte me lo ha confirmado).

Algunos de los temas que se reflejan en este libro sobre la vida del autor ya los conocía a través de sus publicaciones en las redes sociales. Por ejemplo, me interesan las entradas que se corresponden con unos meses en los que el autor decidió irse a vivir a Lanzarote.

En más de un caso, el lenguaje de Laporte se ajusta mucho a una nueva terminología surgida del uso de la red: blogs, selfies, Facebooks, megustas, retuits… El uso del lenguaje suele ser culto, aunque le gusta trufarlo con más de un término coloquial. Esto no es algo que me disguste, pero sí considero que se trata de deslices literarios cuando se usa alguna expresión hecha: «Se pasaron siete pueblos en su aplicación» (pág. 26), «meter cuña» o «sueltan su chapa», en la página 52.
Es curioso también ver cómo se filtran palabras que se ponen de moda de repente en las redes sociales, como «cipotudo» o «patulea», por ejemplo, la primera de un artículo de Íñigo F. Lomana y la segunda de otro artículo de Juan Manuel de Prada. Quizás se aprecia también un abuso de la palabra «procrastinar», que se acaba convirtiendo en una de las temidas trampas de la vida que se refleja en el diario.
En cualquier caso, nos encontramos también con alguna metáfora brillante. Me gusta, por ejemplo, esta de la página 62: «Cae la pena sobre uno como un enorme piano viscoso».

Ya he comentado que en estas páginas se habla de la vida de Laporte como articulista autónomo y de su relación con R. o con Lanzarote y Madrid. Me resulta curioso que muchas de las reflexiones que se vierten aquí sobre la vida proceden de rincones pequeños, casi minúsculos, lo que hace que estos pensamientos, precisamente por huir de la grandilocuencia, brillen más. En la página 28 leemos, por ejemplo: «Mañana voy a un concurso de la tele. Puedo ganar 370.000 euros. La entrada de mañana va a ser la más importante de este diario de días difusos». Sin embargo, al día siguiente sólo nos encontramos con una reflexión sobre la forma de conducir del chófer que le lleva hasta la televisión. Esta premeditada búsqueda de un tono menor me ha recordado a las entradas del Diario de la beca de Mario Levrero. Y es precisamente aquí, en este análisis del detalle mínimo, donde se encuentran los mejores logros de estos diarios, su tono preciso y su agudeza, que hacen que el lector siempre quiera seguir leyendo.
De vez en cuando también se filtra la actualidad, con alguna referencia a los atentados de París, por ejemplo, o a la crisis española.

Las últimas páginas, con Laporte de nuevo en Madrid tras dejar Lanzarote, son especialmente melancólicas, y uno abandona la voz narrativa que le ha acompañado durante unas horas con pena, con la sensación cómplice de haber podido hurgar en la intimidad de otra persona.

Cuando comenté La tabla, novela en la que Laporte investigaba sobre la aventura en el mar de un antiguo compañero de su colegio (Xavi Pérez), acabé concluyendo que me interesaban más las páginas en las que el autor hablaba sobre sí mismo que aquellas en las que hablaba de Xavi. Bien, pues estos Diarios (2015-2016) me han dado aquello que pedía entonces: más páginas para la interesante voz narrativa de Laporte. Me han gustado estos Diarios.

domingo, 18 de febrero de 2018

Relatos 1 y 2, por John Cheever.

Editorial Emecé. 517 páginas y 495. 1ª edición de 1946-1978; ésta es de 2006.
Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea.
Epílogo de Rodrigo Fresán.

En mayo de 2002 leí La geometría del amor, una antología con dieciocho cuentos de John Cheever (Quincy, 1912-Ossining, 1982), editados por Emecé, traducidos por Aníbal Leal y prologados por Rodrigo Fresán. En mayo de 2002 yo no estaba pasando un buen momento y recuerdo perfectamente la distancia con la que leía este libro, con un estado de ánimo perfectamente inadecuado para poder disfrutar de la lectura. Llegué a ser plenamente consciente de que en otro momento de mi vida habría disfrutado mucho más de esos cuentos. Desde entonces sabía que le debía una nueva lectura a Cheever, y sabía también que el día que me pusiera con ella leería, en vez de una antología, los dos volúmenes con sus cuentos completos que siempre han estado en la biblioteca de Móstoles esperándome. En los últimos tiempos creo que estoy adquiriendo demasiados compromisos con las editoriales que me envían libros para reseñarlos y, a veces, me apetece detenerme un poco y ponerme con proyectos aplazados, como esta lectura de los cuentos completos de Cheever. Así que antes de la Semana Santa (de 2017) saqué los dos volúmenes de la biblioteca y creo que he dedicado cerca de un mes a su lectura. Entre medias también he leído tres novelas cortas.

Los dos volúmenes de Relatos suman sesenta y un cuentos, que Cheever solía publicar en periódicos, sobre todo en The New Yorker. En 1978, su editor Robert Gottlieb le animó a reunir sus relatos en un volumen y sacarlo al mercado. Cheever no estaba muy seguro del proyecto, que terminó siendo un bestseller y un éxito de crítica, ganador de numerosos premios; en palabras de Fresán, esta publicación: «Terminó de apuntalar la condición de Cheever como clásico viviente». En el prólogo inicial, el propio Cheever cuenta que aquí no están todos los relatos que escribió y publicó: «Están en orden cronológico, si no me falla la memoria, y los textos más embarazosamente inmaduros han sido eliminados». En su epílogo, Fresán nos informa de que, en realidad, existen sesenta y ocho cuentos más de Cheever, aparte de los sesenta y uno que tenemos aquí, y que aún no han visto la luz por un conflicto legal entre los editores y la familia del autor. Así que tendremos que conformarnos (por ahora) con estas mil páginas de cuentos; lo que no está nada mal, dicho sea de paso.

Aunque Cheever apunta que los cuentos están en orden cronológico, el editor Gottlieb se permitió alguna pequeña trampa: situó en primer lugar Adiós, hermano mío, que no es el primero de los escritos por Cheever (de los que están aquí) y que además es una obra maestra. Nada menos que uno de los cuentos favoritos de Ernest Hemingway.
Adiós, hermano mío condensa casi todos los temas del primer Cheever, que para mí sería el de los cuentos de Relatos 1: en este cuento se muestran las miserias de una familia de clase media-alta de la Costa Este en un ambiente relajado, una casa que poseen en una isla y en la que se juntan los hermanos con la madre por primera vez desde hace mucho tiempo. En algún momento se habla de la «época de la guerra», refiriéndose a la Segunda Guerra Mundial y en cómo ésta afectó a los personajes (algo que se repite en muchos cuentos). Las apariencias de orden y normalidad son importantes para los personajes, que se sienten custodios de un legado proveniente del pasado de la familia o el país (de un periodo, en muchos casos, «anterior a la guerra»), un orden que se puede ver alterado por comportamientos extraños o por la pérdida de valor de las zonas residenciales (por ejemplo, al construir una biblioteca pública, como ocurre en un cuento cuyo tema central es el adulterio). En Adiós, hermano mío (como en muchos de los cuentos de la primera etapa), los protagonistas muestran comportamientos infantiles (que para un lector europeo, en realidad, parecen ligados al abierto y optimista carácter norteamericano), ya que les importan mucho los resultados de los juegos de mesa, los deportes o quedar bien en una fiesta de disfraces. Son personajes que añoran, casi siempre, un esplendor del pasado, y que ya están empezando a envejecer y, por tanto, su optimismo, su confianza en el futuro, empieza a tambalearse. Además son grandes bebedores. También tienen conflictos religiosos (sufrirán por el pecado del adulterio, sobre todo). «Todos estaban, en principio, perplejos y confusos, eran demasiado egoístas o desafortunados para aceptar las reglas que garantizan la supervivencia de una sociedad, como sus padres y madres lo habían hecho antes que ellos. En cambio, delegaban en sus hijos el fardo del orden, y abrumaban sus vidas con falsos ritos y ceremonias», leemos en la página 413, en el cuento El gusano en la manzana.
El estilo es ligeramente irónico y melancólico, y se hace aquí una ligera crítica de costumbres, que tiene poco de moralina vacía. Cheever no reprende a sus personajes, los muestra como son, con sus contradicciones y sus aspiraciones perdidas.

Sin embargo, en Adiós, hermano mío hay una diferencia notable con el resto de cuentos de la primera etapa: está escrito en primera persona. En los veintinueve cuentos de Relatos 1, no son más de cuatro o cinco los que están escritos en primera persona. Lo normal es que nos encontremos ante un narrador uniforme que mira a sus personajes con ironía, pero también con piedad. El narrador suele saber de la historia contada más que los personajes que la están viviendo y, en muchos casos, conoce los motivos de sus acciones mejor que ellos mismos. También, sobre todo en las primeras páginas, el narrador se hace presente y llega a interpelar al lector. Por ejemplo, en la página 264 leemos: «Dejaron el apartamento que el señor Hatherly había alquilado para ellos, vendieron los muebles, y fueron mudándose de un sitio a otro, pero todo esto ‒las feas habitaciones en las que vivieron, los sucesivos empleos de Victor‒ no merece la pena contarlo con detalle» (del cuento Los chicos). En algunos casos, como ocurre en este cuento (Los chicos), tenemos un narrador testigo que cuenta la historia de un tercero, apareciendo este narrador de forma muy tangencial en la historia.

Al principio, los escenarios son lugares de veraneo en la Costa Este (por ejemplo, los cuentos Un día cualquiera o Los Hartley) o Nueva York. Cuando los cuentos transcurren en Nueva York, en principio los personajes no se encuentran bien integrados en la ciudad, o bien porque son personas de fuera que tratan de vivir sus sueños en la gran metrópoli (por ejemplo, en Oh, ciudad de los sueños rotos Cheever nos habla de una pareja de un pueblo que piensa que puede triunfar en el teatro de Broadway, y en Canción de amor no correspondido, de la relación entre un hombre y una mujer que se ven en Nueva York y tienen en común que proceden del mismo pueblo del Medio Oeste), o bien porque describen a la clase media alta desde fuera, como los dos cuentos seguidos en los que el protagonista es el ascensorista de unos edificios lujosos: Clancy en la torre de Babel y La navidad es triste para los pobres.

Hacia la mitad del primer volumen, Cheever parece descubrir el que será uno de sus escenarios principales y más recordados: el pueblo de Shady Hill, un suburbio de Nueva York para personas de clase media-alta que viajan en tren hasta sus trabajos en la gran ciudad. Shady Hill es ya considerado un hito en la imaginería norteamericana, y diría que en los cuentos de John Cheever se han inspirado los guionistas de la serie Mad Men cuando sitúan en las afueras las lujosas casas de algunos de los protagonistas de la serie. No estoy seguro, pero aventuro que Cheever eligió este nombre para su pueblo (que no sé si existe en realidad, lo he buscado en internet y no lo encuentro) haciendo un juego de palabras con el término shady en inglés, que podríamos traducir por «oscuro, turbio», ya que tras la aparente opulencia de la clase-media privilegiada que habita en las casas de Shady Hill, detrás de sus fiestas, sus cenas y sus eventos sociales, siempre parece ocultarse el miedo a perder la juventud, los privilegios económicos, la pasión del matrimonio… y caer en la vergüenza y la depravación de las infidelidades y los divorcios.

Para mí, los tres mejores cuentos de Relatos 1 serían: Adiós, hermano mío, El ladrón de Shady Hill y El marido rural, que prácticamente son novelas jibarizadas. Este tipo de cuentos largos, donde parece que se condensan novelas, sería el que escribe, en la actualidad, una escritora como Alice Munro, que posiblemente sea una clara seguidora de Cheever. En general, los cuentos son largos, con una medida de 20 o 30 páginas. Como ya he contado muchas veces, se trata de una extensión que a mí me gusta mucho.
El nivel general de estos cuentos es muy alto, en cualquier caso, y sería difícil decir que no he disfrutado con alguno de ellos.

Hacia el final del primer volumen empiezan a aparecer algunos cuentos ambientados en Italia. En algún momento se menciona París o Madrid (y en uno de los cuentos finales de Relatos 2 aparece Moscú), pero cuando Cheever quiere situar a sus personajes fuera de Estados Unidos, y mostrar su distancia de los europeos, elige alguna de las ciudades de Italia (normalmente Roma o Venecia). Por ejemplo, La bella lingua trata sobre un norteamericano que, por motivos de trabajo, vive en Roma, y se nos muestran sus dificultades con el idioma y la cultura locales. Sin embargo, en La duquesa los personajes (salvo una mujer inglesa) son todos italianos, y no es que se trate de un mal cuento, pero algo suena impostado en él.

En Relatos 2 los protagonistas de los cuentos de Cheever han envejecido con él, y ahora suelen aparecer más padres que no entienden a sus hijos, quienes, en muchos casos, ya se han ido de casa. Los cuentos que más me gustan de este volumen son El brigadier y la viuda del golf y El nadador. El primero es un magnifico cuento de infidelidades y de miedo a la muerte, con la simbólica e inquietante presencia de un refugio nuclear en un jardín suburbano. El segundo, uno de los cuentos más recordados de Cheever (del que incluso existe una película) trata sobre un hombre maduro que quiere volver a casa, recorriendo el condado, nadando de piscina en piscina, un cuento que empieza con el optimismo y la luminosidad de la juventud y acaba con la oscuridad y la realidad de los hechos trágicos que no queremos recordar.

Aquí nos encontramos con algunos cuentos más condensados que los que había en el volumen anterior; por ejemplo, El camión de mudanzas escarlata (que abre el libro), por su intensidad y filos, parece un cuento de Raymond Carver; el siguiente, Simplemente dime quién fue, sobre las tristezas de los matrimonios maduros, los suburbios y el miedo a las infidelidades, vuelve a ser un cuento canónico de Cheever.

Aquí tenemos más cuentos ambientados en Italia: La edad de oro o Un muchacho en Roma, y alguno más sobre algún personaje italiano que emigra a Estados Unidos (Clementina).

Algo curioso: podemos leer aquí dos cuentos seguidos que se escoran hacia el género de terror, La cómoda y La profesora de música. Me gustaría saber si estos cuentos aparecieron también en The New Yorker o Cheever se los vendió a otro tipo de publicación, porque me ha resultado muy curioso el cambio de tono.

Ya he comentado que en estos últimos cuentos aparecen padres que no entienden a sus hijos. En muchos casos la brecha generacional queda latente porque los hijos se han convertido en hippies sin ambiciones que ya no anhelan mantener el esplendor de zonas suburbiales como Shady Hill, por ejemplo en El océano. En un cuento como La cuarta alarma, uno de los miembros de la pareja abraza la libertad (principalmente sexual) de los nuevos tiempos, pero el otro se ve incapaz.

Quizás en los últimos cuentos se note ya un apagamiento creativo. En este sentido, no me ha gustado mucho el experimentalismo de Tres cuentos.

Me ha llamado la atención que en Artemis, el honrado cavador de pozos (el antepenúltimo cuento) aparece, por primera vez, alguna escena de sexo explícito. Hemos dejado los recatados (en apariencia) años cincuenta del suburbio y nos adentramos en los años setenta de Hugh Hefner. Además, una parte importante de su trama (volvemos a tener aquí una novela condensada) transcurre en Rusia.

En resumen, estos Cuentos completos de John Cheever los debería leer cualquier aficionado al género del relato breve, pero también cualquier aficionado a la literatura en general, porque John Cheever es uno de los grandes creadores del siglo XX, un clásico norteamericano, que nos habla de la tristeza de las clases medias y de la vida. Si uno hace una lista que contenga a cinco grandes escritores de cuentos del siglo XX encuentro difícil pensar en excluir a Cheever.


Por cierto, estos cuentos que yo he leído los publicó Emecé, y posteriormente aparecieron en un solo volumen en RBA. Cuando los leí, hace ya casi un año, estaban descatalogados. Pero tengo una buena noticia: Random House los acaba de reeditar en España.

domingo, 11 de febrero de 2018

Tener una vida, por Daniel Jándula

Editorial Candaya. 123 páginas. 1ª edición de 2017.

Ya he comentado más de una vez que suelo estar pendiente de las novedades de Candaya, una de las pocas editoriales que apuestan por el mercado de alto riesgo de la nueva narrativa en español. Por eso me llamó la atención ver en su página web una novela con un gran título, Tener una vida, y escrita por un desconocido para mí, Daniel Jándula (Málaga, 1980). ¿Quién es Daniel Jándula? ¿Me he topado con él en algún rincón de internet? ¿Somos amigos en Facebook? ¿Está Candaya apostando por un total desconocido? En realidad, Tener una vida no es la ópera prima de Jándula, que ya publicó en 2009 otra novela titulada El Reo pero, teniendo en cuenta la distancia entre 2009 y 2017, es casi como si hubiera vuelto a empezar en el mundo de las letras.

Ya he comentado también más de una vez, a la hora de escribir mis reseñas, que no quiero leer constantemente novedades editoriales, que mi intención es regresar a los clásicos de forma frecuente. Aunque las novedades siempre están ahí, delante de mis narices, tentando al crítico literario aficionado que llevo dentro. Al final me animó a solicitar este libro a sus editores, Olga y Paco, un artículo que escribió Alberto Olmos sobre él en Mala Fama, su sección de El Confidencial con el sugerente título: ¿Quién soy yo para decirte que debes leer obligatoriamente este libro?, donde le dedica grandes elogios.

Me encontré con Tener una vida en el buzón de mi casa el miércoles 3 de enero, después de un día complicado (diez horas en un hospital) y, según lo tomé y saqué del sobre, me apeteció sentarme a leerlo. Al fin y al cabo había acabado, unas horas antes, un libro de Cátedra y estaba con las notas iniciales, que bien podían aguardar unos días. Empecé Tener una vida el 3 de enero y lo terminé el 4. Podría haberlo acabado el 3, pero estaba un poco agotado del hospital y me dejé un tercio para el día siguiente.

Tener una vida arranca con una gran frase: «En la pared del salón de mi casa hay un agujero que no deja de crecer». Un narrador innominado y que el lector, por las referencias que se van acumulando, entiende que debe de ser de la edad del autor –nacido en 1980– nos habla con una voz que parece débil o que nos llega desde la distancia. El narrador se ha despertado tarde la mañana que comienza su historia y esto hace que pierda un vuelo que le iba a llevar hasta el otro extremo del mundo, a las islas de la Patagonia en Chile. El vuelo que pierde, sabrá horas después, ha desaparecido sobre el océano Atlántico con todos sus tripulantes.

Los elementos fantásticos se suceden en la novela: el agujero de la pared se va agrandando y atrayendo hacia su interior los objetos de la casa, hasta un punto en que una mesa queda suspendida con dos patas en el aire. Tal vez Héctor, vecino del narrador y físico de profesión, pueda ayudarle a saber qué pasa.
Además, el narrador acaba de cortar una relación de ocho años y medio con su novia Lidia. Muchas de las páginas de esta novela breve, que en realidad no alcanza las 120 páginas, son una reflexión acerca de la relación del protagonista con su exnovia. Y el lector puede acabar pensando también, que los elementos fantásticos de la realidad son simbólicos, que la novela es más a lo Franz Kafka que a lo Ray Bradbury, por ejemplo. Leemos en la página 61: «Me frustra también no ser capaz de cubrir el agujero, de impedir la sensación de vacío que me provoca perder mis pertenencias». El narrador está perdiendo su pasado y su vida de forma literal por un agujero metafórico mientras que en la realidad está perdiendo sus pertenencias físicas por un agujero real en la pared de su casa. El juego planteado entre la realidad y su representación es uno de los logros de esta novela.

Ya he comentado que la voz del narrador parece débil o que nos llega atravesando un espacio indefinido. El lector pronto empezará a sospechar del narrador: ¿por qué asume de forma tan sencilla la realidad increíble de lo que le sucede? ¿Es ésta una historia de fantasmas? ¿Quién es el fantasma?
Las páginas de la novela, además de contar con la presencia inquietante de ese agujero que crece en la pared, contienen pequeñas reflexiones o historias del narrador sobre su pasado o procedentes de su imaginación. En estas páginas el tono es más poético que en las restantes, escritas de forma más bien sobria. Por ejemplo, el narrador evoca los paisajes que pensaba visitar en la Patagonia (y que hasta entonces conoce gracias a guías de viaje que consulta en la biblioteca) y dice: «Las fotografías no hacen justicia a un entorno que no cabe por los ojos, pero sí permiten intuir que en aquel lugar viven gigantes. El viento bate el silencio del destierro (donde van a comer manzanas los locos y los caballos salvajes) y hace olvidar todas las utopías, hasta las de las sociedades más enfermas que han trastornado la realidad» (pág. 15).

La novela, además de reflexionar sobre las relaciones de pareja y su pérdida, también plantea un debate entre la generación del narrador y la de sus padres. No se dice en qué ciudad está ubicada la historia, pero en algún momento se habla de Madrid como de la capital, así que el país ha de ser España y la ciudad se describe como una con costa. Sobre los conflictos generacionales podemos leer, por ejemplo:
«Para nuestros progenitores, el viaje no formaba parte de su ocio, aunque la memoria del lugar de origen, aun siendo el paraje más yermo y desierto, era terreno sembrado para la melancolía, el anhelo, o un refugio para el alma» (pág. 95).
«Me abruma la facilidad con que la gente de mi generación se refugia en los libros de superación personal y culpa al sistema de su propio fracaso» (pág. 120).

No falta tampoco aquí la frase sentenciosa o subrayable: «Lo peor de esta vida sin sobresaltos es que el aburrimiento encuentra pronto espacios en los que asentarse» (pág. 68); o «Sabes que tienes una edad cuando el mundo te parece un rompecabezas irresoluble» (pág. 89).

 No quisiera contar nada más que pueda revelar el argumento. En realidad, gran parte del encanto de Tener una vida se encuentra en la tensión que crea el hecho de no saber desde qué posición vital está narrando el protagonista. Tener una vida me ha parecido una novela inquietante, que en sus pocas páginas abre muchos interrogantes y juega con la rotura de moldes y cauces narrativos conocidos. Tener una vida es una narración madura e inteligente, una buena novela.


domingo, 4 de febrero de 2018

Los adioses, por Juan Carlos Onetti

Editorial Seix Barral. 123 páginas. 1ª edición de 1954; esta de 2003.
Prólogo de Antonio Muñoz Molina.
Epílogo de Wolfgang A. Luchting.

Compré este libro en la librería Ábaco, situada en la calle Raimundo Fernández Villaverde de Madrid, una de mis librerías de segunda mano favoritas. Me costó 4,5 €. Lo compré ya hace tiempo, creo que no mucho después de leer el magnífico volumen de Alfaguara con los Cuentos completos de Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994). Acabo de comprobar, consultando mi blog, que este último libro lo leí en 2012, así que desde no mucho después llevaba descansando Los adioses de Juan Carlos Onetti en los altillos de mis estanterías del Ikea. En esos altillos debería poner más interés para que desciendan los libros que tengo por leer y a los que no me acerco por razones que a mí mismo se me escapan y que, en gran medida, creo que tienen que ver con ciertas teorías de Sigmund Freud: siempre me apetece leer el libro que no tengo, y como no lea de forma inmediata el que acabo de comprar, me apetece siempre menos que otro que no tenga.

Sin embargo, hace unas semanas (nota: entre la lectura del libro y la aparición pública de la reseña ha pasado casi un año) tuve que pasarme por la estación de avenida de América para comprar unos billetes de autobús, y antes de acercarme busqué en internet en qué portal estaba la casa de Onetti en Madrid, porque sabía que había vivido en la zona de avenida de América, pero no dónde. Al final encontré su casa en el portal de avenida de América 31y me fui hasta allá para sacarle una foto a la placa de la entrada, que rememoraba al escritor, y buscar con la mirada el posible lugar donde se ubicaría la terraza en la que se ve a Onetti en muchas de sus fotos madrileñas.

Para las vacaciones de Semana Santa me apeteció leer los dos volúmenes de Emecé con los cuentos completos de John Cheever. En Jueves y Viernes Santo, tras 342 páginas de relatos de Cheever, decidí cambiar un poco y tomé de los altillos de mi habitación esta novela corta de Onetti.

Empecé directamente con la novela, dejando para el final el epílogo de Wolfgang A. Luchting y el prólogo de Antonio Muñoz Molina.

Los dos primeros párrafos del libro son muy cinematográficos y significativos: «Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara ‒sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años‒ hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo.
Quisiera no haberle visto nada más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse».

Un hombre innominado durante todo el relato llega a un pueblo de montaña (que parece más situado en Argentina que en Uruguay) famoso por sus sanatorios para tuberculosos. El hombre es alto, delgado, de unos cuarenta años. Fue una estrella del baloncesto nacional, y parece no querer saber nada de los demás enfermos que comparten con él alojamiento en el hotel (aunque el médico le ha recomendado que se interne en el sanatorio), como si, marcando esa distancia de los otros enfermos, consiguiera alejarse de su destino de tuberculoso.

La historia está contada por el almacenero del pueblo, antiguo tuberculoso («hace quince años que vivo aquí y doce que me arreglo con tres cuartos de pulmón», pág. 18), quien desde su mostrador observa las andanzas del hombre por el pueblo. Además, el almacén funciona como una estafeta de correos y allí tiene que acudir el hombre a recoger los dos tipos de cartas que recibe, ambos con sobres escritos por mujeres, unos a mano y otros a máquina. Estas dos mujeres (una adulta acompañada por un niño y otra muy joven) visitarán al hombre en el pueblo. Para vivir con la chica joven el hombre alquilará una casa a las afueras, aunque sigue pagando las cuentas del hotel.

El almacenero va reconstruyendo la historia del antiguo jugador de baloncesto, desde algún punto indeterminado del futuro. Además de los acontecimientos de los que él mismo ha sido testigo directo, nos contará algunos más que le han narrado a él otros de los personajes de la novela: el enfermero y la mucama Reina, principalmente; aunque al final ya se hace eco también de las murmuraciones de todo el pueblo (en esto me ha recordado al ambiente acusativo y miserable de Juntacadáveres, otra de las novelas de Onetti que he leído).

El almacenero, el enfermero, Reina y todo el pueblo especulan sobre la relación entre el exjugador de baloncesto y las dos mujeres. Tanto en el prólogo como en el epílogo, Muñoz Molina y Luchting citan a Henry James y su Otra vuelta de tuerca para hablar de Los adioses. Los dos comentan la importancia del punto de vista en la novela de Onetti. Además, Luchting hace una interesante reflexión sobre la condición de personaje de la novela que acaba adquiriendo el lector pues, contaminado por la mirada sucia y pesimista del almacenero, que en gran medida refleja la del pueblo de montaña, el lector de Los adioses se dejará llevar por el punto de vista desde el que recibe la historia y juzgará a los protagonistas de la novela, cuando –parecerá decirnos Onetti al final– ninguno de nosotros tiene derecho a juzgar nada de lo que está viendo, o cree que está viendo, ya que las dos últimas páginas del libro lo abren a nuevas interpretaciones sobre lo contado.

En la edición que he leído de Seix Barral se comenta que el epílogo de Wolfgang A. Luchting se solía colocar, en ediciones anteriores, como prólogo. Aunque lo cierto es que es un prólogo que destripa toda la novela y que es mucho mejor leerlo cuando ya se ha finalizado la lectura del libro.

Había leído en 2012 el entusiasta prólogo que escribió Antonio Muñoz Molina para los Cuentos completos de Onetti, y me ha gustado leer también este prólogo. De hecho, compré este libro porque en la primera página del su prólogo afirma que esta novela es para muchos la obra maestra de Onetti y que también el propio autor solía decir que era su novela preferida. Muñoz Molina acaba así su prólogo: «He leído Los adioses muchas veces, desde que tenía veinte años, y estoy convencido de que es una de las dos o tres mejores novelas cortas que se han escrito en español».

El estilo de Onetti, denso y oscuro, como se puede apreciar en los dos párrafos iniciales que he reproducido antes, me parece magistral. Me ha gustado leer algunas páginas varias veces para empaparme de ellas y poder saborearlas. Leer a Onetti es como leer poesía. Es cierto que en algunas de sus novelas (por ejemplo me pasó con El astillero o con Cuando ya no importe) el ritmo es algo lento y la propia densidad de la prosa acaba ahogando la historia contada, pero en Los adioses todo parece conjugarse de un modo perfecto. Los adioses es una novela corta maravillosa, y cualquier aprendiz de escritor cuyo idioma sea el español debería leerla.


De Onetti he leído los Cuentos completos y las novelas El pozo, Juntacadáveres, Dejemos hablar al viento, Cuando ya no importe y creo que Para una tumba sin nombre (pero tendría que consultar mis archivos). No sé por qué no he leído aún La vida breve y sus otras novelas cortas, cuando es uno de los escritores que más admiro. Debería tomármelo como una prioridad.

miércoles, 31 de enero de 2018

La mirada de los peces, por Sergio del Molino.

Editorial Random House. 210 páginas. 1ª edición de 2017

De Sergio del Molino (Madrid, 1979) había leído hasta ahora tres libros: No habrá más enemigo, La hora violeta y Lo que a nadie le importe. Le conocí en persona en el Encuentro de Blogs literarios que tuvo lugar en el Media-Lab Prado de Madrid en 2012 y, desde entonces, me aficioné a sus títulos. Estuve también en la presentación de La España vacía en 2016 y tengo firmada la primera edición. Este libro tuvo mucho éxito y ya va por la octava o novena. Sin embargo, aún no he leído este libro. El motivo es absurdo: me propuse compaginar la ficción con los ensayos económicos, y al ser La España vacía un ensayo (pero no de economía) mi subconsciente ha ido postergando su lectura. Así que cuando apareció La mirada de los peces me pareció un sinsentido pedírselo a la editorial si no había leído aún su anterior obra. Pero La mirada de los peces es una novela y por tanto no rompía mis reglas de lectura. Y además, y simplemente, los adictos a la entrada de nuevos libros en casa somos así. Basta de justificaciones.
Cuando leí algún comentario positivo en Facebook sobre la nueva novela de Del Molino, afirmando que hablaba de los 90 y que era una novela generacional, me apeteció leerla. Se la solicité a Random House y desde la editorial me la enviaron muy amablemente.

Siguiendo la línea narrativa de exploración de la propia vida que inició Del Molino con La hora violeta y continuó con Lo que a nadie le importa, el narrador y personaje de La mirada de los peces es el propio Sergio del Molino. Por tanto, la unidad entre estos tres libros es, lógicamente, muy fuerte: la misma voz narrativa, la misma mirada sobre el mundo y los mismos escenarios, que para el lector de Del Molino empiezan ya a ser familiares (la mujer Cris, el hijo Daniel…), y no sólo para el lector de sus novelas, porque quien sigue a Del Molino en Facebook siente que está leyendo en esta red social páginas sueltas de sus libros, y sabe que algunos de sus materiales y anécdotas son trasferibles desde un soporte al otro.

El hilo narrativo principal de La mirada de los peces es un hecho de carácter dramático: Antonio Aramoyana, antiguo profesor de Filosofía en el instituto de Del Molino y conocido activista social y político de la ciudad en la que ambos viven –Zaragoza– se está despidiendo de sus familiares y amigos. Como buen nietzscheano, ante el deterioro de su cuerpo (tiene que tomar cada día treinta y una pastillas y moverse en una silla de ruedas) ha decidido suicidarse. En este caso, el suicidio sería una afirmación de su voluntad, un corolario a sus años de militancia en movimientos como Derecho a una Muerte Digna. Cuando conoce la decisión de su antiguo profesor, Del Molino empieza a escribir sobre su relación con él en unos cuadernos. En más de un momento se juega a la metaliteratura: Del Molino reflexiona sobre la propia escritura de estos cuadernos que no sabe si acabarán siendo un libro. El tiempo narrativo, nos dice, ha de ser el presente, y no una carta dirigida a un muerto, por más que su profesor haya ya fallecido cuando se encuentran ya ordenadas todas las páginas que constituyen la novela. Del Molino quiere mostrar en su libro a un Aramoyana vital, y para ello, además de escribir sobre los encuentros que tiene con él en torno a 2016, cuando ya ha tomado la decisión de suicidarse, empieza a recordar la época en la que le conoció, a mediados de los años 90 en un instituto de un barrio periférico de Zaragoza. Para Del Molino, Antonio Aramoyana es el profesor estimulante que encuentra en un mar de aburrimiento. Pero si bien, como ya he apuntado, el hilo narrativo principal de esta novela es hablar de su profesor, Del Molino también acaba hablando de sí mismo, de aquel que fue en los años 90 y que ha dado forma al adulto que es ahora.

La mirada de los peces no pretende bucear en los motivos que llevan a Aramoyana al suicidio, ni cuestionar la propia idea del suicidio, tampoco pretende hacer la hagiografía de un santo que cree en el laicismo y la educación pública, sino que quiere mostrar al antiguo profesor y presente amigo, sus luces y sombras (siempre partiendo de la base de la admiración y el entendimiento). En este sentido es significativo un párrafo que encontramos en la página 202: «Es lo que siempre admiré de Antonio, que hiciese lo que le daba la gana. Por eso me gustaba más de cerca que de lejos. Por eso le prefería en el aula antes que en la calle, en el café antes que en la tribuna, en la conversación antes que en los libros. Me gustaba donde me podía dar ejemplo y no donde quería darnos ejemplo. Donde se dan los abrazos y no caben los aplausos.»

Además de mostrar las luces y sombras de Aramoyana, Del Molino quiere en La mirada de los peces enfrentarse a las suyas propias, a las correspondientes a un chico de barrio periférico, vestido con camisetas de grupos heavies y melena a juego. En esos recuerdos destaca el análisis que hace de su coqueteo con la estética abertzale, más por afán de provocar que por convencimiento político.

«No tengo creencias, sólo un puñado de ideas vagas que van cambiando de página en página. Mi mente es como mis libros, sin línea cronológica coherente, divagadora, obsesiva y olvidadiza a la vez», leemos en las páginas 186-87 y esto puede explicar algunas de las opiniones que Del Molino lanza con contundencia en sus libros o en su Facebook, donde –como ya he señalado– se dan, en más de una ocasión, confluencias significativas. Me he percatado de que alguna reflexión o anécdota reseñada en La mirada de los peces la conocía ya de su Facebook.
Me sorprende la capacidad de Del Molino para divagar con gracia, para hila recuerdos y metáforas con los que alumbrar hechos del pasado que explican los del presente, mediante ingeniosos juegos interpretativos que le permiten pasar de hablar de Aramoyana a la suciedad de su barrio de Zaragoza, por ejemplo. Es la Del Molino una narrativa de la divagación con encanto, al estilo del articulista profesional (de frase bella y sorprendente) que era Francisco Umbral.

La periferia de Zaragoza (ciudad que no conozco) empieza a ser ya para mí un lugar literario, los descampados de Ángel Gracia en Campo rojo se funden con los de Del Molino, que también caminó por las mismas calles plagadas de nazis que Miguel Serrano Larraz transita en Autopsia (libro que cita Del Molino poco después que sus páginas me llevaran a mí a evocarlo).

Me lo planteé al leer Lo que a nadie le importa y me lo vuelvo a plantear ahora: Del Molino me parece muy bueno haciendo lo que hace; su personaje (él mismo) tiene mucho encanto y su capacidad para hilar anécdotas significativas y con gracia parece no tener fin. ¿Es esto cierto? ¿No tendrá que cambiar Del Molino en algún momento su estilo narrativo y escribir de otra forma por puro agotamiento de la fórmula que practica? Ahora Del Molino se ha convertido en un escritor de éxito, posiblemente el de mayor éxito de su generación, y esto se refleja en el libro. Sin embargo, él trata de quitarse importancia y para ello se refiere a sí mismo con términos como «imbécil» o «monstruo», que restan pompa a su presunta figura de triunfador. ¿Hasta qué punto se puede hablar de familiares, amigos y compañeros de trabajo con total sinceridad en una obra literaria?, ¿el miedo a herir al otro supone una limitación a la propia indagación que el texto pretende hacer sobre la realidad?  «Había un escritor ahí, pero su propia conciencia de la libertad, su propio orgullo de persona independiente, cada vez más frágil y cada vez más necesitada de la amabilidad ajena, le impidieron traspasar ese umbral que todo escritor ha de cruzar para entrar en la literatura, el del pudor.», leemos en la página 100. Y sí, en La mirada de los peces se traspasa el umbral del pudor, pero ¿se hace hasta el final? ¿Se podría ir más allá con una novela que camuflara lo autobiográfico con el escudo de la ficción como hace, por ejemplo, Philip Roth? ¿Es la autoficción también autolimitación? No sé si Del Molino tendrá que cambiar su forma de escribir en el futuro, pero por ahora sí sé que La hora violeta, Lo que a nadie le importa y La mirada de los peces son tres novelas de gran coherencia y valor literario. Tengo que leer pronto La España vacía, y, claro, seguir leyendo a Del Molino en Facebook mientras espero a que escriba su próximo libro.


domingo, 28 de enero de 2018

Nuestra historia, por Pedro Ugarte.

Editorial Páginas de espuma. 166 páginas. 1ª edición de 2016. 

El gran cuentista Óscar Esquivias publicó una columna en el periódico 20 minutos, en la que hablaba de los libros de relatos que había leído en los últimos meses y le habían gustado. Allí nombraba El letargo de Rafael José Díez, Mala letra de Sara Mesa, Nuestra historia de Pedro Ugarte (Bilbao, 1963) y mi Koundara. Yo colgué un enlace a esta noticia en Facebook y Ugarte comentó en mi muro que iba a tratar de buscar Koundara. Entonces le propuse un intercambio de libros y, no mucho después, me llegó a casa Nuestra historia, dedicado por el autor. Unas semanas más tarde le concedieron el premio Setenil al mejor libro de cuentos publicado en España durante el último año. Lo que me alegró y acrecentó mis ganas de acercarme a él. Lo he leído a principios de diciembre, tras estar casi un mes con Solenoide de Mircea Cărtărescu.

Nuestra historia consta de diez relatos relativamente largos (como me gustan a mí). El primero se titula Días de mala suerte y es un cuento para conquistar lectores. En él, un hombre de mediana edad, con mujer y dos hijos, ha realizado malas inversiones y ha de pagar cada mes cuatro hipotecas. La idea de comprar casas en la playa como inversión (en aquella época de España en la que parecía que todo el mundo podía hacerse rico) no ha salido bien. Días de mala suerte es un cuento social sobre la crisis española, que entronca con la última etapa de cuentista de Raymond Carver, con aquellos cuentos poéticos y dolorosos de Tres rosas amarillas; un cuento sobre la culpa al estilo de El elefante de Carver. Días de mala suerte no sólo es un cuento sobre la crisis económica española, sino (y sobre todo) sobre las relaciones humanas, las relaciones de los padres con sus hijos y las de pareja. En Días de mala suerte se muestran las inseguridades que los errores económicos provocan en la autoestima del narrador y cómo éstos podrían dañar la relación.

Sobre las inseguridades en las relaciones versa la temática de más de uno de estos cuentos, que muestran la realidad desde un punto de vista masculino. Así, en el segundo cuento, titulado Verónica y los dones, también se habla sobre el posible deterioro de una relación. Aquí, una mujer parece tener el don de adivinar los deseos más íntimos de las personas que la rodean y convertirse en una gran «regaladora», algo que a su marido se le da muy mal. Éste es un cuento agradable, pero frente al primero, que era muy bueno, me parece algo inferior. Días de mala suerte era un cuento de «personajes» y Verónica y los dones es un cuento de «idea»; es decir, este último está construido en torno a una ocurrencia ingeniosa y no en torno a la interacción de unos personajes, que quedan definidos en función de esa interacción. Ya lo comenté cuando analicé Un paseo por la desgracia ajena de Javier Moreno: yo prefiero los cuentos de personajes por encima de los de ideas.

Algo parecido a lo comentado con el segundo cuento me pasa con el tercero –Vida de mi padre–, que nos habla de la relación que se establece entre el narrador (un adolescente al comienzo del relato) con su padre, en función de un hecho casi fortuito.
En realidad, tanto el segundo cuento como el tercero son buenos; están construidos de forma muy sólida, pero a mí me gusta más la propuesta del primero, que es similar a la del cuarto: La muerte del servicio. En él, un grupo de amigos de la adolescencia y la primera juventud se reúnen, después de muchos años, en la casa de fin de semana de la familia de uno de ellos, situada junto a un lago. Éste es, de nuevo, un cuento de personajes, cuya melancolía burguesa por la juventud perdida me ha hecho pensar en los cuentos de John Cheever. El cierre de La muerte del servicio está muy logrado.
En este cuarto relato me llamó la atención que el protagonista se llamara Jorge, igual que en los dos cuentos anteriores. Tras leer una entrevista a Pedro Ugarte, descubro que Jorge es un personaje habitual de su narrativa (Nuestra historia es mi primer acercamiento a ella, aunque me sonaba su nombre, al menos desde que Ugarte quedara finalista del premio Herralde en 1996 con Los cuerpos de las nadadoras), y que habla de él en varios de sus libros. Yo he acabado leyendo los cuentos de Nuestra historia como si fuesen todos independientes y no como si algunos de ellos hablaran de un mismo personaje.

El quinto cuento, titulado Enanos en el jardín, empieza de forma similar al primero y el segundo, con una crisis de pareja. Si bien el escenario y los personajes de Ugarte suelen proceder del País Vasco, me ha gustado aquí el cambio de ubicación. Pues, para tratar de mejorar su relación, la pareja protagonista decide pasar unas vacaciones en Fuerteventura. La extrañeza se origina cuando no paran de toparse con un curioso personaje, de no muy claras intenciones, llamado Gilberto. Si bien Nuestra historia está compuesto por relatos realistas, aquí se consigue alguna escena bastante chocante y misteriosa. De nuevo, un cuento con un gran cierre. La parte no contada del relato hace de éste una pieza muy sugerente.
Aquí, como en otros cuentos del volumen, el narrador hace reflexiones bastante interesantes sobre la realidad. Por ejemplo, he anotado ésta: «Los recuerdos tienen menos densidad que los sentimientos, por eso la vida de los viejos es infinitamente más leve, más ligera; por eso los viejos se van diluyendo poco a poco, mientras que la vida de los jóvenes tiene la consistencia de los metales pesados» (pág. 58).

Mi amigo Böhm-Bawerk, donde de nuevo nos encontramos con un Jorge (esta vez a punto de jubilarse), se adentra en la humorada y el surrealismo. Aquí nuestro Jorge, con su tranquila vida de barrio de las afueras, empieza a recibir en el bar donde recae por las tardes las raras visitas de un hombre rico, con el que va a establecer una relación de amor-odio. Es un cuento curioso, que rompe con la seriedad dramática de algunos de los anteriores. En la misma línea que éste se encontraría el relato El hombre del cartapacio, sobre humillaciones y delirantes escenas laborales. Ugarte vuelve a usar el humor para hablar de las relaciones sociales y laborales.

En Para no ser cobarde volvemos al dramatismo y las dificultades de las relaciones, con una pareja que va camino de un pueblo perdido en el que ­–supuestamente– el hombre, que vuelve a ser el narrador de la historia, pueda realizarse escribiendo una novela, espoleado por la mujer, cuando ni él mismo ve muy claras sus opciones en la narrativa. Aquí el entorno natural cobra una gran importancia compositiva, igual que ocurriría en un cuento norteamericano, al estilo de los de Raymond Carver o Tobias Wolff.

Voy a hacer una llamada vuelve a ser, como el segundo y el tercero, un cuento de «idea» más que de personajes, pero aquí la idea (de corte social) me ha acabado pareciendo más potente que las anteriormente mencionadas y este cuento me ha gustado más que los mencionados.

En Opiniones sobre la felicidad volvemos a las relaciones familiares, pero ahora –frente a los cuentos leídos anteriormente– los personajes son de clase social más baja, y las relaciones creadas entre ellos más conflictivas. Un cuento tenso para acabar el libro.


Este año el premio Setenil batió su récord de participación, con 117 libros de relatos presentados. Lógicamente, no conocía ni un diez por ciento de ellos (aunque sí había leído a tres de los diez finalistas), pero sí he leído a los ganadores de convocatorias anteriores, y Nuestra historia de Pedro Ugarte, por su solidez y profundidad, me parece un libro adecuado para continuar consolidando el prestigio de este galardón. Me ha gustado.

domingo, 21 de enero de 2018

La estepa / En el barranco por Antón P. Chéjov.

Editorial Alba. 235 páginas. 1ª edición de 1888 y de 1900; esta de 2001.
Traducción de Víctor Gallego Ballestero.

Ya comenté aquí, en 2016, que un viernes del invierno de 2015 fui con mi novia a la plaza del Dos de Mayo de Madrid para deshacerme de algunos libros que no quería acumular en la librería Rincón de Lectura. Los cambié por dos libros de Antón P. Chéjov (Taganrog, Rusia 1860-Badenweiller, 1904) más dos euros. Uno de los libros de Chéjov era el titulado Cinco novelas cortas, que compilaba cinco narraciones de Chéjov, que iban desde las 64 páginas de Una historia aburrida (1889), hasta las 114 de El duelo (1891); el segundo era éste, que contiene otras dos novelas cortas: La estepa (1888) y En el barranco (1900). La primera tiene 147 páginas y la segunda 72. Las cinco novelas del primer libro estaban publicadas entre 1889 y 1895; por tanto, estas dos nuevas novelas cortas a las que me he acercado ahora son una anterior a las otras y la segunda posterior.

La estepa fue la novela corta ‒nos cuenta la contraportada del libro‒ que convirtió a Chéjov en un escritor de éxito. Yegorushka es un niño de nueve años, huérfano de padre, al que su madre manda desde el pueblo a la ciudad para que estudie en el instituto. En el verano de la estepa viaja en una calesa con su tío, el comerciante Iván Ivánich Kuzmichov, y el padre Jristofor Siriski, además del joven cochero Deniska. El viaje empieza con pena para Yegorushka: «Se sentía enormemente desdichado y tenía ganas de llorar» (pág. 15), que acompaña en el pescante de la calesa a Deniska sin comprender muy bien a dónde se dirige ni para qué.
La estepa está contada en tercera persona. La voz narrativa de Chéjov se acerca, en muchos casos, al punto de vista del niño. Así, desde la tristeza inicial, Yegorushka irá sintiendo cada vez más fascinación por el viaje, tanto por el paisaje, con sus animales y ríos, como por las personas con las que se irá encontrando por el camino. En este sentido, La estepa es una novela de descubrimiento, y el viaje se vuelve más misterioso y trascendente cuando el tío Kuzmichov y el padre Siriski, que buscan por la estepa al poderoso Varlámov, al que quieren vender un cargamento de lana, dejan a Yegorushka a cargo de los viajantes que trasladan la lana en una caravana de carros. Entre desconocidos, Yegorushka escuchará historias terroríficas y empezará a atisbar cómo es la esencia del pueblo ruso. Chéjov narra, con divertida ironía, cómo todos los compañeros de viaje de Yegorushka parecían haber vivido un gran pasado y cómo habían sido expulsados de él, hasta su presente, por la fatalidad. En la página 80 leemos: «Escuchó las risas de Dímov y experimentó por esa persona un sentimiento semejante al odio», y comprendemos que Yegorushka no conoce aún el alcance de sus sentimientos. Si bien ya he apuntado que el narrador sitúa, durante gran parte de esta novela, su punto de vista muy cerca de la mirada del niño, en otros momentos le hace comprender al lector que su mirada es demasiado crédula y en algunos otros ‒como buen escritor del siglo XIX‒ se pone sentencioso y escribe frases como ésta: «Los hombres que han cantado en un coro, ya sea como tenores o como bajos, especialmente aquellos que al menos una vez en su vida han tenido la ocasión de dirigirlo, suelen mostrarse severos y hostiles con los niños, y no pierden esa costumbre ni siquiera cuando han dejado de cantar» (pág. 99). En cualquier caso, Chéjov es un escritor sutil y sus intervenciones en el texto nunca son muy marcadas.

Me ha llamado la atención que en esta novela corta, Chéjov presta mucha más atención que en otros textos suyos a la pura descripción del paisaje; entre las páginas 65 y 67 se habla de la estepa durante tres páginas. Son unas páginas bellas, pero me han llamado la atención porque identificaba a Chéjov con un autor al que le interesaba más hablar del estado de ánimo de sus personajes y de las relaciones entre ellos, y no como a un escritor tan descriptivo. Entiendo que el de La estepa es un Chéjov joven, dotado ya de talento, pero que aún no ha acabado de definir el estilo que lo hará famoso; ese estilo que con tanta delicadeza describe el alma de sus personajes y las distancias que se crean entre ellos.

Chéjov escribió En el barranco después de las cinco novelas cortas que leí en 2016, y se aprecian algunas diferencias frente a la frescura inaugural de La estepa: para empezar, las relaciones entre los personajes son más complejas. Nos encontramos aquí con la familia Tsibukin, los ricos de una aldea llamada Ukléievo. El padre, viudo, se ha casado con Varvara, una joven atractiva y ambiciosa. Su hijo pequeño, Stepán, es sordo, y débil de salud además de retraído; está casado con la joven Aksinia. El hijo mayor de Petrov Tsibukin es Anísim, que al comenzar la novela será un joven (que empieza a dejar de serlo, puesto que ha cumplido ya veintiocho años) soltero y disoluto, que ha empezado a beber demasiado. Petrov y Varvara le buscarán una novia a Anísim, y la encontrarán en una ingenua joven (casi una niña) de una aldea próxima. En la novela se describirá la boda y cómo Anísim, después de celebrarla, dejará a su mujer con su familia para continuar con su vida en la ciudad.
En esta novela corta, la mirada del Chéjov narrador sobre lo contado parece mucho más ácida que la que había mostrado en La estepa. Aquí, En el barranco, los crímenes se suceden: las fábricas del pueblo producen sin licencia, contaminando el aire y el río, en el negocio de Petrov Tsibukin se vende vodka clandestino y Anísim realizará pagos con moneda falsa. Además ‒y esto solo está insinuado‒, alguna de las mujeres de la familia también son adúlteras. Pero toda la degradación de la familia no acaba aquí, puesto que en su seno se acabará cometiendo un terrible crimen propiciado por una disputa sobre la herencia. No quiero desvelar más sobre la trama de En el barranco, pero la escena del crimen es terrible y tan tremenda que, por un momento, me pareció que había dejado de leer al sutil y elegante Chéjov para adentrarme en el territorio salvaje de Dostoievski. El remate de esta novela corta es emocionante y soberbio.
Me ha sorprendido que En el barranco, algunas casas de la aldea tengan teléfonos. Me ha sacado de golpe del siglo XIX.

Doce años separan La estepa (1888) de En el barranco (1900), y la mirada de Chéjov ha saltado de la inocencia de un niño de nueve años, que empieza a entender el mundo de los adultos y a asimilar la pérdida de un pasado, a otro mundo de depravaciones, crímenes e hipocresías brutales. La estepa / En el barranco es un libro magnífico para iniciarse en Chéjov y he disfrutado tanto estas dos novelas cortas como ya lo hice el año pasado con Cinco novelas cortas (a fin de año elegí este libro como una de mis diez mejores lecturas de 2016). Se suele recordar a Antón P. Chéjov como uno de los grandes maestros del relato breve, y esta fama ha eclipsado su excelencia en la novela corta. He leído siete de él y me encantan. Tengo que seguir con sus cuentos. Chéjov se está convirtiendo en uno de mis escritores favoritos.



domingo, 14 de enero de 2018

Sepulcros de vaqueros, por Roberto Bolaño

Editorial Alfaguara. 209 páginas. 1ª edición de 2017.
Prólogo de Juan Antonio Masoliver Ródenas.

Estaba yo, este último verano, paseando por el barrio de San Andrés en Ciudad de México, cuando mi amigo Federico Guzmán nos preguntó a mi novia y a mí: «¿Qué os parece este título para un libro: Sepulcros de vaqueros?» A los dos nos gustaba, sin saber aún si Federico estaba hablando de algún libro escrito por él o por otro. Entonces nos contó que iba a ser el título del nuevo inédito de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003), que aparecería en Alfaguara en septiembre. Me alegré de forma inmediata. Yo he leído todo lo que ha aparecido de Bolaño en el mercado y siempre me alegra tener más material suyo a disposición. Ya sé que estos libros no van a estar a la misma altura que sus obras maestras, como Los detectives salvajes, 2666, Llamadas telefónicas o Estrella distante, pero los que he leído hasta ahora me siguen haciendo disfrutar.

Así que, cuando llegó septiembre, escribí a la editorial Alfaguara para que me enviara Sepulcros de vaqueros y me acerqué a él a principios de noviembre.

Según lo que había leído en internet, el libro contenía tres novelas cortas. La primera sería la titulada Patria. Según se comienza a leer, el lector habitual de Bolaño reconocerá algunas de sus referencias vitales. Ésta es la primera frase: «Mi padre fue campeón de boxeo, el más valiente, el más salvaje, el más astuto, el mejor…». En el cuento Últimos atardeceres en la tierra del libro Putas asesinas, Bolaño también habla de este padre que fue boxeador, y que se corresponde con su biografía real. Aquí nos encontramos también con un personaje poeta que es un trasunto del autor, pero que aún no se llama Arturo Belano, sino Rigoberto Belano (me alegro del cambio final).

El 11 de septiembre de 1973, un poeta de veinte años recita uno de sus poemas en una fiesta burguesa. Poco después, todos reciben la noticia de que se ha producido un golpe de Estado. El poeta se monta en un coche con la joven Patricia Arancibía, de la que se acabará enamorando. El poeta acabará detenido en un campo de fútbol, mientras un avión que escribe en el aire recorre los cielos. Como el lector avezado de Bolaño sabrá, esta última imagen es una de las centrales de su novela corta Estrella distante.
Me doy cuenta de que cuando Bolaño no quiso publicar en vida parte de su obra fue porque algunas escenas las reciclaba de un libro a otro, y por tanto, aunque Patria tiene páginas originales, acaba siendo una prueba (o un borrador) de lo que sería Estrella distante. Hasta aparece aquí, en Patria, un personaje llamado Bibiano, como en Estrella distante, y unas hermanas (en este caso las Pons) de destino trágico, que además acudían al taller literario del oscuro Cherniakovski. Las páginas en las que se habla de los viajes a la India de Cherniakovski son las más sugerentes. Cherniakovski sería un trasunto del personaje que se acabaría llamado Ruiz-Tagle en Estrella distante. Al final, parece que la narración de Patria está incompleta porque da un salto y se sitúa en Francia. Las páginas son misteriosas, pero no queda muy clara la relación con las anteriores.

Como digo, Patria es, en gran media (pero no solo eso), una versión previa de Estrella distante, y para mí, como admirador de Bolaño, tiene un interés más arqueológico que literario. Sin embargo, no dejo de disfrutar de la sugerente prosa del autor, en la que siempre encuentro más de una metáfora sorprendente. «La voz era tan letal como un bumerán afilado», leemos en la página 68.

Las sorpresas de verdad empezaron para mí con la segunda narración, la titulada Sepulcros de vaqueros, que a su vez está subdividida en cuatro relatos: El aeropuerto, El Gusano, El viaje y El golpe.
El Gusano es un cuento que aparece en el volumen Llamadas telefónicas. He comparado los dos textos y existen pequeñas variaciones, pero es en esencia el mismo cuento. Es en este momento cuando la lectura de este nuevo inédito cobra especial relevancia para mí, cuando descubro que el cuento El Gusano en realidad formaba parte de una novela corta. La navaja llamada Caborna, que el Gusano le regala a Belano al final de este cuento, aparecerá de nuevo en El golpe.

El aeropuerto habla de la partida de la familia Belano (o Bolaño) de Chile a México. Es un cuento con algunas páginas bellísimas, como las que hablan del padre montado a caballo o el intento que hace el joven Belano de visitar a Nicanor Parra antes de su partida. El Gusano habla de la estancia de Belano en el DF, cuando se iba a la Alameda y no a clase. El viaje narra la vuelta de Belano de México a Chile, cuando ha llegado al poder Allende, y sobre todo se centra en un viaje en barco. Belano lee a otro pasajero un cuento de ciencia-ficción que está escribiendo y estas páginas me han fascinado. El golpe habla de la estancia de Belano, de nuevo, en Chile y de las primeras horas del golpe de Estado.

Si Bolaño decidió publicar en uno de sus libros El Gusano, no entiendo por qué no quiso publicar el resto de relatos. El aeropuerto y El viaje me han parecido buenos cuentos, mejores que algunos de los incluidos en Putas asesinas, por ejemplo.

La última novela corta (o relato) se titula Comedia del horror en Francia. Estamos, como casi siempre, en un contexto de poetas, situado esta vez en la Guayana francesa, que no sé si es un escenario que había usado antes Bolaño (diría que no). El narrador atraviesa una ciudad tropical y termina levantando un teléfono público. Acaban de contactar con él un grupo de poetas parisinos, que se autodenominan Grupo Surrealista en la Clandestinidad. La historia que le cuentan es tan surrealista como divertida. De nuevo me pregunto por qué este texto no estaba entre los «relatos oficiales» de Bolaño, porque está muy bien.

En resumen, Patria es una novela corta que sí que era lo que me esperaba: es decir, un texto curioso y embrionario, con escenas que Bolaño reciclará luego para otros libros (en este caso Estrella distante), igual que ocurría con El espíritu de la ciencia-ficción respecto a Los detectives salvajes. Pero la verdadera sorpresa me la he llevado al leer Sepulcros de vaqueros y Comedia del horror en Francia, que me han gustado sin más, sin pensar que son borradores ni textos inferiores a los publicados en vida de Bolaño. De hecho, en El secreto del mal, que fue el primer libro de relatos verdaderamente póstumo de Bolaño, no hay cuentos tan buenos como estos que señalo aquí.


Cada vez que aparece en el mercado un nuevo inédito de Bolaño, leo en las redes sociales comentarios irónicos sobre estos libros, sobre su pertinencia o su absurdez. Para mí no hay polémica: a los seguidores de Bolaño, que somos muchos a estas alturas, nos gusta reencontramos con sus páginas, aunque sólo sea para ver la evolución de su escritura y, de forma casi inesperada, nos encontramos con textos acabados, literarios y plenamente disfrutables. Lo voy a decir sin pudor: qué más quisieran muchos de los detractores de Bolaño no ya escribir como él, sino escribir al nivel de las páginas que él dejó inéditas y dio por apartadas. Sepulcros de vaqueros le puede gustar mucho a cualquier seguidor verdadero de Bolaño.

domingo, 7 de enero de 2018

Los diarios de Emilio Renzi (Un día en la vida), por Ricardo Piglia.

Editorial Anagrama. 294 páginas. 1ª edición de 2017.

Hace menos de un año leí las dos primeras partes de Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia (Adrogué, 1940-Buenos Aires, 2017) y tenía claro que en cuanto apareciera el tercer volumen también iba a leerlo. Lo vi en el muro de Facebook de Jorge Carrión, y se lo pedí a los encargados de prensa de la editorial Anagrama, que amablemente me lo enviaron a casa.

Este tercer volumen se abre con una primera parte titulada Los años de la peste, y que abarca el periodo que va de 1976 a 1982; es decir, los años de la dictadura militar de Jorge Videla en Argentina. Como en los libros anteriores, aquí también tenemos un prólogo del propio Piglia, que le explica al lector parte del contexto en el que se escribieron las páginas del diario. Como por ejemplo, que no se fue del país porque mantenía una relación con una mujer que tenía un hijo y su exmarido no dejaba que ella sacase al niño del país.

Las anotaciones de estos años 1976-1982 son bastante más escuetas que las del volumen anterior; en gran parte, las notas se reducen a reflexionar sobre las dificultades que le supone la escritura de una novela, que acabará convirtiéndose en Respiración artificial, y en registrar los encuentros y desencuentros con los escritores argentinos. Sus amigos de los años anteriores, los escritores Manuel Puig y David Viñas, han dejado Argentina y por tanto también las páginas del diario. Los he sentido como personajes que habían desaparecido del libro injustamente. Aparecen, sin embargo, en estas páginas Andrés Rivera o Adolfo Bioy Casares y, lo que me ha sorprendido, un joven Alan Pauls: «Alan es muy inteligente y escribe muy bien. Tengo con él la misma sensación que tuve cuando leí las primeras cosas de Miguel Briante, que también a esa edad mostraba gran destreza y un estilo notable. Sin embargo parece que Alan Pauls tiene mayor futuro, Miguel terminó enredado en el mito del escritor precoz y le costaba mucho volver a escribir. Alan, en cambio, es –o intenta ser, me parece a mí– más completo, más culto, y se puede esperar de él lo mejor» (pág. 55). Miguel Briante aparecía mucho en el primer volumen de los diarios y casi desaparece en el segundo; me alegra que Piglia hable de él otra vez aquí. Tras leer el primer volumen compré Hombre en la orilla, el primer libro de relatos de Miguel Briante, y aún lo tengo en casa sin leer. A ver si me acerco a él.

En la página 32 terminan las anotaciones de 1976, exactamente el 12 de diciembre, y el año siguiente, empiezan el 6 de julio. Mientras tanto, Piglia ha pasado seis meses en la Universidad de California de San Diego. Imagino que Piglia sí hizo anotaciones en su diario durante esos meses, pero éstas han sido limpiamente sustraídas del diario. Como ya se comentó cuando aparecieron los dos volúmenes anteriores, estos libros parecen haber sido muy revisados antes de su publicación. Piglia unificó su estilo y debió de retirar de ellos las anotaciones más personales. Aquí se vuelve a recordar la historia, por ejemplo, de la mujer que le dejó porque descubrió a través de su diario que se había liado con su amiga, algo que se correspondía con el segundo volumen. Esas páginas incriminatorias no estaban allí para que el lector pudiera verificar la historia. Creo que me habría gustado leer las páginas de California. De este modo, sabiendo el lector que se encuentra ante un texto tan revisado, cuando en la página 150 no existe una palabra y está sustituida por la expresión «(ilegible)», este detalle no parece más que una coquetería auspiciada por el propio Piglia.

 Sin embargo, lo que sí que está aquí (las reflexiones de Piglia sobre el arte de la novela o de la escritura, así como sus encuentros con colegas), sigue siendo muy interesante y valioso. Como en los volúmenes anteriores, Piglia parece lamentarse de su destino de escritor, que más de una vez le parece de un peso ridículo. «Durante toda mi vida dejé todo de lado por la literatura, elegí la intemperie para preservar la libertad de trabajo» (pág. 34). «¿No es increíble (pienso de pronto) que durante veinte años haya encontrado, a pesar de todo, el impulso para escribir estos cuadernos? Estas anotaciones cerradas que señalan el presente me han sido, sin embargo, fieles años y años. Atraviesan mi vida como ninguna otra cosa, mala escritura (en sentido moral) que no sirve para nada, que no vale nada, que algún día habrá que tirar. ¿O me decidiré a pasarlos en limpio y a correr los riesgos de encontrar mi estupidez?» (pág. 39).

Las anotaciones sobre la situación social de la dictadura son relevantes: «Lo peor es la siniestra sensación de normalidad, los ómnibus circulan, la gente va al cine, se sienta en los bares, sale de las oficinas, va a los restaurantes, se ríe, hace chistes, todo parece seguir igual pero se oyen sirenas y pasan a toda velocidad autos sin patente con civiles armados» (pág. 23); o «De todos modos, en secreto celebro no irme de aquí: estoy en la segunda línea, los que estaban al frente murieron todos. Pronto los tiros llegarán a esta trinchera…» (pág. 35).

En estas páginas aparece por primera vez en el diario Alberto Laiseca, un autor argentino por el que siento curiosidad y del que creo que nunca ha llegado nada a España. Esto escribe Piglia sobre él: «Ayer encuentro con Alberto Laiseca. Un raro tipo, versión sajona de la cara de David Viñas, pero construyendo una obra mitológica, ciencia ficción y delirio, quiere irse a vivir a Estados Unidos, escribir en inglés, ser como Pynchon o como Philip K. Dick o Vonnegut. Pero es muy pobre, un pobre que cuenta los fósforos y no ya los cigarrillos, desde luego que no sabe una palabra de inglés, y sus lecturas son variopintas (como diría él, que usa siempre esta clase de expresiones), lo que escribe es muy bueno, tiene un estilo arisco muy fluido, por momentos casi un idiolecto. Vive siempre amenazado (como muchos de nosotros en esta época), pero por otros motivos esotéricos e íntimos. No puede ganarse la vida, en esto también se parece a muchos de nosotros, pero en él es una imposibilidad casi majestuosa» (pág. 65).

En este libro también aparece César Aira, y no sale muy bien parado: «En una entrevista César A. dijo que yo tenía cara de policía. Desde luego son tonterías, acusaciones, maniobras costumbristas de la literatura vigilante, que sólo alegran a los graciosos del “Premio Coca-Cola en las Artes y las Letras” que ganó Enrique F., promovido por la cultura oficial para presentar a la nueva generación» (pág. 146).

Piglia por fin publica Respiración artificial en 1980, con un buen contrato. La novela la leen Juan Carlos Onetti, José Bianco o Jorge Luis Borges (en realidad se la lee Bianco en voz alta) y recibe elogios. También se vende a buen ritmo. Todo esto, que sitúa a Piglia en la primera línea de la literatura argentina, tampoco parece hacerle feliz. De hecho, apunta que quiere dar aquí por terminado su diario, porque a partir de este momento su vida se ha vuelto ya demasiado pública y lo que le interesaba era retratar su formación como escritor.

Entonces decide dar paso a la segunda parte del libro, titulada Un día en la vida, donde crea una novela con el propio material del diario. El libro se lee entonces con mayor sensación de continuidad y de prosa trabajada, aunque –como es tradicional en Piglia– su narrativa tienda a la dispersión de temas, pero también a la reflexión brillante. Algunas de sus ideas sobre, por ejemplo, la película Pulp fiction son muy agudas.

La tercera parte de los diarios se titula Días sin fecha y creo que aquí están las páginas más brillantes de este libro. El texto se ordena en pequeñas unidades que funcionan como relatos, poéticos y filosóficos, de gran intensidad. Se mezclan de forma atractiva la baja y la alta cultura. Se habla por ejemplo de las series de David Simon The wire y Treme, que Piglia admira. También se habla aquí de la publicación de Blanco nocturno, algo que ocurrió en 2010. También de la jubilación de la universidad de Princeton y, por fin, tristemente, del avance de la enfermedad que acabaría con su vida en 2017.


Tras terminar este tercer volumen de los diarios, creo que mi favorito es el segundo, porque en él aparecían casi todos los escritores relevantes de la década de 1960 y 1970 en Argentina. Pero, desde luego, lo recomendable sería leer los tres libros seguidos. Estos diarios de Emilio Renzi se encuentran entre las obras más importantes de Piglia y, por tanto, entre las obras más relevantes que se han publicado en español en los últimos años.